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Opinión

Palestina y la solidaridad de la resistencia

Por: Mauricio Amar Díaz / Publicado: 16.07.2016
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Ese puente entre las luchas de los pueblos oprimidos, ha tenido una especial importancia para la articulación de la Campaña por el Boicot Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel.

En julio de 2014 cuando Israel lanzó la operación “Escudo protector” contra la población palestina de Gaza, asesinando brutalmente a más de dos mil personas, la sociedad civil del mundo entero se movilizó para exigir a sus gobiernos que cortaran relaciones con el Estado sionista. Toda la atención estaba en Palestina, en el horror de las imágenes que mostraban niños mutilados y atrapados entre los escombros. Repentinamente, la mirada de los medios se dirigió hacia otro lugar: Ferguson, Missouri, donde, en agosto de ese año, la policía mató a tiros al joven negro Michael Brown y se iniciaron grandes protestas contra el racismo que impregna a gran parte de la sociedad estadounidense y especialmente a la policía. Dos escenarios con características distintas, pero con un denominador común, la persistencia del odio, la segregación y el racismo. A algunos llamó la atención que en medio de su sufrimiento, mensajes por Twitter desde Palestina tuvieran por contenido el apoyo a las protestas en Ferguson. Pero lo cierto es que los palestinos y los afroamericanos tenían muy claro que el sufrimiento en que se encontraban era el mismo y que, por tanto, también debía serlo la solidaridad.

Ese puente entre las luchas de los pueblos oprimidos, ha tenido una especial importancia para la articulación de la Campaña por el Boicot Desinversión y Sanciones (BDS) contra Israel. A ella se han sumado importantes figuras de la lucha contra la segregación en Estados Unidos como el filósofo y activista Cornel West, quien ha indicado con claridad:

“Movimientos sociales poderosos tales como el que ayudó al fin del Apartheid en Sudáfrica, han demostrado que cuando los gobiernos del mundo fallan en hacer cumplir el Estado de derecho, la comunidad civil internacional debe levantarse para enfrentar el desafío de defender los derechos humanos fundamentales y asegurar la justicia. Como [el arzobispo sudafricano Desmond] Tutu y muchos otros señalan en el caso de los palestinos -así como en el de los inmigrantes latinos y los pueblos indígenas en Estados Unidos- la táctica del Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) es un medio efectivo no-violento para ejercer presiones económicas y morales con el fin de terminar políticas injustas, desde la discriminación racial hasta leyes represivas, desde la ocupación extranjera hasta los asentamientos”.

La idea de ser parte de un sólo movimiento mundial contra las diferentes formas de opresión y segregación llevó al mismo West a formar, junto a reconocida investigadora y activista y Angela Davis -de visita por estos días en Chile- Mumia Abu-Jamal, Talib Kweli y diversas organizaciones, la coordinadora Black Solidarity With Palestine que reúne, además, a activistas, artistas, académicos y estudiantes de 25 países. En una de sus declaraciones indican:

“No permaneceremos en silencio mientras la población Palestina esté subyugada a la violencia diaria, a detenciones administrativas y prisión política. Estaremos con ellos hasta que su resistencia al racismo y a la violencia colonial perpetuada por el Estado de Israel continúe. Continuaremos demandando el fin de los múltiples sistemas de opresión israelíes, hasta que cada palestino pueda vivir sin miedo de perder su hogar, su tierra, su familia por la violencia estatal. Rechazamos creer que la paz vendrá sólo a expensas de la justicia”.

La solidaridad que aparece entre palestinos y afroamericanos no es de ninguna manera una casualidad, sino parte del hecho histórico en que nos encontramos, donde volverse de alguna manera consciente de una situación opresiva nos obliga a mirar cómo ella se repite por todo el mundo, bajo formas distintas, pero claramente identificables como parte de un mismo paradigma de soberanía: aquella que interviniendo la vida como tal, separándola de su forma, busca controlar y moldear completamente los cuerpos de sus súbditos. En sus casos extremos, como en Palestina o en la Sudáfrica del Apartheid, la biopolítica que constituye el núcleo de la soberanía contemporánea, deviene necropolítica, una política destinada a la muerte. Cuando el mundo se ha convertido en un gran aparato de seguridad, que imagina al pobre, al negro, al árabe o al indígena, como una mera vida intervenible, segregable y asesinable con total impunidad, aparece, por otra parte, como dice Achille Mbembe, una resistencia viceral, porque en la inmanencia de la carne, del cuerpo expuesto a la violencia, se forma una nueva resistencia, que ya no mira al pasado de modo nostálgico para recuperar una identidad perdida, sino que encuentra en esa misma corporalidad y vida intervenida los medios para ejercer su potencia contra el poder. En esa resistencia en que deviene la vida misma, ella coincide con su forma y se vuelve inapropiable para la soberanía. Ella es desde siempre vida en resistencia. Es en ese momento en que ésta adquiere la misma potencia absoluta bajo formas de vida que se habían comprendido hasta entonces distintas. La pregunta por la posibilidad de hablar de los subalternos se vuelve superflua, toda vez que estos siempre han hablado y respondido en una frecuencia a la que el poder soberano no está habituado.

Cuando aparece la solidaridad de los cuerpos en resistencia, ella no acepta distinciones de raza, religión, clase o género, porque todos ellos son solo modos en los que la resistencia se articula y no esencias de ningún tipo. Por eso Gaza queda al lado de Ferguson y de Dallas, pero también de la Araucanía en Chile y de los pasos fronterizos amurallados con que Europa ha recibido a los miles de refugiados de Oriente Medio. “Y así –dice Angela Davis– en tanto decimos ‘nunca más’ respecto al fascismo que produjo el Holocausto, debemos decir también ‘nunca más’ respecto al apartheid en el sur de Estados Unidos. Pero esto significa, primero y sobre todo, que debemos expandir y profundizar nuestra solidaridad con el pueblo de Palestina. Personas de todos los géneros y sexualidades. Personas dentro y fuera de los muros de la prisión. Dentro y fuera del muro del Apartheid”.

En una entrevista a Amy Goodman de Democracy Now, Davis muestra a Palestina no sólo como un lugar más al que se debe mostrar solidaridad, sino como un caso especialmente iluminador tanto de cómo se articula el poder como de las posibilidades de resistir. “Palestina representa aquello, me parece, que Sudáfrica representó en los 80’s y hasta el fin del Apartheid. Entonces, mientras necesitamos enfocar nuestra atención en aquello que ocurre en América Latina y Asia y Europa -por supuesto, la lucha por la inmigración allí, el racismo tan vinculado a los asuntos de los refugiados en Europa- Palestina se me aparece como el pivote que nos permite ensanchar, ampliar y extender nuestras conciencias”.

El BDS es, desde este punto de vista, el resultado más concreto de la solidaridad viceral que responde a las múltiples formas de opresión contemporáneas y que se muestran resumidas en la brutalidad israelí contra los palestinos. Como forma de acción no violenta, desmantela la gramática de la soberanía y pone el acento no en la confrontación de fuerzas, sino en la potencia-de-no, es decir, en aquella posibilidad siempre abierta de no-hacer, de des-invertir. Allí ser palestino, mapuche o latino no es nunca una esencia, sino un contexto, un modo en que existe opresión y, por tanto, surge la resistencia.

 

Mauricio Amar Díaz
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