Si alguien me hubiera contado que el poeta Rodrigo Lira fue compañero de colegio de Sebastián Piñera no lo hubiera creído. En realidad el 90% de las historias y trabajo investigativo de Roberto Careaga en La poesía termina conmigo (Ediciones UDP) sobre el poeta Lira, son cuestiones que se me escapaban. Digo esto porque la primera vez que pregunté casualmente por este libro, alguien me dijo que se trataba de anécdotas que todos más o menos sabíamos. Y me quedé con esa versión harto tiempo. Hasta que comenzaron a aparecer opiniones (también casuales) que afirmaban lo contrario, y me animé a leerlo. Cuento esto como para justificar no haber dicho nada sobre este libro en todo este tiempo (el libro salió el 2017).

Mi affaire con Lira comienza en mi primer libro de poesía (Nadie lee del otro lado, 2001), un poema con su nombre y completamente dedicado a él, y después en varios libros más, lo cito en cursiva sin decir que es él. Podría decirse que soy un lector de Rodrigo Lira, incluso llegué a fotocopiar Declaración Jurada mucho antes que se editara, y recuerdo también haberle regalado esas fotocopias al poeta Martín Gambarotta en Argentina, porque también como muchos, le interesaba todo Lira.

Creo que este libro de Careaga nos hizo falta en los 90, como poetas debió acompañarnos en la mochila a modo de amuleto, en los cínicos años de “intransición política”. Llega con años de retraso, y la pega ahora la tienen en bandeja los poetas más jóvenes, y los lectores nuevos de poesía.

Rodrigo Lira junto a otros estudiantes del Pedagógico reunidos con José Donoso

 

Uno tiene la idea de Lira, más o menos parecida a la que nos presenta La poesía terminó conmigo, pero su lectura abre una cantidad de flancos que hasta el momento parecían clausurados. Por ejemplo, siempre creí que el poeta era un gran perdedor respecto al arte amatorio, pero el libro se encarga de decir lo contrario, por ejemplo que Rodrigo en 1967 termina su primer año de Psicología en la Universidad Católica y viaja a Argentina a un congreso de psicología en Rosario. Ahí conoce  a Norma, y ambos se embarcan en un apasionado romance. Deciden escaparse del congreso y vivir una aventura, ella estaba a punto de casarse y al parecer estaba dispuesta a todo por este extraño muchacho chileno, que medía cerca de un metro ochenta, usaba gruesas patillas o’higginianas y cubría su poco cabello con una boina. Con unos lentes oscuros marca Rodenstock modelo 155 de montura negra ( a Careaga no se le va ni un detalle),  se paseaba con Norma de la mano, dando curso a un idílico romance que dura unas semanas hasta que el novio de ella sufre un accidente en motocicleta en Buenos Aires. Norma decide volver porque, tal parece, la situación era de extrema gravedad. Rodrigo queda desolado y sin ningún peso, tanto así que para volver a Chile se instala en el terminal de buses hasta convencer a un chofer de traerlo a Santiago, con la promesa de pagar el pasaje apenas llegue. Ahí estará como muchas veces su madre para prestarle ropa. Pero no solo existió Norma, varias mujeres se enamoraron de este peculiar joven, que parecía salido de una película contracultural gringa.

El otro día releyendo Para Matar este Tiempo, libro escrito en 1983 por el poeta Guillermo Riedemann, me di cuenta que en ese período de tormentoso clima político, el amor no dejaba de estar presente. Como si fuera un anticuerpo ante la impunidad y asesinatos de los días oscuros de la dictadura. Con toque de queda y reuniones improvisadas (toda la noche) en casa de amigos. El amor, el pololeo, podría calificarse en este caso, como acto de resistencia.

Un día que fui a visitar a Nicanor Parra a Las Cruces, hablamos de Lira, porque obviamente yo se lo mencioné. Y el antipoeta me relató lo que Careaga afirma en la página 27. Parra fue mucho más explícito y con el índice y el pulgar hizo la seña (pantomima) como si se tratara de una pistola y me relató: ¡yo le dije a Rodrigo, si sigues por ese camino vas a terminar con una bala en la cabeza!. Dicho por Parra en vivo, con todo ese histrionismo de por medio, quedé tiritón con la declaración.

