Cuando un nuevo libro irrumpe en el campo literario se enfrenta, en primer lugar, a la posibilidad de innumerables lectores. En la mente de todo escritor ronda la idea de encontrar al lector ideal, ese lector crítico, dialogante, agudo. Aquel que sabe encontrar las pistas e interpretarlas, establecer relaciones, decodificar el enigma; en otras palabras, destejer el entramado lingüístico al que lo han puesto a prueba.  

Pero no es lo único que enfrenta un texto al salir al mercado editorial. Agazapada entre columnas de libros se encuentra la crítica, que muchas veces cumple la cuestionable función de máquina etiquetadora de géneros, aparataje ordenador del campo, que nombra y clasifica, para finalmente construir —a la fuerza— un canon rígido y poco representativo. Y así hablamos de la literatura actual, y así leemos en clave dictadura, en clave autoficción, en clave minimalista, en clave.

Muchas veces este aparataje —que se apodera de los textos, que adopta o desecha— invisibiliza nuevas voces, nuevas apuestas, otros linajes literarios, una tradición alterna.

Este libro de relatos que hoy presentamos, Un hermano muerto de Isabel Baboun,  juega en esa cancha, esa otra literatura que pareciera caerse del campo narrativo, porque toma también referentes que provienen de otros lugares: del teatro y de la poesía. Digo relatos por nombrarlos de algún modo en el afán constante por clasificar, pues responden con mayor precisión al genérico “textos”, disímiles en estructura, pero cruzados por temáticas recurrentes o más bien obsesiones que como ramas de un árbol se van apoderando de las historias y se cuelan por los intersticios de las palabras.

Y desde ese otro lugar los personajes construyen sus diálogos, se despliegan en la escena, actúan para los lectores y confunden quiénes son con el rol que representan. Desde ese lugar es que los personajes se alzan sobre un árbol o en una ventana como en un teatro, y se enfrentan a las miradas para representar el acto de la muerte —como es el caso de “Yaláa”, un relato notable— o el simple hecho de llorar —“Rama arriba”— ante una multitud indeterminada que son testigos de esta representación literaria.

Y si hablamos de linaje literario, en este libro está presente la tradición clásica encarnada en mujeres como Antígona o Judith. Pero también voces de mujeres más cercanas, que son reconocidas en los epígrafes: Elena Garró, Herta Müller o Guadalupe Santa Cruz, de quien Baboun toma sus palabras para presentar el texto “Itinerario de ruta”. Y cómo no vincularlas, y reconocer su influencia, si Santa Cruz también habló de los árboles en su libro Esta parcela, diciendo:

“Los bosques están en la garganta, no pueden retirarse. […] Los bosques tumefactos, los bosques boquiabiertos y en el desmán el tronco de una lengua. Pido más lengua para pronunciar lo que sin palabras y porque al bosque la tala no llega, ni el tiempo”.

Y Baboun responde: “¡árboles soberbios que todo lo miran desde arriba, están más cerca del cielo que de la tierra! También podría ser un árbol como estos, porque estoy arriba de uno, porque puedo echar raíces y salvarme”.

Fijación recurrente en la autora. No solo en este libro, también en el anterior, un poemario titulado Todos los árboles.  Siguiendo su escritura uno se va apropiando de la obsesión de Baboun y se vienen a la cabeza tantos otros árboles, como el de María Luisa Bombal, un gomero que se despliega frente a la ventana de la protagonista, conteniéndola, tal como a la protagonista de “Rama arriba”, árbol que es cobijo y escondite.

O la enorme higuera de la película francesa  El árbol, en que una niña pequeña se escabulle entre sus gruesas ramas para conversar con su padre muerto, quien contesta a través del ruido del viento al mover las hojas. O eso quiere creer.

Porque el personaje de Baboun también se sube a un árbol para un encuentro que es  imposible, pues solo halla ausencia. Dice: “Necesito hablar con él, con mi padre, necesito ir y decirle lo que no sé como se dice, lo que nunca me han dicho, lo que sé que existe, eso que no puedo decirle, que suena en alguna parte, eso que he leído, que he visto en películas… que cuando lo escucho me duele, en las manos, en el pelo. Suma de dos palabras, juntas son una, solas no existen”.

Y así, entramos en un mundo de referencias, Isabel nos  hace parte de su obsesión y no podemos más que sucumbir a las múltiples posibilidades de los relatos. Porque un buen texto remite a otros, dialoga, vincula y hace parte.

En este libro también se carga con el peso de la muerte desde el título, Un hermano muerto.  Los muertos se llevan debajo de la ropa, pesan en la conciencia, se hacen madera, se hacen sombra, reposan sobre el cemento o yacen bajo tierra. Pero no es la muerte, sino las construcciones lingüísticas las reales protagonistas en estos relatos. Porque es la forma, el estilo, lo que da vida a los temas tratados, con reminiscencias poéticas, con anáforas que van marcando el ritmo de la narración, metáforas que amplían el espectro del sentido y un sinnúmero de imágenes que configuran este libro. Imágenes que se van entretejiendo y formando una sola historia.

Así encontramos que la mujer que se hiere la rodilla al caer de la bicicleta mientras escapaba de su casa, es la misma que muchos años después, en otro relato, se asomará por una ventana intentando tocar con la punta de los dedos las ramas de un palto. Y que luego, en “El hombre que llora agarrándose una oreja” dará cuenta de esta persistencia de tocar el árbol y de la imposibilidad de arrancarlo de raíz. Un puzzle, entonces, que se construye con piezas multiformes que se ensamblan de diferentes maneras, según quien lo arme. La invitación está abierta.

Un hermano muerto

Isabel Baboun

Editorial Cuarto Propio

82 páginas

Precio de referencial: $8000


Carolina Melys

Periodista