“Alberto Mayol debe pedir disculpas”, dijo la “líder máxima” del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, buscando imponer cierta autoridad dañada en medio de la aguda crisis que vivió su novel bloque político en días de agitada negociación parlamentaria. “Alberto se comprometió a corregir su comportamiento para construir en colectivo”, agregó días después la candidata presidencial, cerrando así el “marco de entendimiento” entre las fuerzas políticas del conglomerado que ya había ventilado a través de la prensa actitudes excluyentes, discriminatorias, personalistas, machistas y misóginas.

La polémica, tildada de paradójica teleserie juvenil por la opinión pública, y los llamados feministas moralizantes de Beatriz Sánchez me hicieron recordar un hecho político que casi hemos olvidado en la historia del feminismo radical en Chile y que tuvo a la amiga de Giorgio Jackson como controvertida protagonista. Lo recuerdo hoy en justo tributo a la lucha de tantas incansables compañeras que han reconquistado el derecho al aborto terapéutico en Chile.

Todo comenzó en una desbordaba Plaza Italia en Santiago de Chile, una tarde del 25 de julio de 2013. Recuerdo que éramos multitudes de personas, gritos, consignas, carteles y amplia diversidad sexual congregada en las calles de la capital demandando aborto libre y gratuito en Chile. Ese inolvidable día más de 10 mil razones enfilamos vigiladas pero decididas por Alameda de las Delicias rumbo a La Moneda.

Se trató de una marcha no autorizada, cercada por un importante contingente de policías. El guanaco, la estampida, los golpes y la represión habitual debían ser el cierre evidente de la protesta, sin embargo, algo performático, novedoso e importante ocurrió en la esquina de Alameda y Paseo Ahumada. “¡A la Catedral, a la Catedral!”, comenzamos a gritar junto a la compañera y colega periodista de tantas batallas Victoria Aldunate, además de otras amigas feministas autónomas, locas disidentes sexuales y apóstatas irreverentes, armando poco a poco un profano e impensado desvío desde el Paseo Ahumada hasta la Plaza de Armas de Santiago. El principal templo católico de Chile terminó siendo el destino final de una manifestación que provocó múltiples y contradictorias reacciones. “Sexo anal en la Catedral, sexo anal en la Catedral”, gritábamos junto a las locas sodomitas más desaforadas en el camino al templo mayor, deseando y empujando una polémica e increíble estampida social de la que seríamos testigos e intérpretes principales.

En la Plaza de Armas, invisibles a la inexistente inteligencia policial, irrumpimos en el templo católico en medio de la santa misa arzobispal ofrecida a Santiago Apóstol demandando aborto libre, seguro y gratuito. Un poco antes del ingreso, recibimos la “bendición” de la entonces candidata presidencial del Partido Igualdad, Roxana Miranda, que se encontraba solicitando firmas para una nueva Constitución para Chile, aunque fuera con “faltas de ortografía”, como decía ella, poética y luchadora.

Mientras la plebe intentaba avanzar desbordante por nuestra Capilla Sixtina local, saltando bancas, esquivando los golpes de guardias y enfrentando a rabiosas señoras beatas, logré infiltrarme entre nerviosos creyentes hasta llegar a escasos metros de la dorada e iluminada escena sacramental presidida por el mismísimo Arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati. Ahí pensé llevar la irreverencia hasta límites escandalosos, buscando profanar el escenario central pero una milagrosa hilera de guardias hizo imposible mi loco actuar. Entonces, mirando a Ezzati a la distancia, poseído por deseos de justicia social, comencé a gritar desafiante: ¡Aborto legal y gratuito, aborto, legal y gratuito! La entonces alcaldesa de Santiago Carolina Tohá, nerviosa e incómoda a mi lado, sólo atinó a mirarme y señalar muy, pero muy molesta: “Esto es una falta de respeto, Víctor Hugo”.