Lira era conocido en el ambiente literario por ser un chico irreverente, aunque la palabra irreverente, sospecho que queda corta, es pobre, para describir a alguien estrafalario, que parodiaba a los poetas que admiraba. Parodias bien subidas de tono, que dejaban a los parodiados con un gusto amargo en la boca. Pienso en Parra mismo, en Lihn, Zurita, hasta la misma Violeta Parra.

No dejaba títere con cabeza, aunque Careaga se encarga, dada su exhaustiva investigación, de mostrarnos también el rostro tierno del poeta, un alma de histrionismo desajustado, pero capaz de tener actos de profundo cariño hacia sus amigos y amigas. Por ejemplo, el relato del cineasta Carlos Flores acerca de Lira es bastante afectuoso y honesto.

Escribir de Lira me pone incómodo, debo reconocerlo, porque sé que hay personas con mucha más autoridad que yo para hablar de él, por ejemplo Eduardo Llanos Melussa o Roberto Merino. La verdad de las cosas es que siempre me ha interesado Rodrigo como poeta, más que como personaje. El mito del muchacho que se corta las venas en la bañera de su departamento, el día de su cumpleaños; fue en un comienzo el motor de mi búsqueda. Ese mito hizo que leyera su poesía, pero poco a poco sus poemas, su lenguaje, me fueron seduciendo, y encontraba bastante injusto que fuera siempre tratado como un tipo al que le faltaba un tornillo, porque precisamente su poesía no tiene nada de estúpida, me atrevería a decir que es bastante lúcida y desafiante.

La poesía terminó conmigo es un libro que tiene historias del poeta para tirar a la chuña. Lira en el funeral de Pablo Neruda, Lira compañero del Verbo Divino de Sebastián Piñera, Lira y sus performance como actos rupturistas en lecturas de la época, Lira diagnosticado como esquizofrénico o el Lira mal diagnosticado de esa misma esquizofrenia; el Lira melómano, el Lira jardinero, el Lira dibujante, el Lira cesante e incomprendido, el Lira ganador del concurso de la revista La Bicicleta, Lira hermano, Lira hijo, Lira en terapia electroconvulsiva, etc.

La relación con Enrique Lihn es un verdadero capítulo aparte dentro de la historia de la literatura chilena. Todo ese culto a la personalidad que el mismo Rodrigo cultivaba por momentos, puede parecer un poco cargante y sobrecargado. Y ojo que digo esto pensando que hoy precisamente vivimos en plena fiesta narcisista, donde la idea colectiva del artista se diluye por la genialidad o la naturalidad de golpe y porrazo.

En “Cuánto vale el show”, en uno de sus múltiples intentos por generar recursos y no recurrir a su madre

Tomando en cuenta la “novela Rodrigo Lira”, me quedo a ojos cerrados con su poesía, con su manera de descuartizar el lenguaje, con su forma de apropiarse de los discursos, de leer la realidad y las iconografía culturales, me quedo con el Lira escritor obsesivo, que radicaliza el discurso poético, que abre con una ganzúa la poesía chilena.

Leer el libro de Careaga es un placer, una vuelta a aquellos libros monográficos de escritores, donde los años de investigación y reflexión se notan y agradecen. Después de esta experiencia de lectura uno se queda pensando, (porque es inevitable pensarlo), qué sería de Rodrigo Lira hoy. ¿Qué estaría haciendo?

¿Estaría haciendo dupla con Martín Gubbins, publicando poesía sonora? ¿O estaría internado en un hospital psiquiátrico?

No sé, me da por creer que no escribiría poesía, creo que estaría en otra, haciendo cine por ejemplo. Si para Lira, Enrique Lihn fue claramente un referente, una luz en el camino, si lo hubiera sobrevivido, me imagino, o quiero imaginar, que su próxima luz, o con quien él debería haber trabajado y dialogado es con Raúl Ruiz, esa dupla Lira- Ruiz, no tengo dudas, hubiera hecho explotar el universo. Especulo, me paso películas. En realidad me gustaría que ambos aún estuvieran vivos.