Una de las diferencias clave en el panorama político chileno actual a diferencia del panorama que prevaleció durante la segunda mitad del siglo XX, es la falta del “tercio de izquierdas”. Tal “tercio”, liderado en cierto momento por Salvador Allende, pero constituido y movilizado por los movimientos obrero y campesino junto a actores progresistas de las clases medias en sus múltiples y desgarradoras luchas, fue efecto de un conjunto de luchas políticas en orden a remover el pacto oligárquico sellado con las Constitución de 1925. Tal “tercio” no responde a la naturaleza del orden social chileno, sino a un conjunto de fuerzas que ganaron su espacio gracias a la configuración del bloque de la Unidad Popular. Si bien, no todas las izquierdas fueron parte de dicho bloque, es preciso considerar que la Unidad Popular fue, más que una entidad representativa, un excedente a todo el sistema representativo basado en el pacto oligárquico de 1925.

En otros términos, desde cierta historiografía y politología, ha habido una tendencia a mirar la Unidad Popular sólo desde el punto de vista de su configuración partidaria, dejando de lado al proceso que inició. Y, quizás, la Unidad Popular como proceso inicial excedió a la Unidad Popular como “tercio” representativo. Lejos de constituir un defecto a su propia unidad, la incoincidencia consigo misma fue el motor de su fuerza. Más allá de la persona de Allende, y de su fuerza electoral, hubo un proceso imaginal de gran envergadura en el que aquellos que habían estado aplastados, olvidados, silenciados por el pacto oligárquico comenzaron a soñar otro modo del “vivir juntos”. La imaginación es la fuerza de composición de dos –o más – lógicas antinómicas que, sin embargo, debían y pudieron –de hecho– co-existir: el ser proceso y el ser representación.  El uno se debía al otro, el uno no podía pervivir sin el otro, porque el primero constituía el magma de su fuerza y el segundo su contingente cristalización. Unidad Popular no designó a un bloque homogéneo y clausurado sobre sí mismo, sino un campo de imaginación política en la que su ser proceso y su ser representación se unían y separaban, se tocaban y distanciaban a la vez. La política es precisamente la potencia que se abre entre ambas lógicas y que impide que se identifiquen entre sí y que, a su vez, se separen defintiivamente.

Sin embargo, la historia que sobrevino ya la conocemos. Frente al proceso de imaginación política que ofrecía la Unidad Popular en orden a remover el pacto oligárquico de Chile, el golpe de Estado de 1973 y su consecuente transición renovó dicho pacto en la forma del capitalismo neoliberal. Desde ahí en adelante, las izquierdas sufren un proceso subsunción. Se dividen en diversas coaliciones al precio de sobrevivir. A veces adquieren representación electoral, pero carecen de toda forma procesual. Y, a la inversa, perviven agrupaciones que intentan iniciar un proceso, pero que topan con el muro de la representatividad. Tal fractura –que la Unidad Popular subsanó abriendo la imaginación como el médium requerido para cualquier articulación– se expresa en a diferencia entre lo social y lo político que el orden neoliberal profundiza permanentemente.

Cesura entre el ser proceso y el ser representación, entre los dirigentes sociales y los políticos profesionales. Un ser proceso expropiado de formas y un ser representación exento de vida. He aquí el vacío en el que vivimos. La subsunción de las izquierdas, hizo que éstas se apegaran a coaliciones sobre las cuales no podían incidir sustantivamente. Y en ello, vaciaron sus propuestas e imaginarios históricos y podrán seguir haciendolo si siguen repartidas y subsumidas a diferentes fuerzas o coaliciones en los que carecen de hegemonía y que las enfrentan entre sí: me refiero a las facciones de “izquierdas” (social-cristianos, socialdemócratas radicales, socialistas, comunistas, etc.) que atraviesan el espectro político y cuyas propuestas yacen dispersas y subsumidas al Partido Neoliberal. Sólo así podrá tener consistencia una articulación similar a la que fue la Unidad Popular, pero actualizada para el siglo XXI.