Ya en éxtasis activista, golpeado, irrespetuoso e increpado por el fanatismo eclesial solo atiné a correr tras mi boina tipo Che Guevara que era secuestrada por un sagaz feligrés que detuvo mi loca intervención. De regreso en el corazón de la ruidosa protesta fui testigo del descontento transformado en gritos de rebeldía frente a una iglesia castigadora y abusiva que bebía de su propia maldita medicina, su propia pero turbia agua bendita. Una bienvenida pócima que nos recordó el largo historial de una Iglesia inquisidora que castigó la desobediencia religiosa. Una Iglesia asesina que mató a herejes, judíos, mujeres, protestantes y disidentes. Una Iglesia acientífica que envió a la hoguera a brujas, abortistas, prostitutas y sodomitas. Una Iglesia conquistadora, ladrona y evangelista que destruyó riquezas de culturas precolombinas, matando y torturando a pueblos originarios. Una Iglesia rica y poderosa que nos habla en nombre de un Jesús obrero. Una iglesia farsante, una iglesia canalla. Una Iglesia abusadora que ahora nos anuncia la venida no de Jesucristo, sino del Papa Francisco en enero de 2018.

Fuera del templo, la policía verde estaba desconcertada, armada e inquieta tratando de distinguir a católicos molestos y abortistas furiosos. Yo salí tranquilo con la boina en la mano. El irreverente e histórico acto de protesta había sido consumado. La televisión y la prensa oficial corrieron a la Catedral de Santiago en búsqueda de imágenes monstruosas, escandalosas, condenatorias, desplegando así su poderoso reproche medial mostrando en primeros planos los rayados a los santos, el desorden de las bancas y la violencia desatada en el templo patrimonial de Chile. La prensa progresista y cierto periodismo liberal se sumaron a la feroz condena sin escuchar si quiera razones.

“Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”, dogmatizó el Arzobispo de Santiago, exhibiendo en su pecho a un Cristo moribundo, crucificado e inquieto por tantas insurrectas “almas perdidas” que ese día impugnamos las ilegítimas intervenciones de la Iglesia Católica en políticas públicas de salud, educación sexual y prevención del VIH/SIDA. La histórica protesta demostró el justo irrespeto a una dictadura religiosa cómplice de abusos e injusticias poniendo en duda las promesas de integración y diálogo democrático en el Chile contemporáneo.

Entre ese periodismo liberal destacaron los comentarios condenatorios de la entonces intrépida periodista de televisión y radio Beatriz de Jesús Sánchez Muñoz que, desde su tribuna en la Red Televisión, moralizó los hechos sin buscar mayor debate e información. Recuerdo que molesto sostuve una intensa discusión con ella a través de las redes sociales de Twitter. Me sorprendió que una periodista progresista se transformara en la defensora principal de la Iglesia Católica aludiendo a la “libertad de culto” pero desconociendo injusticias religiosas de siglos. Recuerdo que la “Bea”, como le dicen sus cercanos, encontró que era un “escándalo” irrumpir de ese violento modo en la Catedral de Santiago.

Y sí, fue violento, escandaloso e inesperado, pero también es cierto que existen muchas, muchísimas razones para entender esa acción. Yo creo en un periodismo democrático y pluralista que pone siempre a disposición de la opinión pública todos los antecedentes y testimonios de un hecho noticioso, sin condena ni reproches editoriales previos. Por eso, en medio de la acalorada discusión con la periodista, recuerdo que le pedí abierta e insistentemente que nos invitara a su programa de TV a expresar nuestra posición crítica, explicando el por qué nos habíamos tomado la Catedral de Santiago. Ella no nos escuchó, ella nos condenó. Tal vez en su cerrada censura influyó ese reconocido sustrato católico que inunda a nuestra élite política o sus años de periodista disciplinada de Radio Chilena, la radioemisora oficial de la Iglesia Católica en Chile.

Hoy, luego de abandonar el periodismo militante para dedicarse a la política electoral, nos encontramos nuevamente con Beatriz Sánchez, pero ahora pontificando sobre el feminismo y el machismo de los “señores políticos”, anunciando un incierto “gobierno feminista”. Una Beatriz Sánchez candidata presidencial de un Frente Amplio cada vez más estrecho, que exigió disculpas públicas a un compañero de bloque político para destrabar una negociación de cupo electoral.

En estos agitados días de lucha y transformación social donde los derechos sexuales son el centro del debate público, entrecruzando pasado, presente y futuro, me pregunto una y otra vez: ¿Beatriz de Jesús Sánchez Muñoz se disculpará con nosotras por condenar la toma feminista, travesti, lesbiana y marica de la Catedral de Santiago que demandó aborto libre y gratuito en Chile?


Es periodista y activista comunitario en VIH/SIDA, conocido como “El Che de los Gays” autor de “Bandera Hueca. Historia del Movimiento Homosexual en Chile” y “El Diario del Che Gay en Chile”.