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Un chileno en las FARC: “No es fácil dejar las armas después de 30 años; no por miedo a morir, sino a hacerlo indefenso” Un chileno en las FARC: “No es fácil dejar las armas después de 30 años; no por miedo a morir, sino a hacerlo indefenso”

Un chileno en las FARC: “No es fácil dejar las armas después de 30 años; no por miedo a morir, sino a hacerlo indefenso”

Por / 09.05.2017 Investigación y datos: Mauricio Weibel Fotografía: Héctor Becerra

«Resolver las cosas a tiros es complejo, también ver cuando alguien fallece. De la gente que conocí aquí, unas tres cuartas partes ya no están… acá no hay una tragedia con la muerte y eso fue un choque cultural al que nunca me acostumbré», confesó a El Desconcierto Héctor Becerra, miembro e instructor de la guerrilla colombiana.

“Tú eres la primera persona con quien hablo por teléfono en años”, dice el chileno Héctor Becerra desde el corazón de la selva colombiana, donde ha vivido por casi tres décadas formando a líderes y combatientes de las FARC.

 Actualmente, después de la firma del acuerdo de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos, la vida de Kuki comenzó a cambiar de forma paulatina, luego de estar durante años perseguido por la Interpol, acusado de participar en 1999 en el secuestro de un vuelo de Avianca que unía Bucamaranga y Bogotá, en el que viajaba medio centenar de personas.

«Acá nadie usa su nombre todavía», revela a El Desconcierto a través de Skype, utilizando justamente un avatar falso.

«Uno -agrega- siente que se sacó algo que permitía mucha seguridad, como es la clandestinidad. Es como estar desnudo. Quizás por eso aún funcionamos como un ejército».

Becerra, quien llegó a la selva a los veintiún años, habla momentos antes de acostarse sobre dos tablones al aire libre que constituyen toda su casa (ver foto).

«No es fácil dejar las armas después de treinta años. No es por miedo a morir, sino a morir indefenso», confiesa vestido de militar, luego de un día de trabajo.

«Uno espera que pare la muerte»

 

Kuki, como lo conocían en el movimiento secundario de la década de 1980, es notoriamente más alto que los hombres que comanda y disfrutó todos estos años de una posición de privilegio.

«Tuve la suerte de militar en las FARC y de colaborar en paralelo con el ELN (Ejército de Liberación Nacional). Conocí ambas organizaciones, a nivel de dirección, sin llegar a ser parte de ellas. Una cosa muy gratificante es ver que la gente que entrené ocupa ahora cargos superiores, como jefes de compañía, por ejemplo».

«Hoy -prosigue- lo que uno espera es que pare la muerte, que la política se tenga que hacer sin muertos de por medio, pero ya van diez líderes nuestros asesinados y llevamos apenas dos meses de paz».

«Acá, y eso es lo más complejo, no hay una tragedia con la muerte, como sí ocurre en Chile. Ese fue un choque cultural al que nunca me acostumbré, por suerte», remata.

 

Héctor Becerra

«Resolver las cosas a tiros es complejo, también ver cuando alguien fallece. De la gente que conocí aquí, unas tres cuartas partes están muertas. Lo más difícil es la muerte de alguien cercano. Tuve compañeros que conocí cuando eran niños de ocho a diez años, que de grandes los entrené y que luego murieron. Eso es muy complicado. De la muerte del compañero chileno con que llegué acá, por ejemplo, me enteré recién dos años después de que sucedió. Por cierto, nunca supe su nombre, creo que era de Curicó».

- Héctor Becerra

«Lo más complicado fue caminar por la selva»

 

Becerra advierte que una tormenta puede caer en cualquier momento e interrumpir las comunicaciones, de por sí difíciles. Son las vicisitudes de una vida en la selva, donde todo parece caer prisionero de la naturaleza, como en las novelas del colombiano William Ospina.

«A mediodía me enteré que era viernes, por ejemplo. Acá no existe el tiempo, compañero. Siempre hay una urgencia y no queda mucho espacio para pensar en problemas existenciales. El campesino es muy práctico y la simpleza se pega», admite este ex alumno del Liceo de Aplicación.

Acota que desde un inicio su principal objetivo fue integrarse rápidamente a la cultura que lo rodeaba y borrar todo vestigio de su pasado e identidad. «Hasta hace muy poco nunca dije que era chileno», confidencia.

