En noviembre de 2006, Rodrigo Márquez,  acababa de ganar el Most Valuable Player (MVP), un premio al mejor empleado otorgado por la multinacional Hewlett Packard (HP). A los 30 años, estaba a cargo de una cuenta de servicio para una empresa estadounidense para Chile y Argentina, se desempeñaba a nivel latinoamericano y viajaba constantemente por el continente. En lo personal, estaba casado, tenía un par de propiedades, ganaba lo suficiente para vivir cómodo y darse gustos. Era la foto ideal, reflejo de la meritocracia y los estándares de éxito.

 

Rodrido Márquez en la ceremonia de premios MVP HP 2006 en Orlando, Florida / Diploma entregado en programa de talentos 2007, Santiago de Chile

Rodrido Márquez en la ceremonia de premios MVP HP 2006 en Orlando, Florida / Diploma entregado en programa de talentos 2007, Santiago de Chile

Sin embargo, en la cúspide, algo no le hacía sentido. La famosa crisis que advierten a los 40, este ingeniero civil industrial de la Pontificia Universidad Católica de Chile, comenzaba a vivirla a los 30. De pronto, sintió que toda las expectativas en base a los méritos se trataban sólo de una falacia, un invento, una manera de mantenerlo contento.

“Nada de eso se concretaba. Sólo era un incentivo. Como una carrera de galgos en las que hacen correr a un conejo falso que no se alcanza nunca”, dice Márquez.

En un café de Providencia, Rodrigo Márquez relata su vida como si se trasladara a otra década, una época lejana y ajena. Su vida actual, transcurre lejos de ese retrato convencional y más distante aún del ruido capitalino.

Para él, fue como despertar de una inercia. “Como cuando el papá te cría católico y llega un punto en que no te hace ningún sentido”, dice el ingeniero. Por eso, en 2010, se separó de su mujer y decidió pasar  la mayor parte del tiempo en su departamento de Playa Ancha, en Valparaíso. Desde allí,  seguía vinculado con HP hasta concretar por completo su salida de la empresa para lanzarse por ese precipicio que significa emprender solo.

En 2011 comenzó un nuevo camino en el área del marketing digital, cuyo resultado se tradujo en la empresa M2O, a la que tres años más tarde se incorporó otra profesional con experiencia en temas sociales, por lo que decidieron abrir una vertiente, sin fines de lucro, en temas de innovación social.

“Yo creo que cuando uno tiene un saber, sea cual sea, tiene la responsabilidad de compartir ese saber”, dice Márquez. Y fue esa la motivación principal para hacer el vínculo entre su trabajo y sus vecinos, con quienes conversaba y conocía de a poco, en ese ritmo pausado que sólo se permiten las provincias. Así nació la idea de fundar PlazaWaddington.cl, una plataforma digital que busca recuperar  la tradición oral de Playa Ancha, y que lleva el nombre de una plaza icono. Este espacio virtual tiene por objetivo ser un nuevo espacio público, en el que se desarrollen vínculos entre la comunidad, con publicaciones periódicas relacionadas a los intereses vecinales y, sobre todo,  potenciar los proyectos del sector en áreas culturales, artísticas y comunitarias.

Se apeló al nombre de la plaza porque sigue siendo un lugar de encuentro, en el que algunas costumbres no se han perdido: aún hay adultos cuidando a varios niños o los vecinos se reúnen a conversar mientras pasean a sus mascotas al final del día.

“Hay una cuestión frenética en los cumpleaños infantiles en que hay un adulto por niño. Antes, nuestros padres nos dejaban y luego nos iban a buscar, porque había confianza. Creo que la plaza aún guarda eso y queríamos ver qué pasaba, así que fuimos generando cierto ruido”, explica Márquez a eldesconcierto.cl. Y aunque la idea estaba dirigida a los vecinos, tuvo que superar las desconfianzas que generaba su condición de forastero y convencer a empresas turísticas locales que su proyecto no era una competencia y mucho menos un negocio.

El primer paso fue la fiesta del barrio, organizada por la propia comunidad. Luego vinieron un foro y una encuesta, cuyos resultados se utilizaron para medir las necesidades e intereses. De esos encuentros surgió la idea de visibilizar el barrio, potenciando el comercio local, destacando a los vecinos ilustres y difundiendo las novedades de interés común.

Si bien la página está dirigida por Márquez y una periodista, más un puñado de voluntarios, el objetivo es que sea la propia comunidad la que se apropie de la plataforma. Por eso, uno de los proyectos a corto plazo es realizar talleres de alfabetización digital para adultos mayores.

“Yo diría que el analfabetismo digital de hoy en día, es como el analfabetismo que había décadas atrás en el país, en que daba vergüenza decir que no sabías leer o escribir. Me he dado cuenta que a la gente mayor le da vergüenza decir que no sabe usar el correo o meterse a Internet”, dice Márquez.

Y en ese intento de ampliar la participación vecinal, surgió la idea de instalar una pizarra en medio de plaza para que todos y todas pudieran tomar la tiza y plasmar sus opiniones, ideas y sugerencias.

