Con el escenario de caos social desatado en las favelas de Río de Janeiro, no siempre es fácil entender lo que son las llamadas “milicias”. En un contexto en el que también actúan las grandes pandillas del tráfico, diferentes escuadrones policiales y tropas del ejército, casi en una guerra civil no reconocida como tal, es muy fácil confundir quién es quién o qué rol ejercen los actores en ese juego.

Quizás las milicias sean las que más contribuyen con la confusión, porque su origen y actuación mezclan un poco de policía informal, pero inevitablemente se traduce en otro tipo de criminalidad y la conformación de poderes paralelos en disputa territorial.

¿Qué son las milicias? En general, son grupos armados creados con la excusa de luchar en contra de la criminalidad en poblaciones donde las fuerzas policiales no tienen coraje de entrar. Muchas de ellas nacen de iniciativas de gendarmes, oficiales de policía, bomberos o militares de menor rango, activos o en retiro, que también son pobres y residentes de las favelas, y se consideran desafiados a “cuidar del barrio, porque la policía no se atreve a hacerlo”. El nombre de Liga de la Justicia por el cual es conocido uno de los más poderosos milicianos, da cuenta de la inspiración de estos grupos.

En un principio la intención era ofrecer seguridad a las comunidades acosadas por la guerra contra las drogas. Pero no tardó mucho en que grupos paramilitares fuertemente armados al igual que las pandillas criminales más peligrosas, pasasen a adoptar otras prácticas como la intimidación a los pobladores, acoso sexual a las mujeres, extorsión a los comerciantes, el cobro de tasas de protección e incluso el control de provisiones o de servicios como el transporte alternativo, la tv cable y la distribución de gas en cilindros.

Para poder ejercer ese control un grupo miliciano necesita imponer en control en toda una comunidad, y al igual que pasa con el narcotráfico, de ahí empezaron a surgir las disputas territoriales entre las milicias por el control territorial. Un informe del Ministerio Público del Estado de Río de Janeiro publicado en abril de 2018 afirma que 88 comunidades en las periferias de la ciudad están controladas por esos grupos paramilitares, mientras que en 2010 eran 41 comunidades – número también alto y asustador, pero menos de la mitad que hoy.

Los turistas chilenos pueden quedarse tranquilos, que esas disputas armadas no suceden en el centro de la ciudad o en los sectores playeros como Botafogo, Copacabana, Ipanema, Tijuca y Leblon. Pero sigue siendo una realidad muy cercana, que se esconde a las espaldas de la estatua del Cristo Redentor.

El vínculo con los Bolsonaro

Hace pocas semanas se descubrió que el ahora senador Flávio Bolsonaro, hijo mayor del presidente Jair Bolsonaro, mantuvo como empleadas en su oficina como diputado regional por Río de Janeiro (cargo que ejerció hasta el diciembre de 2018) a la madre y la esposa de Adriano Magalhães da Nóbrega, un ex-capitán de la Policía Militar de Río de Janeiro que hoy es sospechoso de ser el hombre fuerte de una milicia de las más peligrosas del Estado, llamada Oficina del Crimen.

Esta fue la primera prueba concreta de una relación que se sospechaba hace mucho pero que solo tenía indicios verbales por el claro apoyo que los Bolsonaro siempre manifestaron al trabajo de policía paralela ofrecido por las milicias, lo que se puede comprobar en entrevistas antiguas o en sus publicaciones en redes sociales.

En 2003, en una entrevista para un diario de Salvador de Bahia, Jair Bolsonaro defendió a la acción de exterminio de pobladores por parte de algunas milicias de ese Estado, que él consideraba “buenas”, con el argumento de que “si el Estado no tiene el coraje de adoptar la pena de muerte, el crimen de exterminio es muy bienvenido. Si no hay espacio en Bahía para ese servicio (de las milicias), pueden llevarlo a mi Estado, el Río de Janeiro. En lo que dependa de mi trabajo, serán aceptadas, con todo mi apoyo, porque allá, con el crimen organizado, sólo las personas inocentes son exterminadas”.

En 2008, al criticar el informe final de una comisión parlamentar de investigación a las milicias, Jair Bolsonaro criticó la idea de condenar el actuar de los grupos e incluso la vinculación de políticos con ellos – aunque el informe apuntó el vínculo de siete políticos con el paramilitarismo, los Bolsonaro no fueron relacionados en aquel entonces. “Quieren hacer creer que los milicianos son el símbolo de la maldad, peores que los narcotraficantes. Hay milicianos que no tienen nada que ver con esos esquemas para controlar la provisión de tv cable y la venta de gas. Es un tipo que gana 850 reales mensuales (algo como 160 mil pesos), como policía o bombero, tiene su arma y puede organizar la seguridad en su comunidad. Por eso no podemos generalizar”, analizó Bolsonaro.

Durante la campaña electoral del año pasado, el candidato Bolsonaro evadió preguntas respecto a sus antiguas opiniones sobre las milicias, como hizo en el programa Roda Viva, de la TV Cultura: “Hoy en día nadie apoya más a las milicias. No me interesa discutir eso”.

Sin embargo, siguen apareciendo indicios de sus lazos con miembros de esos grupos paramilitares, incluyendo fotos de Jair y Flavio Bolsonaro en un cumpleaños infantil junto con los gemelos Alan y Alex Rodrigues, dos de los jefes de la milicia de São Gonçalo, o el nombramiento de Carlos Humberto Mannato como secretario especial del Ministerio de la Casa Civil (similar al Ministerio de Interior) para la relación con la Cámara de Diputados. Mannato fue uno de los capos de la milicia Le Cocq, responsable por acciones violentas en el Estado de Espírito Santo (entre Río de Janeiro y Bahía), las cuales resultaron en la muerte de más de 1,5 mil personas entre los años 90 hasta el 2015, cuando fue supuestamente desarticulada.

También hay que recordar que la acción de las milicias es considerada la hipótesis más probable para explicar el atentado que costó la vida de la concejala Marielle Franco y su chofer, en marzo de 2018, debido a las denuncias que hizo ante la Justicia y la prensa contra algunos de sus miembros y por su trabajo para desarrollar una conciencia comunitaria para enfrentar las acciones paramilitares. De hecho, es justamente Adriano Magalhães, el miliciano cuya madre y esposa trabajaron en la oficina de Flávio Bolsonaro hasta noviembre, el principal sospechoso de haber cometido el asesinato.