La promulgación de la Carrera Docente de la Nueva Mayoría, la discusión legislativa sobre el proyecto de Desmunicipalización y las elecciones nacionales del Colegio de Profesores le otorgan un cariz especialmente relevante a este nuevo año para el profesorado.

Y es que la Carrera Docente no solo puede ser entendida como un indicador de la consolidación de las concepciones neoliberales para regular el trabajo docente, sino que también como el hito que simboliza el cierre del ciclo de movilización magisterial más grande de las últimas décadas.

Pero cabe preguntarse, ¿recoge la Reforma Educacional las aspiraciones del magisterio? ¿se está sustrayendo a la educación de las lógicas del mercado? ¿cuáles son los desafíos que se nos presentan como magisterio?

Sostenemos que el conjunto de modificaciones que se vienen aplicando en nuestro sistema educacional se insertan en lo que conceptualizamos como la segunda fase de la contrarrevolución educativa neoliberal que se articula, claramente, en una lógica de ajustes y correcciones de la educación de mercado a fin de recomponer su legitimidad y reimpulsarla en su rendimiento.

Así, por ejemplo, tenemos que la mal llamada Ley de Inclusión no es más que el aumento de subsidios estatales a la educación particular subvencionada, vale decir, una gratuidad mercantilizada que lejos de fortalecer la educación municipal acelerará el vaciamiento de su matrícula fortaleciendo al sector privado y jibarizando, a niveles sin precedentes, a la escuela pública.

Por su parte, la Carrera Docente consolida el disciplinamiento laboral y control ideológico de las y los maestros en la lógica del ‘pensamiento único’ (el neoliberalismo). Este último actúa por medio de la prescripción de estándares curriculares que constriñen la formación intelectual del magisterio. Por ejemplo, solo el perfeccionamiento orientado a alcanzar los estándares cobra relevancia, toda otra modalidad carece de reconocimiento. De nada sirve, entre otras cosas, un Doctorado en Pedagogía Crítica.

En cuanto al disciplinamiento laboral, este opera por la vía de la reestructuración de los componentes que conforman el salario. En efecto, adquieren un peso decisivo los incentivos individuales variables por sobre los aspectos fijos; cuestión que no es más que la ampliación, al mundo docente, de la estrategia neoliberal para regular el sueldo de los trabajadores que la sociología del trabajo explicó hace ya bastante tiempo. De ahí que el valor del sueldo base, es decir, la Remuneración Básica Mínima Nacional, no haya subido ni un peso en la Carrera (demanda que, por cierto, ha sido histórica en el magisterio y que la conducción de la Nueva Mayoría derechamente abandonó).
Por su parte la Desmunicipalización, no tiene ni la más mínima intención de modificar el mecanismo de financiamiento vía subvención, piedra angular de la bancarrota de la educación de mercado, como tampoco la figura jurídica de sostenedor que operacionaliza la igualdad de trato entre el sector privado y el público. Aún más, el proyecto asume un enfoque asombrosamente reduccionista al homologar un sistema de educación pública con desmuncipalización. Mientras que el primero expresa un proyecto de país, suponiendo una discusión del tipo de ser humano que queremos formar, el segundo no es más que la administración de una institución educativa. Para el MINEDUC, coherente con el neoliberalismo educativo, el problema se reduce a gestión y rendición de cuentas.
Una simple y rápida hojeada de los documentos oficiales del Colegio de Profesores permite concluir que la Reforma en curso no recoge las miradas estructurales que los docentes elaboraron colectivamente en el Primer Congreso de Educación y en el Congreso Pedagógico Curricular.

Inmersos en esta compleja encrucijada histórica, la primera cuestión que debemos preguntarnos las y los profesores en este nuevo año, dice relación con los desafíos que se nos abren en este nuevo período.

Al respecto, en primer lugar, debemos asumir –con toda desnudez- que el gremio hoy avanza a un escenario sin agenda y relato para los próximos años (el discurso que dio vida al magisterio –carrera docente y desmunicipalización están siendo concretados a través de una performance neoliberal). No existe un horizonte en torno al cual se construya una voluntad colectiva que se movilice en pos de su consecución. Visto así, la primera tarea que debe asumir el magisterio en el siglo XXI –que para nosotros se inicia con la coyuntura de movilización de los años 2014-2015- es construir colectiva y participativamente ese nuevo relato y agenda que, por cierto, debe estructurarse al calor de las modificaciones que el neoliberalismo educativo ha impuesto estos últimos años. Se trata entonces, de construir nuevas propuestas.

Este estratégico reto va de la mano con el inicio de una nueva fase del movimiento magisterial. Se debe superar la etapa de resistencia articulada en torno a demandas reivindicativas laborales y sectoriales, para dar inicio a un proceso transicional que debe conducir a la etapa proyectual acorde –insistimos- a los nuevos embates neoliberales.
Evidentemente, entre la etapa reivindicativa y proyectual ciertamente existe un largo tiempo de mediación. A nuestro juicio, en este año 2016 se generan las condiciones para inaugurar esta fase transicional en donde los gérmenes o brotes de discusión pedagógica y educacional como elementos definitorios del quehacer docente, que se develaron al calor de la experiencia histórica concreta de la lucha del magisterio en las movilizaciones pasadas, deben ser retomados y fortalecidos.

La tarea urgente y estratégica en consecuencia, es la discusión y propuesta pedagógica-educativa a enarbolar. Desde lo educativo nos corresponde influir en la construcción de un nuevo Chile.

Sin perjuicio de lo anterior, lo cierto es que no se trata solamente de construir el nuevo relato y agenda para el siglo XXI. Podemos cumplir esa tarea, el magisterio dispone de la capacidad humana, política e intelectual para enfrentarla, sin embargo por sí misma no basta. Junto a ello, debemos ser capaces de estrechar lazos con otros actores e insertarnos en un movimiento con vocación transformadora. Dicho más directamente, las nuevas propuestas educacionales deben articularse con un movimiento popular y de trabajadores que piense y construya un nuevo Chile.

Pero nada de lo anterior puede impulsarse si es que no nos asumimos como sujetos de cambio, de ahí que, un segundo desafío inmediato, es levantar un nuevo concepto de docente que se articula en función de una visión que si bien la integra, supera lo reivindicativo laboral y elabora, desde lo educativo, propuestas de carácter global, poniendo su propia praxis en función de la concreción de ellas.

En estas coordenadas debemos situar las elecciones generales del Colegio de Profesores a desarrollarse este año y la relevancia de triunfar con una conducción y Asamblea Nacional que asuma con responsabilidad histórica su periodo de dirección. Esto es, lo que en última instancia, está en juego en los comicios de noviembre. Nada más y nada menos, que avanzar en la construcción de un nuevo concepto de organización que se constituya en modelo de la nueva sociedad que, entre otras cosas, asuma el control de los dirigentes por medio de la revocabilidad de cargos, supere la democracia representativa por una participativa, amplíe su representatividad a los trabajadores del sector privado de la educación y con fuerte transparencia y fiscalización financiera.

No está demás decir que ninguna organización actual y futura podrá por si sola empujar este carro. Se requiere humildad, amplitud y unidad en la diversidad.

¡Profesores y profesoras de Chile, debemos tomar la pluma y escribir la historia del magisterio del siglo XXI!
¡Con el orgullo de ser docentes! ¡ARRIBA PROFES DE CHILE!


Vocero Nacional del Movimiento por la Unidad Docente