Desde febrero a julio de 2015, la pizarra sirvió como un espacio donde la gente se expresó, los niños colorearon y otros, más extremos, escribieron insultos. Luego de 6 meses, la barra de Wanderers la sacó para llenar con rayados el muro donde colgaba. Lo positivo, dice Rodrigo Márquez, es que si bien la sacaron, nadie le hizo daño.

pizarra

Y en este viaje con ideas, aciertos y errores, han ocurrido varios episodios donde Plaza Waddington ha sido la protagonista y ha unido a quienes habitan en su entorno. Por ejemplo, el 19 de julio de 2015, el actor mexicano Gael García Bernal, visitó la plaza para filmar escenas de la película Neruda, dirigida por Pablo Larraín. El portal local difundió la noticia para entusiasmar a sus vecinos e informarles sobre el corte de calles que realizaría la producción. La primicia fue tomada por medios nacionales, quienes utilizaron las fotos y el contenido sin dar ningún crédito al proyecto comunitario.

Otra de las anécdotas que Márquez recuerda como memorable, es lo que pasó con la sección Vecinos Ilustres. Allí se compartió la historia de don Florencio, el dueño de la Farmacia Nacional, ubicada en Quebrada Verde con Playa Ancha. La publicación fue compartida más de 1500 veces en la red social Facebook, algo inédito para un medio local pequeño. “Faltaba un espacio donde la gente pueda expresar su cariño a los vecinos que conoce de toda la vida y por los que tienen afectos”, añade.

Arte al barrio

Rodrigo Márquez nació y se crió en la comuna de La Cisterna. Su relación con el barrio también estuvo ligada a una plaza, a los negocios locales y a la vida en comunidad vecinal. Cuando dejó el hogar familiar se instaló en Bellas Artes, comuna de Santiago, cuando aún tenía características residenciales, mucho antes de la gentrificación y de convertirse en la burbuja hipster actual. Ya nada queda de ese pequeño comercio local.

Pero en Valparaíso, Márquez se encontró con un orgullo local que bien se resume en lo que sus habitantes llaman República Independiente de Playa Ancha. En ese sentimiento casi chauvinista, los vecinos se oponen a la invasión de grandes centros comerciales, cadenas de farmacias o cualquier intervención que atente contra ese patrimonio que permanece aislado, como el secreto mejor guardado del puerto.

Playa Ancha, una especie de isla en donde cada esquina tiene vista al mar, ha sido cuna y nido de varios artistas y personajes destacados. Es la tierra natal de Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Obrero Socialista; y de Judith Maury, profesora de Castellano, quien se dedicó a enseñar teatro en el Liceo de Niñas de Valparaíso para sacar a las mujeres de ese entonces de la educación formal patriarcal que sólo les enseñaba a ser buenas dueñas de casa, esposas y madres. Es el hogar actual del pintor Gonzalo Ilabaca.

Con tanto arte dando vueltas alrededor, los gestores de plazawaddington.cl junto al grupo Casa Azul, decidieron crear Arte al barrio, una iniciativa que reunió a 9 pintores y una fotógrafa local, quienes expusieron sus obras en los negocios y casas de vecinos. Durante un mes, hubo una libreta junto a cada exhibición, donde la gente podía dejar sus impresiones sobre la obra. La idea era transformar ese espacio privado público que es el negocio en una galería de arte para aprovechar la cultura propia. Sacarla de los espacios más privilegiados e intercambiar. Y hubo reacciones. Una vecina pidió que sacaran el cuadro porque, según ella, espantaba a sus clientes. Marta, otra vecina, se enamoró del lienzo que colgaba en su casa y le puso jazz para acompañar la obra.

El arte no ha sido lo único en que esta iniciativa comunitaria ha querido intervenir. También se han propuesto ideas que buscan recuperar la confianza como la Campaña del Buen Vecino, que invita a los playanchinos a aprender el nombre de quien vive en su calle y con quien muchas veces no se cruzan palabras. También postularon a un proyecto para transformar y darle mejor vida a un espacio que se había convertido en un basural temático, donde la gente no botaba cualquier cosa, sino que catres o veladores, es decir, muebles relacionados al dormitorio.

A un año y medio de iniciado el viaje, Márquez hace un balance y proyecta expectativas. El desafío, dice, es que la gente deje de preguntar qué van a hacer y comience a proponer y actuar. “No hay que pedir autorización. No somos los dueños de la plaza”, remarca. Y en esa línea cuenta la experiencia de un vecino que por iniciativa arregló los juegos infantiles y quiso permanecer en el anonimato.

Pero esa apropiación también tiene que ver con la imagen. Rodrigo Márquez no sólo ha aplicado sus conocimientos profesionales en este proyecto, sino que también pasiones como la fotografía. Convencido que la gente siente propio el espacio cuando conoce el terreno que está pisando, ha aprovechado las redes sociales y la plataforma web para difundir este rincón de Valparaíso que, como el resto del puerto, tiene vocación de postal. En ese vínculo, Márquez cree que se puede desarrollar un circulo virtuoso en el que los vecinos sienten responsabilidad por su entorno y participan de manera activa, limpiando y protegiendo el patrimonio cuando se realizan actividades masivas como el Rockodromo o el festival Mil Tambores.

Son procesos lentos, pero se avanza. Para Márquez, en Playa Ancha se puede sentir que la vida tiene el paso que tiene que tener. Para él, “en todo el tema de emprendimiento, hay una cuestión frenética, como aceleradoras de negocios. Es lo mismo que una persona que va al gimnasio y se empieza a inyectar enarboles asteroides y termina súper hinchado. El músculo también necesita un espacio, tiempo para desarrollarse, si no se produce cáncer”, dice convencido.

Esa, fue una de las razones por las que el anti emprendedor decidió dejar todo en Santiago e instalarse en Valparaíso. Y 5 años más tarde, sigue convencido.