El triunfo de la opción ‘Brexit’ en el plebiscito del Reino Unido está remeciendo al mundo.  Votando para salir de la Unión Europea, el electorado británico ha abierto un proceso constitucional en su país.  Efectivamente Brexit es el equivalente a la de demanda chilena por una Asamblea Constituyente.  Entonces, con la victoria de esta demanda, la camisa de fuerza neoliberal que fue la constitución europea queda superada (como se explicó en la primera columna de esta serie).  Sin embargo, la naturaleza de la nueva carta magna británica dependerá del debate constituyente que está ocurriendo en el país en este momento.

En este debate, la izquierda se encuentra dividida.  Tanto como en Chile, donde la izquierda oficialista rechaza la AC porque se acomodó con la integración económica neoliberal global, en el Reino Unido la izquierda oficialista rechaza el Brexit porque se acomodó con la integración económica neoliberal europea  (esto se analizó en la segunda columna de esta serie).  En contraste con la izquierda oficialista hay una izquierda disidente que, tanto en Chile como en Gran Bretaña, apoya la AC y el Brexit como una forma de salirse del neoliberalismo (como se analizó en la tercera columna de esta serie).

La derecha también se encuentra dividida en esta encrucijada.  La centro-derecha estuvo en contra del Brexit porque los lazos comerciales y financieros del Reino Unido con el continente Europeo se han fortalecido con la integración implementada con los tratados constitucionales europeos.  Como también se analizó en la segunda columna de esta serie es la elite británica (el 1% y el 10% más rico) la que más se ha beneficiado de la integración económica neoliberal de la UUEE, lo que explica el apoyo de la centro-derecha a esta institución.

Sin embargo, los demás personas (desde la clase media-baja hasta los más pobres) han visto sus ingresos y su calidad de vida estancarse durante el proceso de globalización blindado por la constitución europea.  Entonces la extrema-derecha se ha movilizado en contra de la UUEE y a favor de Brexit.  Busca representar y hablar por esa gente excluida, culpando por sus males no a la reorganización neoliberal del mercado laboral y productivo sino a los inmigrantes que dicha reorganización ha traído.  Y en este empeño ha tenido bastante éxito.

El desastre económico que ha generado el neoliberalismo pregonado tanto por la centro-derecha como por la centro-izquierda ha creado un espacio donde la extrema-derecha se fortalece pero la izquierda se debilita.  La izquierda ha perdido apoyo porque en la imaginación popular tiene la culpa por la crisis financiera.  El partido laborista gobernaba cuando estalló la crisis y la gente de la tercera vía no podía admitir que su lealtad a la desregulación bancaria neoliberal tenía buena parte de la responsabilidad.  Sin embargo, la extrema-derecha no carga con la culpa por lo que hizo la centro-derecha como sí lo hace la izquierda con la centro-izquierda.

Así, la extrema-derecha ha logrado compenetrar las poblaciones más pobres británicas, los antiguos ‘heartlands’ del laborismo.  Entonces en el debate constitucional actual, esta extrema-derecha tiene una oportunidad única para capitalizar el descontento contra el neoliberalismo europeo para generar, con una ingeniería política característicamente habilidosa, un nuevo acuerdo constitucional doméstico aún más neoliberal.  En esta columna se analizará la estrategia del populismo de derecha para conseguir el Brexit y cómo ha logrado incidir en el debate constitucional actual con tanta eficacia.

El gran éxito de la extrema-derecha británica ha sido la campaña a favor de Brexit.  Antes de la movilización social en contra de la UUEE la extrema-derecha británica era un grupo muy minoritario.  El Partido Nacional Británico (British National Party) o BNP por sus siglas en inglés, la histórica organización de extrema-derecha del país, nunca llegó a tener una influencia importante en la política nacional.  Ellos decían públicamente que querían imitar al Frente Nacional (FN) francés, el partido anti-inmigrante y xenófobo más exitoso de Europa (los dos partidos son abiertamente racistas y el BNP solo admite miembros de ‘raza blanca, étnicamente británica’).  El momento de máximo éxito electoral para los nacionalistas británicos fue en 2009 cuando ganaron 2 de los 73 escaños británicos en el Europarlamento y además tenían 55 de los 18.500 concejales (menos de 0,3% del total).  En contraste, por aquellos años, los nacionalistas franceses tenían 3 de los 74 escaños franceses en el Europarlamento pero además 188 de los 1.880 concejales regionales (10% del total).

