Cuando Beatriz Sanchez dice que no va a ir a “En Buen Chileno” porque le parece que “en un país decente un ministro de la dictadura no debería estar ni en el Gobierno ni en un programa de televisión”, abre un debate bastante postergado en los medios de comunicación y es el de tener sentadas a personas que participaron activamente de una dictadura asesina, sangrienta y brutal. Una dictadura que tuvo campos de exterminios, presos políticos, torturados, exiliados y desaparecidos de los que hasta el día de hoy los responsables no han señalado el paradero.

Cuando se participó activamente, no desde un no hacer sino que desde la acción concreta, con un cargo en el régimen, y no solamente un cargo cualquiera sino como ministro, ¿se puede éticamente seguir validando esa voz y ese discurso en televisión abierta?

No se trata de censurar y de tener solo una visión en los medios de comunicación. Por ejemplo, es ampliamente conocida por todos la postura de Pilar Molina, otra ex panelista de En Buen Chileno, como una defensora de la obra y modelo de la dictadura de Pinochet. Conocidas también son sus posturas de ultra derecha representadas no solo en El Mercurio, sino también cuando estuvo en el directorio de TVN.

No se trata de sacarlos a todos de los medios. Posturas de ultra derecha pueden estar representadas, esa es la gracia del debate público, que se dialogue con todos los puntos de vista. Nosotros que nacimos en democracia suficiente hemos tenido con crecer viendo a periodistas abiertamente pinochetistas en un país despolitizado, que responde más que como ciudadanos como consumidores con lógica de supermercado. En un país ignorante en cuanto a lo político que ha creado este modelo neoliberal de la transición, ya es importante que nos cuestionemos qué mensaje se envía al receptor en TV y, más importante, quién es la voz de ese mensaje.

¿Se imaginan en Alemania luego de los Juicios de Núremberg a un ministro del régimen Nazi sentado en televisión abierta, de forma impune, validando sus tesis? ¿Impresentable, cierto? Es eso lo que pasa con Sergio Melnick, que por un estándar ético mínimo de país civilizado es que su presencia en los medios no se sostiene. Por responsabilidad política no es viable, su presencia en el debate público es inconsistente con una República moderna en que su población es consciente y responsable de su historia. Todos en redes sociales hemos visto incluso en distintas fotos a Melnick parado solemnemente al lado de Álvaro Corbalán, todos sabemos de su presencia en Odeplan en la dictadura militar. ¿O me van a decir que los ministros del régimen de Pinochet no conocían la política de Estado que tenía la dictadura chilena de exterminar sistemáticamente a parte de su propia población?

El mismo periodista Mauricio Weibel subió públicamente documentos que demuestran como los ministros de Pinochet recibían informes diarios de la DINA y operaban en conjunto. Oficios redactados por el Mamo Contreras, mientras ellos dicen que “no sabían” y recién ahora se vienen a “enterar”.

El calificativo de irónico queda pequeño cuando los mismos que avalan el “Exterminados como ratones” de La Segunda, que aplaudieron los ya demostrados montajes que llevó a cabo El Mercurio, o las censuras a las fotografías de la revista Análisis. El hecho de que ellos, que censuraron hasta en democracia, vengan ahora a enarbolar la bandera de la libertad de expresión y el que la respuesta de Melnick ante este debate haya sido calificar de “pobrecita” a la mujer que lo emplazó me parece escandaloso y atentatorio al debate ético que nos debemos como país.

Para que un país se piense a sí mismo es necesario establecer un estándar ético mínimo de sentido común en donde, si quieren sustentar y defender una dictadura genocida, en pos de la libertad de expresión –como la entienden el sistema EE.UU. porque ese sistema permite discursos como el del ku klux klan, no así el sistema de libertad de expresión europeo en donde negar el genocidio es delito y discursos incitadores o justificadores del odio son castigados-, que se sienten a la mesa del debate público y sostengan su postura. Pero seguir permitiendo que máximas autoridades que participaron activamente de esta misma dictadura genocida digan como si nada hubiese pasado opinando de democracia, Derechos Humanos, elecciones ante la vista de todo un país, no solo es inconsistente con libertad de expresión, sino que es escapa de un estándar ético mínimo y una responsabilidad política básica ante la ciudadanía.

Suficiente hemos tenido que escuchar a quienes defienden la tesis de que el quiebre de la democracia responde prácticamente a “una guerra civil” –cosa que organismos internacionales e historiadores nacionales descartan- y su posterior dictadura. Una que tuvo mujeres con ratones en la vagina; perros adiestrados por Ingrid Olderock para que violaran a mujeres y hombres en los cuarteles de tortura; botellas en el ano para luego romper los vidrios como ocurrió en Tejas Verdes; parrillazos electrocutando desde los genitales y la lengua a la gente en esos catres metálicos transformándolos en masas humanas sanguinolentas irreconocibles como expresan los relatos de los mismos torturados; hombres que mataron a cadenazos que desfiguraban y desgarraban la carne hasta la muerte; chilenos drogados desde los mismos centros de la Fuerza Aérea para adormecerlos, subirlos a helicópteros y arrojarlos en muchos casos vivos al mar en esos vuelos de la muerte.

Esta dictadura como política de Estado exterminó sistemáticamente a parte de la su misma población, y estos personajes siniestros que avalan y justifican el paroxismo del pinochetismo y que participaron de él hoy en día están sentados en un panel de televisión debatiendo sobre democracia.


Egresado de Derecho, feminista activista LGTBIQ+