Beatriz Lapido fue la protagonista de una película que no se estrenó. Una que nunca vio. La adolescente encontrada por un casting de carácter masivo y popular, con gran interés de los medios y que debía ser un gran éxito de taquilla del cine chileno en pleno 1973, quedó en el olvido. El golpe militar interrumpió su estreno y estuvo desaparecida por décadas, hasta que se estrenó a principios de los ’90. Ahí se convirtió en la cinta más vista de Raúl Ruiz, con más de 100 mil espectadores.

Ahora, 25 años después de su estreno tardío, la cinta basada en la novela de Enrique Lafourcade, vuelve a las salas en pantalla grande y versión remasterizada. Y una vez más, su protagonista no estará presente. Hace años que vive en España, alejada del mundo de la actuación, pero no ausente de este fenómeno.

—¿Qué sensaciones te evocan que tras 45 años desde que participaste en Palomita blanca, esta vuelva a darse en cines?
La sensación es de revivir momentos. Yo estoy demasiado lejos físicamente como para imbuirme en las posibles consecuencias profesionales y personales de la vuelta de esta película. Pienso que sería un buen momento para mi carrera si hubiera seguido como actriz. Pero no es el caso… aunque, ¿Quién sabe? Igual se hace una película acerca de María, ya de abuela, y cuentan conmigo para hacerla.

El devenir de la cinta ha sido muy singular. Ruiziano, claro. Estaba lista para su estreno, pero el golpe militar de 1973 trajo como consecuencia que el cineasta chileno se exiliara y la película —terminada y pensada para estrenarse el 18 de septiembre de ese año— quedara perdida. No fue sino dos décadas más tarde, que la película fue encontrada, restaurada, remontada por Ruiz y finalmente estrenada en octubre de 1992, para el Festival Internacional de Cine de Viña del Mar. Lo más curioso es que como Beatriz vivía en España y no se sabía nada de ella, la dieron por muerta. Fue el periodista Freddy Stock, en esa época cuñado de Lapido, quien la ubicó y le dio su contacto al productor de la película.

“Toda la historia ha sido demasiado especial. Palomita Blanca es la película más ‘singular’ de todas. Pioneros en hacer un casting, pioneros en hacer un making of (el documental Palomilla brava) que también se perdió… ¡cómo no! Una película que estuvo en reserva (como un buen vino) en las bodegas de Chile Films, cogiendo solera para ser estrenada veinte años después de su creación. Y además, de ‘yapa’, después de 25 años, un re estreno. Y también, tiene para mí, la singularidad de que nunca he podido estar presente para vivirlo”.

“Además está el hecho de que alguien me mató”, agrega Lapido. “En el ’92 me resucitó Freddy (Stock). Durante la rueda de prensa que anunciaba el estreno de Palomita Blanca en el Festival de Cine de Viña del Mar, se hace mención del hecho de que ‘era una pena que yo no pudiera ver el estreno por haber muerto’. Entonces es cuándo Freddy le da mi número de teléfono a Sergio Trabucco, el productor. No te lo puedo relatar con exactitud, porque todo esto lo supe en la llamada que me hace Sergio después. Eran las doce de la noche en España, cuándo suena el teléfono. En aquella época no se veía en el display el número que me llamaba. Simplemente no existía un display. Oigo a alguien con un marcado acento chileno decirme: ‘¿Eres Beatriz?’ Yo digo: ‘sí’, y vuelve a preguntarme ‘¿Beatriz Lapido, la protagonista de Palomita Blanca? Soy Sergio Trabucco’. ¡Imagínate! Fue francamente emocionante. Y eso que yo no tenía ni idea de que se iba por fin a estrenar.

La otrora actriz dice que recuerda todo aquello de forma nítida. “A partir de ahí, vinieron unos días de muchos nervios. Él, como director del Festival de Cine, me invitaba, pero era no sé si un jueves o un viernes y tenía que viajar para estar en Chile en dos o tres días. Una locura. Locura por cierto, que soy perfectamente capaz de llevar a cabo. Pero por mucho que traté de reajustar mis asuntos, fue imposible. Así que partí a París, a la casa de Raúl Ruiz, que tampoco podía viajar. Eso sí era viable y ambos pudimos de alguna manera comentar el ‘por fin estreno’”.