 

El racismo abierto e ideología extremista (una combinación de teorías de conspiración anti-globalización, autoritarismo neofascista y antisemitismo – “el socialismo de los imbéciles” según Bebel) de los nacionalistas nunca agarró tanto vuelo en Gran Bretaña como hizo en Francia.  Jean Marie Le Pen, el eterno candidato presidencial del FN, regularmente sacaba alrededor de 15% en las elecciones presidenciales.  En 2002 incluso sacó 17% llegando al segundo puesto después del centro-derechista Chirac con 20% pero con más votos que el candidato del Partido Socialista Jospin quién solo sacó 16%.  Así, los nacionalistas franceses siempre fueron la tercera fuerza de su país (después de los republicanos de centro-derecha y los socialistas de centro-izquierda).  En contraste, la tercera fuerza política británica (después de los conservadores de centro-derecha y los laboristas de centro-izquierda) es el Partido Liberal Demócrata.  La ideología de ese tercer partido es de centro, pero además es pro-inmigración, pro-derechos gay y en todos los aspectos un contraste total con el nacionalismo extremista del tercer partido francés.

 

La histórica debilidad de la extrema-derecha británica se dio vuelta con la crisis financiera, la austeridad fiscal y la campaña para el Brexit.  Sin embargo esto no cambió la fortuna electoral del nacionalismo británico abiertamente racista.  De hecho en 2014 el BNP perdió los dos eurodiputados que ganó en 2009 y empezó un rápido declive hasta perder su personalidad jurídica en 2016.  Pero en las mismas euro-elecciones de 2014 el partido británico que más votos sacó fue otro partido de la extrema-derecha: UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido –United Kingdom Independence Party) que terminó con 24 escaños.  Su plataforma fundamental: que el Reino Unido tenía salirse de la Unión Europea para controlar el enorme aumento en el flujo de inmigrantes entrando al país.

 

UKIP no es un partido de ideología explícitamente racista, de hecho se jacta de tener candidatos de minorías étnicas.  Además su carismático líder-fundador Nigel Farage siempre ha rechazado el racismo y xenofobia no solo del BNP sino también del Frente Nacional francés que trató de generar una alianza con él en el Europarlamento.  El FN estaba tratando de limpiar y moderar su imagen de paria racista, aliándose con Farage.  Marine Le Pen, la hija del histórico líder del FN Jean-Marie Le Pen, había tomado las riendas del partido e intentaba moderarlo.  Ella re-focalizaba su retórica electoral en contra de la UUEE y las ‘olas’ de inmigrantes nuevos en vez de hacer la típica campaña FN en contra de los franceses no-blancos y los judíos.  Esta renovación de nacionalismo francés funcionó y el FN ganó la primera mayoría en las euro-elecciones de 2014 con 24 escaños (la misma cantidad que UKIP).  Sin embargo, UKIP es el partido de extrema-derecha que más éxito ha tenido con esta re-focalización.

 

El éxito de UKIP se basa en el hecho de que no carga con el peso del racismo ideológico ni de fascismo sino que sus campañas contra la UUEE y la ‘excesiva’ inmigración tienen un tinte de respetabilidad.  Entonces, además de aprovecharse del voto del ‘racista blando’, UKIP ha podido ganar los votos de un electorado que se siente una legítima desconformidad con la UUEE, e incluso con los grandes flujos de inmigrantes que ha catalizado.

 

El problema con la creciente inmigración reciente tiene que ver con el contexto económico en el cual se ha dado.  La UUEE permite libertad de movimiento dentro de sus fronteras.  Así, los ciudadanos europeos pueden entrar al Reino Unido para buscar trabajo, tanto como los trabajadores británicos pueden radicarse en el continente, sin necesitar visa ni permiso de trabajo tampoco.  La eliminación de los controles fronterizos es parte del proceso de integración económica transcontinental.  Los flujos de bienes, capital y trabajadores entrecruzan todos los países de la UUEE, vinculando a las empresas de la región en una gran red de producción que (según el sueño europeísta) aumenta la eficiencia, el empleo y los salarios.

 

Es cierto que, con la integración económica, las empresas buscan radicarse en las zonas con salarios bajos (para reducir sus costos).  Pero aquel proceso no sube los salarios de estas zonas (como dice el sueño neoliberal) porque el aumento en demanda para nuevos empleados no es tan grande, dado que las empresas también quieren estar en las zonas con salarios altos.  Después de todo, estando en las zonas de altos salarios las empresas pueden acceder a una base de clientes más grande y conseguir más fácilmente los insumos intermedios.  El resultado de estas dos motivaciones contradictorias es que la integración económica no reduce tanto las diferencias de salarios (la supuesta igualación de los precios de los factores – factor price equalisation) sino que las mantiene.  Entonces, incluso según la economía neoclásica ortodoxa (por ejemplo los modelos de centro-periferia del premio nobel Paul Krugman) hay una fuerte tendencia de emigración hacia zonas de altos salarios con un potencial desestabilizador.