Las cosas, sin embargo, no fueron sencillas pese a sus esfuerzos de adaptación. «En los primeros años me tocaron muchos enfrentamientos y operativos en la selva. Y acá la naturaleza también te ataca: están los animales salvajes, las arañas, las serpientes», detalla.

«Lo más complicado -prosigue- fue caminar durante horas con todo ese calor. Uno viene de un clima más templado. Pero también fue difícil el frío de las montañas, a tres mil metros de altura, sin ropa adecuada. Se me partía la piel, hermano».

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Miles de mujeres y hombres se preparan para vivir en paz, algo que no conocen a cabalidad desde hace medio siglo.

«No ha sido fácil abandonar la clandestinidad»

 

Las dificultades actuales, sin embargo, son muy distintas a las de los años de plomo y están asociadas justamente a lo que implica construir la paz, sin un manto que proteja la vida, según él.

«La clandestinidad es un abrigo, te insisto. De hecho, yo siempre tuve apodos, en la casa, en el colegio, en el movimiento estudiantil y en la guerrilla. Nunca he usado mi nombre verdadero. De hecho, me cuesta mucho, lo siento muy extraño», admite en medio de las interferencias que de forma persistente dificultan el diálogo.

Es una vida partisana donde las relaciones humanas son más grupales que íntimas, asegura. «Uno se casa con una causa. Además dentro de la guerrilla hay muy pocas mujeres. Es una competencia complicadísima», ríe.

Las relaciones no son son como en otros lados, insiste. «Puedes estar años sin tu pareja, de hecho. Por eso, los vínculos no son tan ceremoniales. De hecho, yo me casé cuatro veces, con anillo y ceremonia. ¿Hijos? No, porque me pareció que no tenía sentido tener un niño que no iba a crecer conmigo».

Héctor Bcerra, hoy.

Héctor Bcerra, hoy.

 

«Hablé con militares chilenos»

 

Becerra ha vivido la mayor parte de su vida como testigo y protagonista de uno de los últimos conflictos armados del siglo XX, en las filas de la guerrilla más antigua del continente, las FARC. Sin embargo, estuvo por décadas ajeno a los avatares del resto de la humanidad, de su propio país de origen.

«Sólo en los últimos años tuve acceso a Internet y he visto algunas cosas de Chile, documentales como Actores Secundarios», cuenta.

«Me he ido poniendo al día con las noticias y así supe de la Revolución Pingüina, de las marchas de 2011. De la serie televisiva Las Imágenes Prohibidas. Claro, todo eso lo vi desde 2015. Es como armar un puzzle».

«En todo este tiempo, sólo hice un viaje a Chile, fue a mediados de los noventa. Me reuní con mi familia y unas pocas personas más. Tenía la foto del país de los ochenta y encontré todo distinto, fue una decepción Es probable que haga otra visita ahora», dice.

Sin embargo, Becerra no piensa radicarse en Chile ahora que la guerra terminó, en su antigua casa aledaña al Club Hípico.

«Durante las reuniones con miembros de los países observadores del proceso de paz en Bogotá, casualmente hablé con militares chilenos que vinieron a esos actos. Fue raro claramente. Ellos me confirmaron que el país que dejé no tiene nada que ver con el actual. Que no tiene sentido que vuelva», comenta.

«Y es verdad, este es un proyecto de vida que no pretendo abandonar, a Chile iría como visita. De acá no me voy, aunque me echen».

 

«Nunca vi a los prisioneros»

 

Los secuestros y cautiverios por años de militares y líderes políticos fue uno de los aspectos más criticados a las FARC, aun desde la izquierda latinoamericana. «Son una vergüenza», dijo incluso el presidente de Ecuador, Rafael Correa, luego de la liberación en 2008 de la senadora colombiana Ingrid Betancourt, junto a otras catorce personas.

«Yo nunca vi a los prisioneros, estaba en otras misiones, más en la frontera», sostiene Becerra.

Y prefiere apuntar las miradas hacia un futuro, aún incierto. «Todos están emocionados. Tenemos que salir del campo y llegar a las ciudades. Hoy, para todo el mundo, lo principal es el desarrollo personal. Ha habido un afloramiento de la gente, la que ahora puede dedicarse a otras cosas. Ha sido muy interesante. Hay clases de matemáticas, incluso tuvimos un taller de género», concluye antes de que la interferencia corte las comunicaciones.

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