Uno de los principales argumentos que han esgrimido los sectores más progresistas de la Nueva Mayoría es que durante este gobierno se ha avanzado más que en los anteriores. Esto parece atendible si consideramos que se eliminó el copago en la educación escolar, un porcentaje de los jóvenes con menores recursos podrá estudiar gratuitamente en la universidad, hay acuerdo de unión civil y, al parecer, estamos ad portas de presenciar la legalización del aborto en tres causales.

Este listado de reformas basta para que el progresismo cierre filas en torno a la gestión de Michelle Bachelet, siempre dejando en claro que “aún queda mucho por avanzar”. Parece ser la fórmula infalible: queda mucho, pero hemos avanzado mucho también. La consigna denota compromiso con las reformas, pero también intenta convencernos de que no es un apoyo ciego. Esto claramente va dirigido a la “izquierda del todo o nada”, para enseñarles cómo ser de izquierda de manera responsable.

No obstante lo anterior, surge la siguiente duda: ¿los cambios políticos se tratan de ir acumulando reformas? O más bien, ¿qué tipo de cambios son los que se logran simplemente “avanzando”? ¿Hacia dónde estamos avanzando? Muchas preguntas tal vez, pero no las quiero eludir, sino que quiero plantear dos puntos al respecto: 1) no todo avance es positivo simplemente por ser un avance y 2) los avances no necesariamente están comprometidos con cambios políticos sustantivos.

El primer punto puede ser ilustrado con algunas de las reformas más emblemáticas de la Concertación, por ejemplo el CAE. El CAE permitió que muchos jóvenes que antes no ingresaban a la educación superior ahora pudieran hacerlo, es un avance. Y aquí entra la retórica concertacionista dura: es un avance porque aumentó la matrícula, ¿o acaso usted preferiría que esos jóvenes no estudiaran?  Esta dicotomía avance/retroceso nos pone en ese escenario, o consideramos un avance el CAE y la deuda millonaria que le impone a miles de jóvenes, o lo consideramos un retroceso y que esas personas no estudien para que no se endeuden.

Aquí ya empezamos a notar ciertas semejanzas –quizás demasiadas- con el actual discurso progresista de la Nueva Mayoría, especialmente cuando los avances tienen menos repercusiones negativas, como parece ser el caso de ciertas reformas actuales.  Un ejemplo es la gratuidad universitaria. Podemos conceder que aquí no se da la misma situación que en el caso anterior; no hay trampa en decir que es positivo que jóvenes puedan estudiar gratuitamente. Pero este avance, positivo y todo, ¿contribuye a un cambio político sustantivo? Pareciera que no y que en realidad sigue operando inalterado un paradigma de modelo educacional y de relación entre Estado y establecimientos educacionales. Hoy no estamos más cerca de erradicar el neoliberalismo de la educación, aun cuando podamos conceder que las condiciones son mejores.

Si ampliamos la mirada, veremos que el gobierno de la Nueva Mayoría ha sido una suma de reformas regresivas, como la laboral –sobre la cual hay un vergonzoso silencio-, y reformas que son progresivas pero siempre en el marco de lo que el neoliberalismo puede dar. En otras palabras, este gobierno ha avanzado en algunos aspectos, sí, más que anteriores, sí, pero siempre dentro de los márgenes neoliberales de lo posible. No estamos frente a ningún cambio de paradigma, no hay reformas que apunten de manera sustantiva a los pilares del modelo, sino que estamos frente a un gobierno en algunos aspectos progresista (no en lo referente al mundo del trabajo, por cierto), pero firmemente circunscrito y comprometido con un proyecto de país neoliberal.

Los gobiernos neoliberales en Chile siempre han avanzado bajo sus términos, por ejemplo si consideramos la reducción de la pobreza o el mencionado aumento en la matrícula universitaria. Nadie puede decir que es un retroceso que hayan menos pobres sólo porque aquello no nos haya conducido al socialismo, pero no nos engañemos sobre el carácter de estos avances, sobre su horizonte y su proyección. Una mera acumulación cuantitativa de avances no generará un cambio cualitativo en las políticas. Sumar muchas reformas neoliberales no nos dará como resultado una superación del neoliberalismo y sus desigualdades.

En ese sentido, el lenguaje del “avance” que tanto plantea el progresismo de la Nueva Mayoría es una camisa de fuerza propia de la lógica neoliberal que, ante la inviabilidad de cualquier proyecto político diferente, sólo permite avanzar dentro de lo que ya existe. Por esto el argumento que sostiene que este gobierno ha logrado muchos avances no le es lícito a las fuerzas de cambio. La izquierda no debe salir a aplaudir la gratuidad con voucher, incluso si logra más cobertura, por un motivo simple: nuestro objetivo no es avanzar dentro de los márgenes del neoliberalismo, sino que es superarlo. De lo contrario, salgamos a aplaudir la obra de la Concertación y todas las mejoras que logró en sus gobiernos. Pero no gracias, ese bombo y platillo que lo toque el progresismo neoliberal.


Sociólogo, Sindicato de Honorarios INE