 

El problema con la creación de esta ‘división de trabajo europea’ es que la UUEE no ha generado una institucionalidad fiscal capaz de dar gobernabilidad a dicha integración laboral.  El riesgo de la integración es que los flujos migratorios hacia las zonas de altos salarios aumenten exponencialmente y se auto-refuercen (mientras más trabajadores van a las zonas de altos salarios, más grande es el acceso al mercado de consumo que consigue una empresa ubicándose allí). Sin un mecanismo de ‘reciclaje’ que ocupe los recursos generados en las zonas con altos salarios para incentivar la creación de mejores empleos en las zonas más débiles del continente, los flujos migratorios habrían llegado a ser insostenibles.  Pero el mecanismo que se consolidó en la UUEE para resolver este problema no dio el ancho.

 

Según Varoufakis, la concentración de la actividad productiva y el empleo altamente remunerado en ciertas zonas y países dio luz a un mecanismo de reciclaje vulnerable a la inestabilidad macroeconómica.  El sur de Europa, con sus bajos salarios y baja productividad, se quedó con un déficit comercial estructural (la otra cara de la moneda siendo el superávit comercial alemán).  Entonces, los alemanes tenían que reciclar sus excedentes en países como España y Grecia a través del endeudamiento, para que los ciudadanos del sur-europeo pudieran comprar los bienes del norte.  Con la crisis financiera el problema de sobre-endeudamiento terminó con este mecanismo de reciclaje privado.  La UUEE podría haber creado un mecanismo de transferencias fiscales para reemplazar las volátiles transferencias privadas pero no lo hizo.  Sin una solución fiscal, ni la posibilidad de devaluar la moneda (tienen el euro) los países del sur no tenían más remedio que contraer sus economías para financiar sus déficit.  El resultado ha sido deflación, desempleo estratosférico y emigración masiva (olas de ‘refugiados del Euro’).

 

Estos enormes flujos migratorios llegan al norte de Europa, aumentando el tamaño de lo que Marx llamaba ‘el ejército industrial de reserva’.  Con tanta mano de obra poco calificada se estancan los salarios de la clase media-baja británica y se genera el resentimiento social anti-inmigrantes que UKIP utilizó para su campaña a favor de Brexit.  Es importante recalcar que el problema subyacente no es que el pueblo británico sea racista.  Por ejemplo, en 2004 el A8, un grupo de naciones de Europa Oriental con salarios aproximadamente 40% del promedio europeo, entró en la UUEE.  Tal como los modelos económicos anteriormente mencionados sugieren, una tremenda ola de emigrantes salió de estos países hacia Europa Occidental – pero en el Reino Unido la extrema derecha seguía siendo totalmente marginal electoralmente.  De hecho, Gran Bretaña fue uno de solo tres miembros de la UUEE que no impuso controles temporales a la inmigración del A8 y así la inmigración neta europea saltó abruptamente (entre 2003 y 2005 aumentó un 130%) pero sin mayor conflicto social.

 

Sin embargo, cuando España sucumbió a una crisis de deuda soberana en 2012 la inmigración neta europea hacia el Reino Unido otra vez subió (entre 2012 y 2014 aumentó un 67% – cifras de la ONS, el INE británico).  Aunque el segundo aumento importante no fue tan grande como el primero, esta vez la extrema-derecha cosechó los frutos electorales.  El país no se había vuelto repentinamente más racista sino que el factor diferenciador fue la crisis financiera de 2007-8.  Cuando los mecanismos de reciclaje de excedentes se trancaron, y así Europa entró en un ciclo deflacionario de alto desempleo y nulo crecimiento, la extrema-derecha británica empezó a potenciarse.  Los británicos con familiares que no podían encontrar trabajo o con salarios que no alcanzaban el creciente costo de la vida empezaron a buscar un chivo expiatorio, y con la ayuda de UKIP encontró a los inmigrantes de la UUEE.

 

Innegablemente, la campaña a favor de Brexit intensificó las tensiones anti-inmigrantes en el Reino Unido.  El asesinato durante la campaña de la diputada laborista Jo Cox, por un fanático de extrema derecha fue muy chocante.  El Reino Unido no tiene altos niveles de homicidios, y menos de homicidios políticos – en toda su historia solo 8 diputados de un parlamento de 650 han sido asesinado, (en EEUU fueron 14 de un congreso de 535).  Además lo de Cox no fue un evento aislado: en los 4 días después de la victoria de Brexit el Consejo Nacional de Jefes de Policía (National Police Chiefs’ Council) registró un aumento de 57% en crímenes de odio racial.

 

Sin embargo nada de eso demuestra que Brexit ha generado racismo, más bien tanto el racismo como el voto para Brexit son síntomas de la profunda crisis de la UUEE.  El modelo europeísta con integración económica y libre movimiento de personas pero sin transferencias fiscales compensatorias ha generado racismo, rabia y finalmente Brexit.  La gran pregunta es si la extrema derecha que capitalizó del fracaso de la UUEE dominará también el proceso de Brexit o si otras voces (como la izquierda dividida) van a poder hacerse escuchar en el debate constitucional que se acaba de abrir.  En la última columna de esta serie, analizando las posibles consecuencias de Brexit, volveremos a este interrogante.