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Debates y Combates 14.01.2016

Cine de protesta feminista boliviano. Comentario a “13 horas de rebelión” (2015) de María Galindo

Cristeva Cabello

Comunicador e integrante del Colectivo de disidencia sexual (CUDS)

“No íbamos a esperar a Oliver Stone para que nos dirigiera una película, así que nosotras mismas lo hicimos”. Así comenzó la presentación de María Galindo a la película “13 horas de rebelión” en un auditorio desbordado de activistas y estudiantes feministas principalmente jóvenes. La activista lesbiana del Colectivo Mujeres Creando visitó Chile en el mes de diciembre.

rebelión

“No íbamos a esperar a Oliver Stone para que nos dirigiera una película, así que nosotras mismas lo hicimos”. Así comenzó la presentación de María Galindo a la película “13 horas de rebelión” en un auditorio desbordado de activistas y estudiantes feministas principalmente jóvenes. La activista lesbiana del Colectivo Mujeres Creando visitó Chile en el mes de diciembre. Actualmente, Galindo está promocionando una investigación independiente sobre la homofobia de los parlamentarios bolivianos, una investigación excepcional ya que plantea un giro: el sujeto estudiado ya no es el homosexual, sino el político heterosexual que mantiene estereotipos sexistas. El estreno de la película no fue en una sala de cine, sino en el auditorio de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Chile, en una instancia organizada por el Colectivo de Lesbianas y Feministas por el Aborto Libre y el Colectivo universitario Tijeras.

La película “13 horas de rebelión” de María Galindo (2015) es un archivo del activismo feminista descolonizador en Bolivia. Contiene más de 5 cortos, cada uno de estos cortos está dividido por los movimientos de una joven mujer afro-andina desnuda. En el plano secuencia inicial de la película esta mujer abre sus piernas desnudas frente a la puerta de una iglesia. La iglesia es para estas radicales feministas bolivianas “el templo del machismo”, la cámara de Galindo hace coincidir de modo provocador, incluso toscamente, una vagina invertida con el altar de una iglesia, el catolicismo en conflicto con eso que está tan escondido del cuerpo de las mujeres. Luego esta misma mujer hará burbujas sobre algún techo de la Paz, como si jugara, como si danzara. Como imágenes pensantes, como registros ilegales, como archivo de performances, así circula y entrecruza “13 horas de rebelión”.

Para el activismo feminista que genera resistencia, que es perseguido o censurado por reivindicar políticas pro-aborto o no-heterosexuales, es la creación una forma de hacer político. Y es el video la herramienta de tráfico de estas formas de protestas muy locales donde el cuerpo es protagonista de la protesta. El registro audiovisual feminista de Galindo es la forma de dejar memoria de acciones que transgreden la norma familiar o patriótica que gobierna países latinoamericanos (aunque tengamos presidentas mujeres o indígenas). A diferencia de las mujeres feministas apernadas en espacios de poder, donde el feminismo es reducido a políticas de género, donde las mujeres gobiernan para el beneficio de los hombres, a diferencia de unas políticas oficialistas pro género, las acciones políticas de rebeldía feminista registradas por María Galindo en el docu-ficción “13 horas de rebelión” no esperan a que las leyes transformen las violencias sexuales sino que utilizan la calle, la feria o la plaza pública como espacios de protesta feminista.  La calle es el escenario de una película que registra el activismo de Mujeres Creando, un colectivo con más de diez años de existencia y donde -a diferencia del caso chileno- el feminismo no institucional ha logrado generar un espacio de resistencia a través de protestas, asistencia, radios populares y registros documentales como este archivo dirigido por María Galindo.

Las acciones de Mujeres Creando son atentados a la policía y la moral masculina dominante. En este conjunto de cortos documentales se reúnen años de trabajo del activismo de Mujeres Creando en Bolivia, un activismo que ha sido perseguido incluso judicialmente (durante su visita a Chile, Galindo recibió una acusación de la fiscalía de su país por un rayado feminista en una institución pública). Las protagonistas de la película-documental son las cholitas, las indias, las birlochas (mujeres de origen indígena que visten de modo occidental), las artistas, las mujeres que no quieren ser madres, quienes durante una manifestación se desnudan frente a una catedral en La Paz o quienes exponen el crudo testimonio de una trabajadora indígena abusada por un parlamentario.