El conflicto desatado hoy al interior del Frente Amplio, quizás, testifica dos posiciones igualmente especulares: por un lado, aquella izquierda que asume conquistar un cierto “centro” político y otra que reacciona intentando articular a un polo de izquierda, pero tradicional (es decir, ilustrada, desarrollista). ¿Por qué la izquierda tendría que conquistar el “centro” (¿por qué no plantear una vía autónoma respecto del centro?) Pero, por otro lado, ¿por qué el polo de izquierdas ha debido mantenerse en una posición ilustrada en la que el resto de la humanidad que no vota por ella simplemente parece que no habría  “entendido nada”? Quizás, en este juego especular se condense el problema actual de las izquierdas repartidas y subsumidas: por un lado, una izquierda que pretende el centro para alcanzar poder al precio de perder identidad y, por otro, una izquierda que se aferra a una identidad, pero sin poder llegar a alcanzar el poder; una izquierda que enfatiza sólo el ser representación y termina subsumida a la tecnocracia neoliberal, otra que pretende enfatizar sólo el ser proceso (sin lograrlo) y que termina aislada sin poder articular una oposición efectiva al pacto oligárquico. Ni la primera alcanza el ser representación (puesto que es incapaz de conquistar el tercio requerido sin el proceso que le acompañe) ni la segunda puede articular al ser proceso (toda vez que a lo más podrá aspirar a una identidad que ya no es capaz de subjetivar al mundo social al que, sin embargo, defiende). Y mientras tanto, el Partido Neoliberal conserva la política institucional mientras el mundo social no deja de votar por la derecha.

Si las izquierdas prescinden de la re-conquista de su lugar histórico –lugar no dado, no natural, no obvio, sino conquistado una vez por las luchas sociales que atravesaron al siglo XIX y XX– no terminarán de preguntarse: “¿cuándo llegará el socialismo”, tal como irónicamente escribe el tremendo poema de Mauricio Redolés Tangolpeando. Así, pareciera que la alternativa se decide entre, o bien, conquistamos el “centro” y nos subsumimos a su tecnocracia, o bien, nos mantenemos férreos a una izquierda “identitaria”, sin poder triunfar jamás. Recordemos que esta fue también la alternativa de Fernando Atria al interior del PS que terminó como una simple candidatura “moral” subsumida por la hegemonía del “centro” que, desde hace tantos años, es parte activa del pacto oligárquico. ¿Como si el Frente Amplio no pudiera sino reproducir la misma lógica de esa reciente escena? Vaciadas de su contenido histórico, reduciendo la fuerza de sus memorias a una gestión burocrática que, de vez en cuando, podrá permitir una de las tantas candidaturas “morales” devoradas por las lógicas del pacto oligárquico instaurado desde 1973 y su Constitución política de 1980, ahí nacen y mueren las izquierdas repartidas y subsumidas.

Para ganar el “tercio” de autonomía que nos fue arrebatada por los fusiles de la dictadura y los bancos de la democracia, será preciso no volcarse hacia el “electoralismo” ciego, sino hacia la imaginación política en orden a abrir un campo común en el que las diferentes izquierdas repartidas y subsumidas por la totalidad del espectro político chileno, puedan converger en una coalición múltiple de sello anti-capitalista (social-cristiano, socialista, comunista, autonomista, libertario, etc.) que constituya un “tercio” autónomo respecto de toda coalición hegemonizada por el discurso neoliberal articulando al ser proceso y al ser representación en una sola dinámica imaginal. Por cierto, tal dinámica implica volver a pensar el comunismo. Pero, pensarlo desde las propias luchas y sus prácticas, en el entendido que en ese lugar pensar e imaginar son uno y el mismo devenir. Pues, por el término “comunismo” no pienso en un partido político, ni tampoco en las formas del socialismo llamado “real” (como machaconamente repite el discurso neoliberal transversalmente), sino en una experiencia de imaginación común que, articulada en una vida activa que promueve prácticas de uso y no de propiedad, está más allá del burocratismo político-estatal y de las formas de gubernamentalidad neoliberal. Esperemos que los últimos conflictos acontecidos en el Frente Amplio no sean la reproducción de las fisuras del Partido Neoliberal, sino que formen parte de un largo proceso de constitución que, no sin conflictos (estos conflictos seguirán saliendo a la palestra), pueda articular una vida activa para el siglo XXI.


Académico, Universidad de Chile