Siempre se ha dicho que para realizar cambios estructurales en una sociedad y país, la educación debe jugar un papel fundamental. Es por eso que, ante la necesidad de garantizar y proteger el interés superior del niño de cada uno, se hace necesario un sistema educativo que se adecúe a dicho fin. Siendo la educación no sexista el objetivo como reforma si lo que se busca es formar una sociedad donde se garanticen y protejan los derechos de todos y todas, sin diferenciar según sexo, identidad de género o la orientación sexual que tengan.

Ya se dijo anteriormente, la postura correcta para proteger a los niños, niñas y adolescentes es tener bien claro y decir: “¡No se metan con el interés del niño!”. Pero para hacer de una simple declaración una realidad, se necesitan cambios estructurales de sistema. Si nuestro objetivo es que un niño no sea discriminado por ser trans o que una niña no sea objeto de ataques por tener dos papás (o dos mamás), es importante formar una comunidad que respete y sea inclusiva con toda la humanidad y su diversidad.

Se habla de educación no sexista a secas, ya que esta es por definición y esencia inclusiva y laica.

Es inclusiva porque es una enseñanza que no solo no discrimina según el sexo, sino que también le da cabida a todas las identidades de género y a las diferentes expresiones como también orientaciones sexuales que existen.

Es laica porque para hablar de igualdad de género y de inclusión a la diversidad, se requiere por ejemplo que no se instruya ni adoctrine en base a la escritura que señala que: “A la mujer -dijo Dios a Eva-: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16, La Biblia). Sin olvidar que en una enseñanza de índole confesional nadie nos puede asegurar que el profesor no caerá en el fanatismo religioso, de tal manera que, entre otras cosas, promueva la perpetuación de los roles de género en razón de su conservadurismo (o simplemente adoctrine en base a su modelo de sociedad).

El fin de una educación no sexista es lograr la emancipación y la igualdad de las personas sin discriminar según qué sexo, identidad de género u orientación tengan. Marginar a personas por su condición o promover en niños y niñas dogmas que terminen limitando su libertad de ser lo que son, va totalmente en contra con la meta inclusiva y laica de esta enseñanza.

El objetivo de esta educación, en otras palabras, es básicamente decirle al niño, niña o adolescente que no se le excluirá por ser lo que es y que de él depende ser lo que quiera ser (o también, lo que se es), y que la enseñanza dada en el recinto educativo solo le dará las herramientas necesarias (teóricas, prácticas, psicosociales y éticas) para que él se perfeccione en base a lo que es y decida él mismo cómo ser por el resto de su vida.

Es importante que la educación no sea una imposición, un adoctrinamiento de cierto sector sobre el educando para que actúe en concordancia a lo que ellos piensan que está bien. Sino que el mismo menor de edad sea quien decida por sí mismo ser lo que al final es, en un contexto de libertad, igualdad y fraternidad.

Ante lo últimamente señalado, tal como se explicó en una anterior columna, es importante señalar que una educación no sexista, fuertemente ligada a los principios del feminismo, le daría también más libertad a los hombres. No se les enseñaría a ocultar sus sentimientos ni se les fomentaría que se dediquen a ciertas profesiones porque las otras “son de mujeres”. Lejos de un paradigma de sociedad patriarcal, tanto el hombre como la mujer podrían vivir de igual a igual en convivencia y tener las mismas opciones para elegir su proyecto de vida.

Para que esta educación no sexista ayude a formar una sociedad más libre, igual y fraterna, es también necesario que sea universal. Es decir, que todo niño, niña y adolescente tenga acceso a ella. De otro modo, habrán todavía menores de edad que se verán discriminados o privados de ser lo que son. Es importante que esta nueva enseñanza llegue a todo educando, para que todos y todas se vean beneficiados y emancipados por ella.

Una educación que no discrimine según sexo, identidad de género u orientación sexual; una enseñanza que no imponga roles de género; y una educación que no diga lo que uno tiene que ser (todo dentro de un marco acorde a una cultura de derechos), es lo que se necesita para que los niños, niñas y adolescentes crezcan felices y sanos para ser también adultos felices y sanos.

Y solo teniendo personas felices y sanas tendremos una sociedad feliz y sana, donde todos y todas tengan cabida y puedan vivir, crecer y aprender sin que ninguna imposición o barrera discriminatoria les prohíba el legítimo anhelo de cumplir sus sueños y de desarrollar sus proyectos de vida.