Al ver este documental ficcional birlocha, presenciamos los excesos propios de un audiovisual activista que atenta contra la idea del cine como algo institucional y funcional a una industria, ya que se trata de mujeres activistas haciendo cine, mujeres trabajadoras utilizando el cine como una herramienta política. Santiago, Valparaíso y ciudades del norte de Chile fueron parte del recorrido donde una pensadora feminista radical compartió de modo independiente, sin ONG’s ni fondos públicos de intermediarios.

¿Qué sería de estas acciones singulares de activismo sin el registro documental?

El activismo feminista nos muestra que la intervención callejera, la creación de registros de entrevistas a mujeres que hablan de sus abortos cubiertas con un tul rojo, sin miedo (¿han escuchado alguna vez un testimonio no victimizante de un aborto en la televisión abierta?), son imágenes que tienen un sentido para el activismo feminista: hacer real aquello que se entiende como un imposible o incluso como un delito (el aborto libre, la oposición contra la religión misógina, el abuso contra las mujeres indígenas, etc.). Esta es la desobediencia que caracteriza a un feminismo disidente que no se deja someter a las disciplinas y donde muchas veces las expresiones culturales permiten la sobrevivencia de relatos donde las mujeres recrean un universo masculino y colonial, donde el ekeko, ese personaje de la suerte boliviano, pueda ser una ekeka que entrega condones a los hombres para no condenar a las mujeres a la maternidad obligatoria.

Humor, goce y un des-orden caracterizan una película donde el espectador de las intervenciones políticas de Mujeres Creando es otro protagonista. Vemos los rostros heterosexuales de mujeres cubriéndose los ojos por ver a otras mujeres que celebran públicamente el orgasmo, a la puta que somos y que lucha por la no victimización de las mujeres, unas niñas cubriéndose por la vergüenza que producen estas imágenes, vergüenza porque es algo que no nos dejan ver, que no se nos educa a reconocer. Fue precisamente en una Bienal de Arte en Brasil –algo “importante” para la industria artística— donde el año 2014 Mujeres Creando llevó la marcha a los elitizados museos, moviendo una vagina de metal gigante trasladado por mujeres. La acción fue llevar una marcha a un circuito artístico, unas piernas de carnaval para ocupar la calle con un sexo liberado que habla de aborto, ocupar la decadente y colonial institución museística como un espacio para gritar aquello que nadie dice: “no obliguen a las mujeres a la esclavitud de la maternidad obligatoria”, “no repriman el deseo lésbico de celebrar la sexualidad de las mujeres”. A pesar de estar en museos, escribir libros, hacer activismos callejeros y producir películas, Mujeres Creando no pierde la conflictividad de un discurso político que suele pensarse como rápidamente cooptado por las industrias capitalistas.

Hace tiempo no veía un auditorio repleto de feministas, principalmente jóvenes, asistiendo a la edición de una película independiente y de un activismo feminista radical. Importante entonces el acontecimiento que generó el estreno en Santiago de una película donde los cerros de La Paz se conocen al ritmo de un feminismo que denuncia al patriarcado, el colonialismo de la iglesia y el amor entre mujeres. María Galindo presentó una película que promueve la creatividad y los modos de hacer feminista que a veces sólo se restringen a organizarse para marchar las fechas de un calendario femenino internacional y partidista.

¿Cómo resuena esta película en Chile para las feministas? Una vergüenza es pensar en un Santiago donde el activismo feminista parece mucho más coartado, poco creativo y donde el feminismo sigue restringiendo su hacer a un feminismo individualista, un feminismo que cree en las leyes patriarcales y donde aún genera temor auto denominarse feministas. Las putas, la indias, las negras, las otras mujeres están ausentes en un feminismo local. Sin embargo, si algo tiene el feminismo, es que nos marca y no tiene vuelta atrás.

 

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