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“Apoci”, el chileno que combatió al Estado Islámico en Rojava “Apoci”, el chileno que combatió al Estado Islámico en Rojava

“Apoci”, el chileno que combatió al Estado Islámico en Rojava

Por / 09.05.2017 Investigación y datos: Mauricio Weibel Fotografía: Apoci Sankara Diseño y desarrollo: Michel Contreras

Un compatriota de veintiséis años batalló en Siria junto a los kurdos del YPG, aquellos que creen en los derechos de la mujer, en el poder de las comunidades y en el sueño de un país independiente. El mismo territorio al que turcos, iraníes, iraquíes y sirios se oponen por las armas. Este es su relato exclusivo para El Desconcierto.

El joven chileno «Apoci» vuelve de una ronda de vigilancia en las inmediaciones de la desértica ciudad siria de Al Raqa, a escasos kilómetros de donde fuerzas kurdas, rusas, europeas y estadounidenses combaten al Estado Islámico, liderado por el iraquí Abu Bakr al-Baghdadi. «Tengo muy mala conexión», se excusa a través de un teléfono y una red encriptada de comunicaciones conseguida en Rojava.

«¿Qué tipo de vídeos quieres? ¿Militar o civil? Puedo pasar fotos también», promete a El Desconcierto detrás de su pasamontañas. Sus compañeros en la milicia kurda del YPG lo observan y le sugieren ideas en inglés.

Al Raqa, fundada el año 246 AC por el emperador Seleuco II, es una ciudad de bibliotecas y castillos ancestrales, sometida desde 2013 a los bombardeos entre islamistas, tropas sirias y fuerzas francesas.

Capital del califato proclamado por el Estado Islámico en 2013, la urbe fue recuperada por el régimen sirio de Bashar al-Asad a mediados de 2016, cuando «Apoci» llegó a sus puertas, proveniente del centro de Europa, su lugar de residencia.

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La vida en la milicia supone respetar un cierto código de relaciones interpersonales.

“Las relaciones sexuales están prohibidas”

Su travesía, eso sí, comenzó meses antes, cuando avanzó desde Irak hacia Rojava, serpenteando el río Eufrates. Aquel viajé tuvo como objetivo arribar a una escuela de lenguaje para combatientes internacionalistas, donde aprendió rudimentos del kurmandji, uno de los siete dialectos del kurdo.

«Fue complejo ya que el vocabulario, la pronunciación y la gramática son totalmente diferentes a lo que yo conocía. Además, como es una lengua que ha estado prohibida por décadas, cada profesor tiene sus normas lingüísticas particulares».

Desde un inicio sus instructores le ordenaron respetar reglas estrictas en la convivencia diaria. «El alcohol, los aparatos electrónicos y las relaciones sexuales están prohibidas en la milicia», dice con naturalidad este hijo de exiliados que además, desde hace diez años, es militante comunista en el Viejo Continente.

«En caso de conflictos personales, se debe mantener la calma y resolver las diferencias en el Tekmil, que es un consejo grupal que se practica a diario, donde todos podemos criticar y ser criticados».

«En las murallas hay fotografías de los sehid, los mártires, los que supuestamente vigilan tanto a los nuevos combatientes como a los veteranos».

- "Apoci Sankara"

Después de dos meses de aprendizaje del kurmandji, «Apoci» acudió a principios de 2016 a la academia militar internacional de las YPG, las Unidades de Protección Popular. «Es un cuartel de cuatro pisos, con dormitorios separados para hombres y mujeres».

«En las murallas hay fotografías de los sehid, los mártires, los que supuestamente vigilan tanto a los nuevos combatientes como a los veteranos».

Una vez aceptado, el primer paso fue firmar un contrato por seis meses de servicio en el frente de combate, donde las tropas kurdas luchan por derrotar al Estado Islámico y por crear el Kurdistán, su añorada nación independiente situada entre las fronteras de Turquía, Siria, Irán e Irak.

«Me impusieron un nombre y apellido de guerra, “Apoci Sankara“, y empecé mi entrenamiento. Me dieron cursos de ideología básica, de historia de la lucha de las mujeres, antecedentes sobre el Partido Comunista Kurdo (PKK, por sus siglas originales) y clases sobre armas».

Junto a él, combatieron jóvenes provenientes de Estados Unidos, Francia, Suiza, Grecia y Armenia. «Me dijeron que también estuvieron unos argentinos».

Estos milicianos, según él, tienen como objetivo participar en la defensa de Rojava, el más emblemático territorio kurdo autónomo, ubicado al norte de Siria. La meca de los movimientos anarco-comunistas de Europa y Oriente Medio.

Sin embargo, admite que no todos los combatientes internacionales tienen interés por el proyecto en desarrollo en aquella zona de Asia Menor, basado en el poder de las asambleas.

«Algunos son exsoldados europeos o estadounidenses que vienen sólo a matar musulmanes y no les importa mucho la revolución que está ocurriendo acá. No quieren aprender la lengua, ni asistir a clases sobre ideología».

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"Apoci", en un puesto de vigilancia.

