De vez en cuando viajo fuera de Santiago a visitar a mis padres. Lo hago desde hace diez años. Muchas cosas han cambiado a lo largo de ese tiempo, pero si hay algo que no ha cambiado o que más bien, ha empeorado, son los terminales de buses. Un día, estoy seguro, su nombre terminará por cobrar sentido y se convertirán, realmente, en terminales, el lugar del que nunca más vuelven a salir.

En la actualidad observar las maniobras de los conductores es digno de un espectáculo de variedades. He llegado a pensar que las empresas invierten en choferes temerarios, pero de precisión milimétrica que contribuyan al goce y entretención de los que esperan ansiosos el arribo de su máquina. He pasado horas en ese lugar y a medida que mi paciencia y cordura se diluían, el salir y entrar de las máquinas se transformaba lentamente en una danza hermosa y desconocida propiciada por el caos.

Todo lo que ocurre en la losa de estacionamiento del terminal se sostiene de los hilos de este caos precario y acumulativo. Un día, no muy lejano, el caos acumulado será tal que el control precario derivará en su hermano gemelo: el descontrol consolidado. Ese día no habrá maniobra, ni quiébrese quiébrese, ni nada que logre hacer salir los buses a la hora prevista y sin abolladuras.

Esta situación no solo se vive en la losa de estacionamiento, sino que se extiende en un radio que año a año se amplía un poco más.

En el primer radio de influencia se encuentran las boleterías. Yo diría que a esta altura son cientos de casetas con los más diversos nombres agrupadas sin una lógica del todo clara. Frente a ellas no es extraño encontrar filas o tumultos de viajeros que esperan conseguir el tan preciado pasaje. Del otro lado están los vendedores, hombres y mujeres acostumbrados a ignorar súplicas y reclamos y capaces de ser cómplices de la especulación descarada de sus empleadores.  

En el segundo radio están los pasillos. Estos se caracterizan por el ir y venir constante de viajeros tristes, alegres, preocupados, que viajan por vacaciones o compromisos laborales; que se escapan o buscan una salida, lo que sea, pero que tienen en común la ansiedad por salir de la ciudad en un bus que funcione, que por favor funcione.

Este movimiento constante se ve propiciado por los voceadores. Aquí uno no se acerca a una pantalla para conocer el destino y el horario de salida de un bus (cómo se les ocurre), sino que uno debe empezar a aguzar el oído al trasponer las puertas del terminal. A medida que nos acercamos es posible distinguir la información entre los gritos destemplados o “pelados”. Una vez frente al voceador se inicia el tira y afloja habitual: uno pregunta si tienen pasajes para X destino, ellos afirman con la cabeza y dan una cifra, uno se espanta, hace muecas y luego regatea, él ni se inmuta, sabe que hay cientos de personas dispuestas a pagar lo que le dijeron que tiene que cobrar. Todo esto se desarrolla sin que en ningún momento el voceador te mire a los ojos o deje de gritar los destinos de sus buses. Al final uno acepta y pasa a ser parte del grupo de los reclutados.

Cuando el voceador logra reunir un grupo más o menos considerable se presentan dos alternativas: los lleva a la boletería para que compren el pasaje y aguarden la salida del bus (salida que según el voceador será “altiro”, lo que en estos casos significa en treinta minutos como mínimo). La otra alternativa es que los hagan hacer una fila y luego los inviten a avanzar entre las boleterías, las tiendas de comida y (horror) las puertas del terminal (a esta altura es común que los viajeros no puedan disimular el miedo o la sensación de estar siendo estafados) para ser conducidos a un bus que los espera con sus puertas abiertas estacionado sobre la vereda.

Ya sea por la primera o segunda vía, el viajero logra dejar atrás Santiago, se acomoda en su butaca, se pone el cinturón de seguridad (si tiene la suerte de que lo tenga o esté en buenas condiciones; si se topa con el milagro de un bus fiscalizado y aprobado sin coimas ni sobornos por el ministerio de transportes), suspira aliviado, cierra los ojos, piensa que, después de todo, no fue para tanto y se dispone a disfrutar los minutos u horas que le restan de viaje.  

Existe un tercer radio de influencia de caos que cada año se amplía un poco más. Los expertos en transporte dicen que el terminal no puede ampliarse, pero al parecer no se han dado un paseo por la calles aledañas. El comercio ambulante está enfocado en los viajeros; hay hoteles, hostales y moteles para todos los gustos; hay restaurantes, bares y carritos de comida; y sobre todo hay paraderos improvisados y cambiantes a varias cuadras del terminal. Uno puede arribar a Santiago de noche y bajarse en el lugar más inesperado con todas las aventuras y riesgos que eso implica. Al parecer las autoridades están empeñadas en mostrar la mejor cara de la ciudad, la de la inseguridad, la improvisación y el caos. He comprobado que a medida que pasan los años los viajeros tienen que bajarse cada vez más lejos del terminal. Si seguimos así llegará el día en que no tendrá sentido tomar un bus y lo más lógico será caminar desde el lugar que sea que estemos.

Esos son solo algunas manifestaciones del caos que deben enfrentar y aguantar los que se dan el “lujo” de viajar a visitar a sus familias, a trabajar o a realizar trámites fuera de la “gran” capital. Llegados a este punto, sería bueno aprender de otras regiones, provincias, ciudades y comunas del país donde el sistema de transporte funciona, no solo porque son menos personas, como suelen argumentar los idiotas de siempre, sino porque se hace algo que se olvidó o nunca se hizo por estos lados: usar los recursos para mejorar la calidad de vida de la gente, entendiendo por gente a los usuarios, los viajeros, los trabajadores, los estudiantes, etc., y no solo a quienes componen un par de familias privilegiadas.

Cuando una persona está muy enferma, a las puertas de la muerte, se dice que está en estado terminal y eso es en lo que se ha convertido este lugar con el paso de los años, en un enfermo terminal.    


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