“No era incompatible ser mamá, estudiar y ser representante”, Carla Amtmann, candidata a diputada del Frente Amplio

“Mi hija tiene 7 años y pronto va a cumplir 8. Amanda es el nombre que mi hermano chico quería ponerle a su hija cuando la tuviera. Muchos creen que es por la canción de Víctor Jara, pero en realidad es porque significa “la más amada”, y para nosotros era importante en ese momento reforzar la idea de que ella llegaba en un contexto de mucho amor y de cuidado, no solo de su papá y yo, si no del entorno en que creció.

Quedé embarazada cuando estaba terminando la universidad, y estaba también asumiendo el cargo de presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad Austral. Nunca pensé en renunciar, pero sin duda el primer cuestionamiento que viene es si una va a ser capaz o no de cumplir con todas las metas. En la medida que tú cuentas con redes de apoyo y, en este caso en particular, el apoyo del mismo equipo, se logró y me sentí mucho más segura de poder seguir en el cargo. Fue también como un desafío, de mostrar que no era incompatible ser mamá, estudiar, y ser representante. De hecho, te ayuda y da un motivo adicional a las razones por las cuales una está metida en política.

Siempre hay un juicio por ser mamá y estar en política, en nuestra generación cada vez menos, pero una siempre está expuesta al juicio público de que no debiera estar haciendo esto si no que en la casa cuidándola, como si existiera una sola forma de cuidar bien a los hijos e hijas. Hay que demostrar que existen múltiples formas de ejercer la maternidad. Una se ve expuesta permanente, sobre todo en la Región de Los Ríos, donde no hay parlamentarias mujeres.

Pareciera que lo correcto en una mujer es ser madre y un tipo de madre. Y lo cierto es que existen distintas formas de ejercerla, incluso no biológica, y también tienes el absoluto derecho a decidir no ser madre. La maternidad, entendida como derecho, implica también una opción y una libertad, una soberanía. Las políticas públicas deben ayudar a garantizar ese ejercicio, ya sea de ser mamá o de no serlo”.

Carla y Amanda. Imagen cedida/AFI-Sebastián Olave

Carla y Amanda. Imagen cedida/AFI-Sebastián Olave


“¿Qué vida podría haberle dado yo, como niña, a otra niña?”, Fernanda G., activista en comité de vivienda*

“Tenía 15 años y quedé embarazada. Me vi en la situación de buscar por ahí alguna amiga con un dato o algo que me ayudara a salir de esa situación tan compleja. No tenía el apoyo de ir a decirle a mis padres ‘mira estoy con esta situación, necesito ayuda’, lo más natural y normal es que te cuestionen y que te castiguen, te reten. No había mucha educación de parte de la familia, tampoco del colegio, y éramos bastante ignorantes en el tema. Yo vivía en las condiciones mínimas. O sea, estaba en el liceo, vivía en una población, con condiciones precarias porque mis padres para poder pagar mis estudios y la vida tenían que trabajar todo el día, entonces otra boca que alimentar era imposible.

Ante una situación como esa la única salida era el aborto. Recurrí a una partera clandestina, que me hizo un aborto. Me hizo un raspaje. Lamentablemente el raspaje salió mal porque me dejó parte del feto adentro y eso me produjo una septicemia que me llevó al hospital. Casi me morí, estuve en coma. Me hicieron una histerectomía, eso significa que me sacaron el útero porque los médicos no vieron otra alternativa. Después de eso había que soportar un tema judicial, tener una paca al lado mío en la cama del hospital.

Hay médicos que, claro, sapean cuando llega alguien por un aborto. Quien llamó esa vez fue un guardia. Como era un aborto y yo menor de edad, lo que querían era llevarse presos a mis padres. Querían quitar la tuición, enviarme al Sename y mantener una paca de asuntos familiares al lado mío todos los días, amenazándome que nunca más iba a ver a mis padres, que había hecho algo terrible, que era una asesina, y todos esos prejuicios y culpas que nos intenta poner esta sociedad a través de una persona con uniforme. En realidad lo que hizo fue vulnerar todos mis derechos e incluso como niña.

