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Debates y Combates 20.03.2016

Respuesta a Joannon: El juego sucio de los partidarios de la ilegalidad del aborto

Nos estamos acostumbrando a que la prensa nacional, diariamente, ponga en jaque la ilimitada capacidad de asombro de ser humano. Después de un par de días plagados de groserías y banalidades en el debate sobre el proyecto de ley que despenaliza el aborto, hoy nos encontramos con el titular de un importante diario nacional que rezaba: “Gerardo Joannon: Yo ayudé a que no murieran niños y ahora se legisla para matarlos”.

Foto: Agencia Uno Foto: Agencia Uno

Nos estamos acostumbrando a que la prensa nacional, diariamente, ponga en jaque la ilimitada capacidad de asombro de ser humano. Después de un par de días plagados de groserías y banalidades en el debate sobre el proyecto de ley que despenaliza el aborto, hoy nos encontramos con el titular de un importante diario nacional que rezaba: “Gerardo Joannon: Yo ayudé a que no murieran niños y ahora se legisla para matarlos”.

Recordemos brevemente quién es Gerardo Joannon Rivera.
Joannon es un conocido sacerdote de la congregación católica de los Sagrados Corazones, acusado de participar en el secuestro de recién nacidos y en adopciones ilegales hace unas décadas. El modus operandi era engañar a jóvenes, haciéndoles creer que sus hijos o hijas habían nacido muertos, con participación activa de las familias de las mujeres y médicos que falsificaron actas de defunción. Posteriormente eran entregados a otras familias. En términos simples: robo de bebés.

Se trataba de jóvenes católicas o de familias católicas cercanas al sacerdote, muchas de ellas pertenecientes a la llamada clase alta de este país, cuyos embarazos tempranos no eran vistos con buenos ojos. Esto sale a la luz cuando los otrora niños y niñas dados ilegalmente en adopción, de adultos, relataron sus experiencias a través de diversos medios de comunicación como un llamado para encontrar a sus familias biológicas.

En lo judicial, el caso fue sobreseído por prescripción del delito y la investigación eclesiástica dictaminó que, si bien hubo participación activa y comprobada del sacerdote Gerardo Joannon en estas acusaciones, no había “delito canónico”.

Es decir, a quien se le da tribuna en este periódico es a un sacerdote acusado de engañar a jóvenes mujeres, secuestrar a recién nacidos para entregarlos en adopción de manera ilegal. Y no solo le da tribuna. La ausencia de periodismo permite enaltecer este acto infame de secuestro de recién nacidos como una acción legítima, en oposición a la despenalización del aborto. Con esto queda clara la intención editorial del medio. Como la naturalización de la violencia contra las mujeres, la acción del periódico no se puede soslayar sin plantear algunas observaciones al respecto.

En estos días en que se votó la aprobación de tres causales propuestas por el gobierno en la Cámara de Diputados para optar a la despenalización del aborto, las mujeres hemos enfrentado y resistido a un debate de bajo nivel, espurio y vergonzoso, que daña de manera irremediable nuestra democracia y a las mujeres de Chile. Parte de los medios de comunicación – como el que entrevista a Joannon – se hacen parte.

¿Cómo es posible naturalizar, legitimar y enaltecerse un acto tan infame como el cometido por este sacerdote para contrarrestar un proyecto que busca una salida humanitaria a las mujeres que deciden interrumpir un embarazo en tres situaciones extremas? ¿Cómo es posible construir un relato, una realidad, donde robar recién nacidos aparezca como un acto heroico en contraposición a la decisión de una mujer de abortar por las tres manidas causales que define el proyecto?

Aunque increíble, es posible. Es posible en una sociedad como la chilena donde su elite es auto-referente, se niega a mirar la realidad de los otros y otras más allá de sus estrechas preconcepciones, miedos y prejuicios; una elite que desea gobernar a como dé lugar, con la imposición de sus dogmas aunque esto implique avalar delitos y prácticas graves de coerción y violación de los derechos humanos. Una elite que posee el poder económico, político y religioso; que se incrusta en unos medios de comunicación que son obsecuentes y negligentes con la función que se les asigna en una sociedad moderna: emplazar al poder.

Con algo de fortuna, esa elite encuentra cierta resistencia. Ya no es tan fácil imponerse como hace treinta años. El poder no es tan fácil ejercerlo. Ya no es tan fácil sumir en la ignorancia y en la confusión a sus miembros. Aun teniendo el monopolio de la prensa –fundamental para la creación de nociones de “verdad pública”- hay otros medios para poder oponerse. Esta columna es uno de ellos. No guardaremos más silencio.

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