«La Revolución de Rojava»

Después de dos semanas de entrenamiento, «Apoci» fue integrado a un tabur, un grupo de combate móvil en el frente de batalla.

«Antes de juntarme con mi nueva unidad, pedí permiso para viajar a Qamislo, al norte de Siria, donde conocí los Tev-Dem, que son los consejos comunales democráticos, dirigidos siempre por un hombre y una mujer elegidos por la comunidad. En la práctica, todo el mundo vota por el responsable de sexo masculino, pero solo las mujeres pueden elegir a la responsable femenina lo que garantiza una mejor representación de sus intereses», explica.

La Revolución de Rojava, de hecho, está en cierta forma en las antípodas del fundamentalismo religioso del Estado Islámico.

Iniciada el año 2012 en la ciudad de Kobane en Alepo, esta revuelta adscribe a los principios del «confederalismo democrático». Esta doctrina fue enarbolada por el líder kurdo Abdullah Öcalan, quien cumple condena a cadena perpetua en Turquía, acusado de terrorismo y separatismo.

El anarquista estadounidense David Graeber incluso establece paralelos entre las transformaciones en Rojava y la revolución de 1936, la que que tuvo lugar previo a la Guerra Civil Española.

«En Qamislo conocí a militantes de Alemania y Francia que se comprometen con el desarrollo democrático en Rojava. Levantan proyectos como cursos de inglés para las mujeres o clases de kurmandji para los extranjeros. Algunos trabajan en el hospital y otros reparando tanques del YPG».

Para «Apoci» el viaje a esa urbe de las montañas de Taurus fue uno de los momentos clave de su travesía. «Pasé unos días muy agradables debatiendo sobre las lecciones que nos brinda la Revolución del Rojava. También aproveché de comprar un celular, antes de enrolarme en el frente»

«La situación se tornó crítica»

«Después de varios días, me enviaron a Til Temir, distante a dos horas de Qamislo. Allí me junté con dos estadounidenses y un par de franceses. Juntos seguimos hacia las montañas de Abdel Aziz, donde nos reunimos con nuestra unidad. Las fuerzas del Estado Islámico estaban al otro lado de esos cerros».

La vida en el frente tuvo sus códigos también. «Cuando llamabas a un compañero debías agregar ‘heval’ antes de su nombre. Es como decir ‘camarada’ o ‘compañero’. Cuando un combatiente muere en batalla o de otra manera honorable se le agrega ‘sehid’, que significa mártir».

«Volviendo a nuestra vida… tuvimos un par de problemas con los habitantes de un pueblo ubicado al oeste de nuestro campamento. Un día por la mañana llegaron unas ciento cincuenta personas con camiones, motocicletas y autos. Querían traspasar nuestro checkpoint».

La unidad de «Apoci» contuvo a los civiles para impedir que ingresaran a una zona minada. «La situación se tornó crítica cuando las mujeres comenzaron a gritar y los hombres a tirarnos cosas. En ese momento un compañero disparó su fusil Kalashnikov a los aires, lo que calmó a todos».

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Una jornada recorriendo los pueblos destruidos por la guerra.

«Si no mato yo, ellos me mataran»

Una noche estaba de “nobetshi” (guardia) y divisé una luz a unos 150 metros, lo que es muy poco en combate. Agarré mi AK-47 y abrí fuego dos veces, apuntando al cielo. Cuando llegó el subay (jefe) con lentes de visión nocturna confirmó que eran sólo un par de zorros».

Pero entonces comenzaron las recriminaciones. «El subay me preguntó por qué apunté al cielo. Le respondí que yo no quería matar a un campesino. Me explicó que si hubiera sido un enemigo, yo estaría muerto por ser tan tonto. Fue algo muy particular darme cuenta que no podía tener ese tipo de reservas. Estaba en el frente, simplemente».

«Entendí que cuando hay enemigos, si no mato yo, ellos me matarán», dice en un tono tan calmado como resignado.

La rutina de los controles, «y el tedio», se apoderó entonces de la vida del tabur.«Hasta que días después, llegó un camión y partimos a Til Hemis, un pueblo en ruinas, donde encontramos panfletos del Estado Islámico. Decían cómo rezar, cómo debe comportarse una mujer casada… una cosa notable es que estaban escritos en árabe, ruso, turco e inglés».

«Esa semana -prosigue- empezaron a llegar camiones llenos de gente, eran cerca de unos doscientos civiles. Familias enteras con niños y ancianos. También aparecieron las milicias del Ejército Sirio Libre, las que no siempre actúan como aliados del YPG, mi milicia».

«Entre ellos, asomó un grupo de unos quince milicianos, entre los cuales había adolescentes armados con fusiles Kalashnikov. Cuando los vimos, nos pusimos en posición de combate. Los oficiales presentes rápidamente explicaron que los civiles eran refugiados de la guerra que volvían a su pueblo. Ese día tuvimos suerte, ya que todos guardamos la calma. Sin embargo, me di cuenta de lo fácil que era caer en un incidente diplomático mayor»

«No pudimos quedarnos»

«Nos fuimos de Til Hemis el día siguiente y nos instalamos en un poblado cercano. Tenía una escuela y un par de casas abandonadas que transformamos en un cuartel. Desde entonces todo fue tedio y espera. Al final, nos fuimos caminando hacia Til Naseri, un pueblo de cristianos asirios que el Estado Islámico considera sus enemigos».