Yo mantuve ese juicio por harto tiempo. Como familia hubo que encalillarse, pagar mucha plata para el abogado, y que tuviera la capacidad también de sacarnos de ese embrollo como familia. Hoy ya no es problema, no me siento arrepentida de lo que hice, pero las consecuencias sí fueron muy malas para mí y mi familia. ¿Qué vida podría haberle dado yo como niña a otra niña? No podía, no había posibilidad.

Todos estos alegatos que hacen estas personas que se llaman pro vida, nos obligan a tener que llevar al bebé nueve meses en el vientre, pero después somos nosotras quienes tenemos que preocuparnos de lo que va a comer, cómo se va a vestir, cómo va a vivir, no ellos. No podemos responsabilizarnos de ese ser que vamos a traer, ¿en qué condiciones va a vivir? ¿Qué calidad de vida le vamos a dar? Me han dado ganas de tener hijos, busqué opciones. Bueno, lamentablemente para mí biológicamente es imposible, pero el tema de la adopción también lo hemos conversado y pensado con mi pareja”.

*Fernanda solicitó no ser identificada con su nombre real por haberse tratado de un momento muy complejo para ella y su familia, y por haber implicado un proceso judicial en su contra.


“Estábamos satisfechos con mi hija, era lo correcto no tener otra”, Yasna Lewin, periodista

“Mi hija tiene 21 años y es hija única, lo que yo creo es una experiencia peculiar porque generalmente se dice que los hijos únicos dan menos problemas que los acompañados, ¡y la verdad es que no! De ella quedé embarazada a los 25. Siempre quise ser madre, el papá también quería, y estábamos en condiciones de darle lo que necesitaba: amor, tiempo y atención. Después decidimos parar porque, teniendo el primero, te das cuenta de lo que significa un hijo, en términos de tiempo y dedicación. Además, hay que ser bien responsables. El tiempo, dedicación, plata y esfuerzo son cosas a veces escasas en esta sociedad.

Después de ella volví a quedar embarazada, a los 35 más o menos. Ya estábamos satisfechos con mi hija, y nos dimos cuenta que era lo correcto no tener otra, y así poder darle las mejores condiciones a una y no dividirlo en varios, porque somos profesionales y en ese tiempo éramos muy trabajólicos. En el periodismo siempre ejercí en medios de comunicación, y para ser madre no es lo más compatible. Es una decisión difícil pero responsable, y nos parece legítima.

Antes, abortar así era mucho más fácil porque el tema ni se debatía, entonces no se percibía. En ese tiempo no era tema para nadie y por lo tanto la existencia del aborto en las clínicas era bastante común. Me dieron el dato entonces de un ginecólogo. Llegué con mi marido y le dije lo que necesitaba. Me dijo ‘ya po’’, eran como 700 mil pesos en ese tiempo. Me lo pasaron por otro diagnóstico, ya no me acuerdo cuál, porque estaba muy incómoda y era todo muy raro y fingido. Fue un momento difícil para mí, son días confusos y perturbados.

Yo creo que el tema del aborto ya es un juicio, y hay otro parecido sobre las que deciden no ser madres. Ese es un juicio súper conservador y cargado de los roles de género, es muy patriarcal. Suponen que si las mujeres no son madres no se realizan, y que por lo tanto la mujer está destinada a ser madre, entre otros roles. Me parece mal, es muy legítimo no ser madre.

El papá debe asumir, no ayudar y mi esposo tenía esa aproximación porque así estamos criados, somos hijos de una sociedad muy patriarcal y lo reproducimos aunque seamos muy feministas o progresistas, igual somos hijos de eso y tendemos a reproducir ese papel de responsabilidad maternal única y no de co-responsabilidad con la pareja como debiera ser”.