Opinión

Las mujeres y su naturaleza: ¿Una polémica del siglo XVIII?

Por: Claudia Páez / Publicado: 19.07.2017
Estar a favor del aborto significa, entre otras cosas, defender la igualdad y la libertad de las mujeres para decidir el rol que quieren asumir en la sociedad.

La madre debe tener el hijo aunque este salga anormal,
aunque no lo haya deseado,
aunque sea producto de una violación o,
aunque tenerlo, derive su muerte.

-Jaime Guzmán. 14 de noviembre de 1974,
durante el proceso de creación de la nueva Constitución de 1980 en Chile.

A diferencia de los medios de comunicación en Chile, especialmente la televisión y la prensa, entiendo el proyecto de ley de despenalización del aborto en tres causales como un gesto democrático que intenta remediar la aberración de la Constitución de 1980 vigente en nuestro país. Lamentablemente, esta discusión es instalada en los medios desde una perspectiva conservadora, inquieta por el enigma de la vida por nacer y la procreación.

Al respecto, la psicoanalista feminista Luce Irigaray (1980) expresa cómo se muestra en la arena pública el tema del aborto por parte del discurso heteronormativo. Ella sostiene con ironía que en el momento en que las mujeres afirman la libertad de engendrar sólo cuando lo deseen, “los hombres se lanzan sobre el problema, muy doloroso para ellos, de no poder dar a luz”. Es decir, cuando las mujeres deciden abortar, se despliega una arenga hegemónica a través de los medios de comunicación que (des)centra la discusión sobre despenalización del aborto en el asunto de la vida por nacer y la procreación, desautorizando a las mujeres y a las niñas como sujetos de derecho.

Centrarse en la inquietud de si acaso abortar es matar una vida significa posicionarse a favor de la ideología que afirma que las mujeres son una “masa pre-cívica que reproduce dentro del Estado el orden natural”. Quizás por ello no se observa preocupación en la televisión ni la prensa respecto a la situación real de las mujeres absorbidas por el comercio sexual o las que trabajan sin sueldo en el cuidado de sus hijos, de adultos mayores y/o familiares y en las labores domésticas. Menos preocupación existe sobre cómo el mercado hace usufructo de los cuerpos de las mujeres, quienes, para optimizar su situación económica se internan en centros médicos especializados por el negocio de alquiler de úteros y extraen y donan sus óvulos en clínicas especializadas a cambio de una compensación económica.

Los medios de comunicación en Chile no consideran el hecho de que la despenalización del aborto en tres causales es un piso de derechos para las niñas y las mujeres que, bajo la actual legislación, son obligadas a llevar a término un embarazo no deseado siendo sometidas a humillaciones en hospitales y clínicas y recibiendo penas si deciden abortar. Este despliegue mediático, sin embargo, nos deja dos enseñanzas. La primera es que cuando se emprende una discusión sobre aborto que apela a la vida por nacer o la procreación, nos encontramos de entrada ante una posición contraria al aborto. La segunda es que esta posición se presenta como neutral gracias a los binomios maternidad/vida y aborto/muerte que fabrican los medios para chantajear con el asunto de que abortar es matar la vida por nacer.

Si tuviéramos que hablar del ethos de este chantaje, diríamos que se remonta al período en que las intelectuales del primer feminismo en occidente criticaron en la Vindicación de los derechos de las mujeres de Mary Wollstonecraft (1792) las ideas expresadas en el Contrato Social de J.J. Rousseau (1762), específicamente, la parte de la exclusión sexual en el reparto de la vida que ponía a los hombres en la esfera pública (y privada) como patriarcas y a las mujeres en la esfera privada como reproductoras. En ese período también se recurrió a la naturaleza para argumentar que, aunque parezca injusto este reparto, en realidad no lo es porque salvaguarda cada esfera y al hacerlo no carga al sexo doméstico con el peso de lo político. Recordemos que Rousseau (1762) afirma que las mujeres “dada su naturaleza, o no soportarían sus exigencias o introducirían su incapacidad en los asuntos graves tergiversando los fines generales”. En esta misma línea, cuando Sebastián Piñera afirma, refiriéndose a la adopción homoparental, que “él no va contra la naturaleza humana”, reproduce un ejercicio similar al del siglo XVIII que excluye a las mujeres del ámbito público.

El empresario piensa que la naturaleza faculta a la mujer a engendrar, a dar vida, razón por la cual las mujeres deben seguir este designio natural, así como también los hombres en una evidente complementariedad de los sexos. Recordemos que, siendo jefe de Estado en el 2013, en vez de apoyar y potenciar la discusión sobre aborto y derechos sexuales y reproductivos a partir del caso de una niña de 11 años violada por su padrastro y embarazada, Piñera “alabó la madurez de la niña violada y embarazada por querer tener a su bebe”.

Tal es la magnitud que adquiere el argumento de la naturaleza para los ultraconservadores que a estos dichos subyace una ideología que ilustra el UDI Issa Kort sobre este mismo caso: “En el momento en que una mujer vive su primera regla, su primera menstruación, es porque su organismo ya está preparado para ser madre, para engendrar. No son las condiciones ideales, pero si pensamos en la Edad Media o los principios del Renacimiento, las mujeres efectivamente eran madres a los 15, 14, 16 años”.

Si nos atuviéramos a las palabras de Kort, tendríamos que sostener que en el caso de las mujeres la biología es una condena. Según él las mujeres fértiles están preparadas a asumir un rol social (ser madre) ¡aun cuando han sido violadas! Sin embargo, sabemos que en una sociedad formalmente democrática esta posición es autoritaria y va contra los derechos de las niñas y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Si la ley en Chile obliga a llevar a término un embarazo, aunque éste sea producto de una violación, la diferencia sexual por naturaleza que sufrimos las mujeres en relación a los hombres en realidad no es natural, es legislativa. Por eso el feminismo desde el siglo XVIII se opone a la idea de que los sexos son complementarios y diferentes por naturaleza y lucha, en cambio, por la igualdad sexual.

Por todo lo anterior, me parece importante pensar otra definición de procreación para dar cuenta de aquello por lo que se lucha cuando se está a favor de la despenalización del aborto. Irigaray (1980) comprende la procreación como parte de un ámbito mayor: la creación, que abarca tanto la producción material y simbólica de las mujeres como el conjunto de asuntos y hechos dentro de los cuales podría estar eventualmente el de la procreación, el de la maternidad.

Ahora bien, para las mujeres, en igualdad de condiciones que los hombres en la decisión de cualquier asunto específico que vaya a modificar su propia vida, la decisión de no ser madre sería el ejercicio del derecho de una ciudadana que ha resuelto protegerse en caso de peligro, postergar o eximirse del rol de reproductora y cuidadora de un hijo o hija. En ese sentido, estar a favor del aborto significa, entre otras cosas, defender la igualdad y la libertad de las mujeres para decidir el rol que quieren asumir en la sociedad.

Claudia Páez
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