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Debates y Combates 28.02.2016

Las mujeres chilenas en “manos de la clase política”

Cabe la posibilidad que seamos nuevamente moneda de cambio en las negociaciones parlamentarias, en el marco de esta crisis política que mantiene al Gobierno en una posición de debilidad y que lo lleva a no jugarse a fondo por sus propias iniciativas y compromisos

Por Claudia Dides, Directora Corporación Miles
Foto:Agencia Uno Foto:Agencia Uno

Es penoso que una clase política, elite dominante o privilegiados del poder que se autodenominan como modernos y pluralistas, aun duden de la palabra de la mujer.

He leído columnas y visto entrevistas esta semana en los medios de comunicación a propósito del boicoteo que hace Soledad Alvear a su propio gobierno en relación al proyecto de aborto por tres causales.

Constato que reaparecen argumentaciones- algunas falaces- que se vienen exponiendo desde hace ya seis años. Nadie entonces podría decir que no ha habido debate, incluyendo el año completo que lleva el proyecto en el Congreso, donde han sido escuchados más de 70 especialistas y organizaciones, además de la amplia cobertura de entrevistas, columnas y cartas al director en medios de comunicación.

Es cierto que el Gobierno no ha tenido un buen manejo político en torno a este proyecto de ley. Ha habido insuficiencias importantes en las relaciones con los parlamentarios y también una falta de trabajo participativo con las organizaciones de la sociedad civil que llevamos años impulsando esta causa y que hemos presentado proyectos de ley desde hace años. No obstante, por señales de los últimos meses, se veía venir la ofensiva de un sector conservador de la DC, que no logra asumir el imperativo democrático de respetar las mayorías ciudadanas y no imponer una vez más el veto de las minorías o de los grupos fácticos de poder.

Así, se vuelve a repetir que los que deciden y tienen el poder, o creen tenerlo, siguen poniendo en duda la palabra de las mayorías, en este caso de las mujeres y por ende, cabe la posibilidad que seamos nuevamente moneda de cambio en las negociaciones parlamentarias, en el marco de esta crisis política que mantiene al Gobierno en una posición de debilidad y que lo lleva a no jugarse a fondo por sus propias iniciativas y compromisos.

La palabra es de gran significado para las relaciones humanas, primero porque construye realidad puesto que “lo que no se nombra, no existe”, a menos que nos pongamos a pensar en un plano más espiritual; y en segundo lugar, la palabra construye relaciones entre los seres humanos, “tú hablas, yo te escucho, respondo, me argumentas”, y así sucesivamente, “puedo o podemos hacer algo, o también podemos contemplar la vida esperando que las cosas se arreglan por arte de magia”.

La palabra de la mujer en la historia de la Humanidad ha sido dominada y silenciada. No voy  a citar las centenas de investigaciones y profusa literatura sobre el tema, ni tampoco levantaré slogans “progresistas” como le llaman ahora. Simplemente quiero decir que cuando una clase política se niega a escuchar a las mujeres y, lo que es peor, a creer y valorar su palabra, le vaticino un resultado desastroso.

Tampoco citaré argumentaciones de salud pública, para decir que una mujer que ha deseado un embarazo se encuentra con la dolorosa noticia de que porta un feto anencefálico, o una mola, o una enfermedad, ella y su familia lloran y sufren con este drama. Lo he visto y sentido con mis propios ojos con mujeres y parejas que nos consultan. Tampoco quiero abundar en el hecho de que cuando una mujer o una niña ha sido violada, lo mínimo que sienten es la soledad profunda y el vejamen más horroroso que pueda sufrir un ser humano.

En estos casos no cabe duda para cualquier persona que todas estas situaciones tienen repercusiones en la salud física, psíquica y familiar de quienes enfrentan tales dramas humanos. Y si alguien argumenta que Dios lo quiso así o que la vida es así, aunque pueda entender tales extremos de la fe ciega, me rebelo ante un Dios castigador y una concepción de la vida como sacrificio, habiendo progresos científicos en la Humanidad que hoy permiten a las personas ejercer su derecho a tomar decisiones libremente. Tampoco puedo aceptar que haya quienes en plena democracia aun crean que pueden y deben imponer al resto su fe y sus creencias que, aunque no las comparta, respeto profundamente. Sin embargo, también exijo que se respeten las mías. De eso se trata una democracia.

La clase política, la elite dominante, no quiere darse cuenta que escuchar la palabra de la mujer es un gran avance para la Humanidad; que ponerse en el lugar del otro es un acto humanitario. Los testimonios de mujeres que les presentamos a continuación desde la Corporación Miles son de verdad, no han sido inventados ni preparados, como dicen algunos, y tampoco les hemos pagado a quienes los han dado. Ellas, por su propia voluntad y como un acto de sanación consigo mismas y con la esperanza de que su dolorosa experiencia sirva para remover conciencias, han deseado darlos libremente y con gran coraje.

Andrea, Nelly y Mané son mujeres chilenas, de distintas edades, distintos proyectos de vida, distintos grupos socioeconómico. Pero tienen algo en común, sus derechos no han sido respetados, han sufrido una verdadera tortura, no sólo por una clase política que no se pone en el lugar del otro, sino por toda una sociedad que cierra los ojos y por sectores que buscan imponer sus creencias y convicciones pasando a llevar el derecho de otros, incluso de quienes pueden compartir su misma fe, pero quieren tener el derecho a decidir como seres humanos libres y responsables.

Chile hoy tiene la posibilidad de salir de ese espacio donde no se respetan los derechos de las mujeres, donde no se cree en su palabra. Esa es la responsabilidad de los que hoy detentan el poder.

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