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Opinión

Acoso sexual en la Universidad

Por: Alejandra Castillo / Publicado: 02.04.2016
acoso sexual /
En este contexto nos volvemos a preguntar ¿es posible, entonces, el consentimiento amoroso entre una estudiante y un profesor en el espacio universitario? Solo la ficción que habilita la retórica del amor responderá en términos afirmativos dicha pregunta. Esta retórica no hace sino ocultar esta escena de violencia sexual contendida en la propia metáfora de la diferencia de los sexos que es reproducida por el espacio universitario desde sus estructuras legislativas, administrativas y de organización, así como por la invisibilización del acoso sexual que es visto, siempre, como un acto privado inscrito en el guión de un relato amoroso.

Tres son los argumentos que han permitido que el acoso sexual no solo sea invisibilizado sino justificado en el espacio de la universidad: uno es el consentimiento, otro es la mayoría de edad y un tercero es el amor romántico. La posible relación amorosa consentida entre un/una estudiante mayor de edad y un/a profesor/a pareciera no ser de incumbencia de reglamentaciones y sanciones de parte de la institución. ¿Acaso el deseo, la seducción y el amor no terminan, siempre, por sobrepasar los límites que impone el diagrama de las instituciones? ¿No sería de una moral victoriana oponerse al encuentro “consentido” entre dos que se aman? Y por último, y en la situación de que esta relación se entablara entre una estudiante y un profesor, lo que es habitualmente el caso, ¿no podrá ella manifestar su rechazo al avance indebido del profesor si así lo quisiera? ¿Avanzar en un tipo de reglamentación que sancionara el acoso sexual en la universidad no podría terminar por describir (o confesar) la impotencia de las mujeres?

Todas estas preguntas, que no son sino justificaciones, se describen ya desde el plano y la retórica del amor romántico que desde antiguo viene enseñando que la relación amorosa es la teatralización de un juego de avances y retrocesos, a la manera de la guerra de posiciones, en la que la victoria es alcanzada, extrañamente, por las escaramuzas del otro, en este caso, la “otra”. La filósofa feminista Genéviève Fraisse, volviendo explicita la trama patriarcal que se urde en la voz “consentimiento” cuando éste se relaciona con el amor romántico, señalará que la pedagogía del amor no es otra que aquella contenida en la siguiente afirmación: “para que el atacante salga victorioso, es preciso que el atacado lo permita o lo ordene”. No debiera extrañar que esta afirmación tenga en su autoría a Jean Jacques Rousseau, uno de los filósofos promotores de la igualdad, y que con ella esté pensando en el “consentimiento amoroso” figurado en los nombres de Emilio y Sofía. No debiera extrañarnos que esta afirmación, en la que el atacante necesita de su víctima, sea la portada predilecta de la prensa chilena cuando debe narrar la violencia contra las mujeres. No debiera extrañarnos tampoco que esta sea la afirmación que deje sin investigar casos de violencia sexual hacia las mujeres en la pretensión de que son “ellas las que se la buscaron”. No debiera extrañarnos, por último, que este tipo de afirmaciones sea la que deja en la impunidad el acoso sexual en las universidades. En la familiaridad de esta extrañeza funciona la retórica del amor romántico.

Como es notorio, esta escena del amor romántico no es otra que aquella de la diferencia de los sexos. Aquí la diferencia de los sexos no es una simple metáfora, es un modo de organizar el espacio en común, reservando la fuerza y el poder del lado de lo masculino y la debilidad y la astucia del lado de lo femenino. La metáfora de la diferencia de los sexos, entendida en esos términos, es, en primer lugar, la organización del espacio público basada en la superioridad masculina y, en segundo lugar, en la visibilización de lo femenino bajo las luces de la esfera privada y de la intimidad. Esta escena, este fragmento del discurso amoroso, ya supone un orden de la desigualdad.

En este contexto nos volvemos a preguntar ¿es posible, entonces, el consentimiento amoroso entre una estudiante y un profesor en el espacio universitario? Solo la ficción que habilita la retórica del amor responderá en términos afirmativos dicha pregunta. Esta retórica no hace sino ocultar esta escena de violencia sexual contendida en la propia metáfora de la diferencia de los sexos que es reproducida por el espacio universitario desde sus estructuras legislativas, administrativas y de organización, así como por la invisibilización del acoso sexual que es visto, siempre, como un acto privado inscrito en el guión de un relato amoroso.

Evidenciar cómo esta metáfora de la diferencia de los sexos funciona en los planteles universitarios reproduciendo, silentemente, un orden de desigualdad de género implica una intervención feminista decidida en la organización del espacio de la universidad.

 

Alejandra Castillo
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