El miércoles se aprobó en la Cámara de Diputados la modificación a la Reforma Laboral que permite el reemplazo en huelga bajo el rótulo de “adecuaciones necesarias”. La medida, presentada por el Gobierno, fue aprobada con la votación en bloque de la UDI y RN, más votos de diputados DC, PPD, PR y PS. Lo anterior plantea una serie de preguntas referentes a las grandes promesas que se hicieron durante la candidatura de Michelle Bachelet, que nunca tuvieron una base muy sólida. Se amparaban sobre todo en un optimismo algo ingenuo puesto en la supuesta voluntad de cambio por parte de la ex Concertación. Vamos por parte.

El nacimiento de la Nueva Mayoría se da en el contexto del gobierno de Piñera, como resultado del acercamiento entre la Concertación y el PC. Los primeros entendían que tenían que cambiar ciertas cosas –al menos discursivamente- para retornar al poder, mientras que los comunistas entendían que este supuesto “viraje” abría ciertas oportunidades. De esta manera, se llega a las primarias con cuatro candidatos. José Antonio Gómez representaba la candidatura más progresista y era natural que el PC les diera su apoyo, sobre todo si estuvieron mucho tiempo diciendo que apoyarían al candidato cuyo programa se acercara más al de ellos. Sin embargo esta situación no se dio, bajo el argumento de que se apoyaría al candidato con el programa más cercano, pero que tuviera posibilidades de ganar. Esa última cláusula llevaba a la única opción que tenía chances: Bachelet. Lo que se decía es que apoyarla desde el comienzo les permitiría estar desde el comienzo en el equipo programático, logrando una mayor influencia.

En la otra vereda, la DC trataba de mostrarse como un partido importante y, con la candidatura de Claudio Orrego, trataban de mostrarle a los partidos tras Bachelet (PC, PPD, PS) que en realidad no era necesario un programa que propusiera tantos cambios. Los resultados fueron nefastos, donde un independiente como Velasco les ganó.

Ahora bien, en este punto uno se empezaba a preguntar ciertas cosas que hasta ese momento se hacían parecer muy obvias por parte de las direcciones de los sectores progresistas. ¿La derrota de la DC implicaría que éstos quedarían afuera de la construcción del programa? ¿Una vez electos, aprobarían todas las reformas? ¿Por qué habrían de hacerlo? Sin embargo, todas estas preguntas fueron sofocadas bajo el asfixiante entusiasmo del bacheletismo, a esas alturas desatado. Y es que el programa planteaba reforma tributaria, educacional, constitucional y laboral como sus principales pilares, aspectos en los que sólo se conocían retrocesos en los últimos años. Además, la posibilidad de lograr los doblajes que permitieran lograr torcer el binominal y obtener mayorías reales en el Congreso era tentadora, entendiendo que la Concertación siempre se excusó de no realizar cambios argumentando que la derecha los bloqueaba.

Terminadas las elecciones se lograron las ansiadas mayorías. El senador Quintana, presidente del PPD anunciaba que con una retroexcavadora se terminaría con el neoliberalismo. Sin embargo, a poco andar comenzaron a aparecer los fantasmas de aquellas preguntas dejadas de lado.

El caso de la reforma tributaria es el mejor ejemplo. Contando con las mayorías para aprobar cualquier cosa, desde el gobierno se optó por una propuesta que generara consenso entre sectores más amplios. En otras palabras, en vez de hacer uso de las mayorías legítimamente conseguidas, se optaba por consensuar con la derecha. Cualquier semejanza con la Concertación y los ’90 no es mera coincidencia.

Aquí comienza el extraño ejercicio psicológico de disociación de la militancia progresista, que ante todos estos problemas culpan a los “sectores conservadores” (DC), al tiempo que defienden la pureza prístina del Programa. De esta manera, son “sectores conservadores” los que detienen el avance de un Programa que iba a atacar lo medular del modelo neoliberal. El Programa…

Pero hablemos en serio. ¿Qué es un Programa? Cualquier persona que haya leído el programa de gobierno de Bachelet verá grandes lineamientos de trabajo, una declaración de qué se pretende hacer en términos generales. No dice nada detallado sobre cómo se pretenden realizar las reformas, ni sobre los resultados esperados, más allá de “mayor igualdad”. Así es fácil apoyar un programa, especialmente si corresponde a una candidata que todas las encuestas dan por ganadora. Pero era evidente que legislar es otra cosa y nadie se vio obligado a entender lo mismo. Ignacio Walker y la DC lo sabían muy bien. Los más “conservadores” del PS, PPD y PR también lo sabían. La pregunta es si desde el PC y otros progresistas lo sabían. Si no, estamos frente a una ingenuidad intolerable para una conducción política. Si lo sabían, se dedicaron a mentirle a sus militancias.

De esta forma, la disputa política real no era por el Programa, porque a la luz de los últimos acontecimientos, queda claro que éste solamente fue un recurso para ganar elecciones. La disputa comenzaba después, al legislar, y se daría en términos de las posturas de cada partido, donde hay algunos más neoliberales y otros menos neoliberales. Por lo tanto, es necesario terminar con esa falsa dicotomía, planteada por la militancia progresista, entre un gobierno progresista y un enclave conservador en el Congreso. No es real. Lo real es una coalición con una abrumadora mayoría neoliberal, la que de manera astuta se subió silenciosamente al carro de sectores que confiando ciegamente en Bachelet, sacaron el cotillón antes de tiempo, con declaraciones y frases grandilocuentes, pero sin base real.

Para que quede lo más claro posible: la modificación que permite el reemplazo en huelga fue enviada por el Gobierno, no por los “sectores conservadores”. Y se aprueba, claro, con la derecha y el neoliberalismo progresista votando en bloque. De Programa y de mayorías nada.

La lección más evidente es que no se puede terminar con el neoliberalismo de la mano de partidos neoliberales, aunque tengas un Programa que insinúe lo contrario. Creer que la existencia de un texto con lineamientos amplios en términos de objetivos generales es garantía de algo, sin importar los intereses de clase de los partidos que lo apoyan, es una lectura política idealista, por decir lo menos. Si antes era fácil de sospechar, hoy es obvio: la Concertación, aunque se vista de NM, Concertación queda. La misma de los consensos con la derecha, la que defiende a Longueira, la que aprueba el TPP, la que ve con malos ojos el sindicalismo y a la huelga, la temerosa frente a los empresarios. Con esos aliados no se puede construir el Chile que las grandes mayorías esperan y necesitan.


Sociólogo, Sindicato de Honorarios INE