La destrucción era total, según «Apoci». «La iglesia estaba dinamitada. Los pocos habitantes que permanecían en el pueblo nos celebraron como héroes. Insistieron en regalarnos comida y té, pero no pudimos quedarnos».

Para combatir el sopor de las jornadas siguientes, los kurdos decidieron organizar algunos moral, que son las fiestas partisanas.

«Las compañeras querían escucharme y me hicieron una ovación cuando les canté Bella Ciao y El Aparecido de Víctor Jara. Después me intentaron enseñar a bailar, pero fue un fracaso notable».

«Salimos por Irak»

 

«Apoci» salió de Siria el segundo semestre de 2016, cuando la guerra recrudeció en las provincias de Palmira y Alepo.

En la primera metrópoli, la aviación rusa lanzó una ofensiva que permitió recuperar la ciudad, la que semanas después volvió a ser controlada por el Estado Islámico. Al final, los islamistas fueron expulsados en diciembre de 2016, retirándose hacia los territorios algodoneros de Idlib.

Paralelamente, la entrada de las fuerzas internacionales en Alepo precipitó un alto al fuego, acordado por Irán, Turquía y Rusia.

Debido a estas derrotas los rebeldes perdieron gran cantidad de pertrechos y material pesado, además de sus fábricas de armamento.

«No queríamos partir, sabíamos que se iniciaría una importante operación sobre Manbij, antiguamente una ciudad sagrada de los griegos, ubicada en Alepo Había movimiento de tropas y concentración de armas, todo estaba dispuesto para su liberación».

Al final, «Apoci» salió de Qamislo rumbo a un campo militar en la frontera con Irak, zona controlada parcialmente por las tropas de Masoud Barzani, el líder del Kurdistán iraquí, quien se opone al proyecto político de Rojava.

«Pasamos de ser compañeros internacionales a fugitivos internacionalistas. Si nos atrapaban, nos tratarían como criminales, ¡y fuimos a luchar contra los terroristas del Estado Islámico! Estábamos completamente indefensos, sin armas, ni nada. Y todavía debíamos cruzar todo Irak para llegar al punto de salida definitivo, la ciudad de Solimania».

- "Apoci Sankara"

«Nos tratarían como criminales»

«Un día estábamos comiendo en el campamento y nos avisaron que debíamos partir de inmediato, que ya estaban las condiciones de seguridad. Viajamos en un jeep hasta un punto cercano a la frontera, hasta donde llegó un grupo de una cuarenta personas. Desde allí debimos caminar durante seis horas, de noche, escondidos, entre los montes semi desérticos de esa región».

«El río Tigris, el límite natural entre Siria e Irak, lo atravesamos en unos botes inflables, sin motor por supuesto, impulsándonos con unas ramas, en grupos de quince personas».

Desde ese hito geográfico, todo cambio. «Pasamos de ser compañeros internacionales a fugitivos internacionalistas. Si nos atrapaban, nos tratarían como criminales, ¡y fuimos a luchar contra los terroristas del Estado Islámico! Estábamos completamente indefensos, sin armas, ni nada. Y todavía debíamos cruzar todo Irak para llegar al punto de salida definitivo, la ciudad de Solimania».

En esa ciudad, «Apoci» junto a otros internacionalistas debían tomar un avión de regreso a Europa.

«Un auto nos recogió y comenzamos un viaje de seis horas, cruzando sucesivos checkpoints, controlados por distintas facciones kurdas. Como soy chileno, me confundían con kurdo, lo que era un problema porque ellos tienen prohibido salir de esa zona. En el segundo puesto de control, un guardia incluso me exigió que me bajara del auto. Yo comencé a hablarle en español, en inglés, en francés y en todas las lenguas que conocía, para que entendiera que era extranjero. Mis otros compañero comenzaron a presionarlo y se armó una batahola hasta que al final nos dejó pasar. Mi cara morena me había jugado una mala pasada».

«Un simple helado»

 

En Europa, la vida pareció intrascendente, al regreso. No había tiros, ni una épica en desarrollo. «Imagina el cambio radical, pasar de una vida en guerra, bajo el peligro de la muerte, a otra en paz. Las dos primeras semanas fue cómo descubrir todo de nuevo. El día que llegamos, lo primero que hicimos fue tomarnos un simple helado, maravilloso».

Para «Apoci» cada generación tiene sus propias brigadas internacionalistas, como sucedió en España o en Nicaragua en el siglo XX.

«Y a nosotros nos tocó Rojava, yo me solidarizo con ellos y, sobre todo, con su revolución. Viajar allá fue una de las experiencias más importantes de mi vida. Yo no soy nadie para dar un mensaje, pero ojalá se entienda que todos trabajamos por algo similar. En efecto, para mí fueron muy importantes las movilizaciones estudiantiles de 2011. Ver esas marcas gigantes me impresionó. Chile es un ejemplo de luchas políticas».

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