—¿Qué es lo que más recuerdas de Raúl Ruiz? ¿Cómo fue tu relación con él?
De Raúl, lo que más recuerdo, es que me daba mucha tranquilidad y yo diría que hasta paz. Lo veía muy seguro de lo que quería y recuerdo también, que yo entendía perfectamente qué quería lograr en cada toma que se filmaba. Mi relación con él se basó siempre en preparar escenas o en llevarlas a cabo. Una relación exclusivamente laboral.

Tras el abortado estreno y luego de que Beatriz volviera a España, de donde eran sus padres, estuvo alejada de cualquier contacto con el cine, y también de Ruiz y de la película, hasta que el estreno definitivo de 1992 provocó el reencuentro: “Nos volvimos a ver en el 92 a propósito del estreno. Estuve un par de días con Raúl y su esposa Valeria (Sarmiento) en su casa en París. Fueron días entrañables que no olvidaré nunca. Ahí, en su casa, vimos una copia de más de dos horas de la película sin acabar de editar, y se nos entrevistó desde Chile, a propósito del estreno.

“Entonces, ya adulta, pude conocer más de cerca al hombre, no al director. Además, en el marco de su entorno familiar y de amigos. Yo también era adulta y vi a un Raúl cercano y de que, de haber estado más cerca, seguramente hubiéramos sido amigos. Pero yo vivía en España. Así que no volvimos a vernos”.

Sobre su muerte, Beatriz explica cómo se sintió al enterarse de la noticia: “Sentí muchísimo la muerte del Raúl que descubrí en París. Del director de Palomita blanca no, porque el film cobró vida propia. Cuando me enteré de su fallecimiento, yo dirigía un importante diario digital. La noticia llegó por teletipo a través de la agencia EFE. Ese día me sentí triste y escribí yo personalmente y publiqué un artículo titulado “Motor, cámara, acción”

Cosa de Lolos

—¿Cómo fue qué llegaste a actuar en la película? En esa época se hizo un concurso púbico y hubo hasta un documental. ¿Cómo fue el tema familiar y tener que hacer un desnudo a tan corta edad?
Como todos los ‘lolos’ y ‘lolas’ de aquella época, me apunté en el concurso. Como te dije antes, yo diría que fueron pioneros en hacer los hoy tan conocidos casting y a nivel nacional. En aquella época cuando trabajé en el film, yo era menor de edad y mis padres tuvieron que autorizar mi interpretación. Recuerdo que sobre la escena del desnudo, tuvimos bastantes discusiones, sobre todo mi padre y yo. Pero todo se hizo de forma bastante elegante y se respetaron mis exigencias al respecto. Tampoco Raúl pretendía un desnudo en el que ensañarse, como pretendían algunos. Y aunque yo era una niña, si se hubiera exigido como tal y no hubieran respetado mis condiciones, no lo habría hecho. En esos días, habría tenido que pagar un precio demasiado alto.

—¿Qué pasó contigo después de la película? ¿Nunca pensaste seguir actuando?
Pasó que seguí con mi vida. Como todo el mundo hace… y no lo hice muy mal. Me siento satisfecha en la forma en que he conducido mi vida y la de los míos”.

“Mientras estuve en Chile, sí hice cosas”, agrega, recordando su juventud artística. “Protagonicé una ópera rock, cuya música y letra era del grupo Millantún (actual Chasky Millantún). Una excelente música, por cierto. Estuvimos muchos meses ensayando la coreografía. Muchas horas de baile con un buen coreógrafo y muchas horas de expresión corporal. Me convertí en una bailarina. Yo estaba encantada. La estrenamos presentamos en teatros y tuvo muy buena crítica. Fue un hermoso trabajo. También hice otras cosas antes de venirme a España. Una vez aquí, toqué algunas puertas y no me gustó el ambiente. Era ‘otra onda’”.

Sobre sus actividades desde que se fue de Chile, no le gusta extenderse mucho: “Tengo un currículum largo. Laboral y de vida. Te cansaría con los detalles. Todo se traduce a una vida intensa y de mucha lucha. Nada espectacular en cualquier caso. Pero he desarrollado el arte de capear el temporal sin meterme en líos y sin pagar consecuencias de actos irreflexivos. Al menos voluntariamente. Puedo decirte con mucho orgullo, que no le debo nada a nadie. Y que nadie me ha regalado nada. Todo lo que soy y todo lo que tengo, me lo he ganado trabajando con mis manos y mi cabeza. Ese será mi epitafio: ‘aquí yace una mujer que de tan independiente que fue, nunca supo pedir nada a nadie’”.