Nada como comenzar el año con buenas noticias.

La Corte de Apelaciones de Rancagua acogió la solicitud de sobreseimiento de don Sebastián Dávalos en el caso Caval, tras el rechazo del honorable Juzgado de Garantía de la misma ciudad en diciembre pasado.

El bailarín jamás olvidará ese 2 de enero del presente nuevo año. Y está perfecto. Debe enmarcarlo, abrazarlo y aliviarse ya que, hasta ahora, se salvó de un problema mucho mayor. Como alguien quiso decir por ahí: “Estuvo al borde del abismo, pero ha dado un paso adelante”.

Debemos ser conscientes que el Seba merece esa presunción de inocencia que nunca le hemos entregado. Pero hay que ser más conscientes aún que su culpa no debería ser el principal problema.

Encontramos en Sebastián un ser humano que, desde que pertenece al mundo público – político, ha actuado al límite de lo permitido. Procediendo, por decir lo menos, de manera totalmente cuestionable bajo patrones éticos y para qué decir que políticamente indecente. Es el niño mal criado al que la mamá le entrega una oportunidad y que, en vez de aprovecharla, no hace más que cagadas que responden a una clara inmadurez personal. Casi me atrevería a decir que actuó y actúa desde el dolor de la falta de atención.

Einstein señalaba que la madurez comienza a manifestarse cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos.

El niño de las pataletas no entiende que pertenece a un mundo donde el tribunal no es el principal juez. Pertenece a un mundo donde la gente, la ciudadanía somos quienes deberíamos esperar y exigir acciones que sobrepasen las establecidas bajo imposiciones legales. Él nunca entendió ni de sociedad, ciudadanía y mucho menos de justicia, cualquier justicia de la que podamos hablar.

Lo lamentable es que nosotros como sociedad tampoco entendemos nuestro rol muchas veces.

Sin duda parece que lo único que le importaba a Sebastián era actuar para demostrar que su propia ley era la correcta y que bajo cualquier costo, incluso involucrando a quien aún creía en él, debía hacer valer de manera tácita, expresa, económica.

No podemos culparlo de todo. Si en la política nacional hay muchos que tan solo con el título de políticos actúan de igual o peor forma.

Si aquí todos culpamos de acciones legalmente cuestionables, pero callamos cuando debemos conversar sobre estándares de conducta en el mundo político. Sebastián, como niño símbolo de los mal portados, finalmente funcionó como la pantalla perfecta para muchos que éticamente hablando están totalmente muertos.

Creo que es tiempo de darnos cuenta que el mal portado nos está dando muestra de que las causas no deben cerrarse tan solo cuando el tribunal lo establezca. Somos nosotros como ciudadanos, como sociedad, los responsables de no aceptar en cargos de representación y participación política a seres que utilizan las herramientas del Estado para superar sus traumas personales.

Sebastián hoy es el niño de las pataletas, el que acusa de “corrupta” a la Fiscalía sin ningún temor y con toda tranquilidad.

¿A usted le parece coherente que pasen este tipo de cosas? ¿Le parece justo que los medios cubran los descargos de un mal criado, que además se dan de manera tan impresentable?

A mí, más que Sebastián, me llama profundamente la atención cómo nosotros como sociedad seguimos permitiendo que personajes como este se rían en nuestras caras.


Publicista - Máster en estrategia y creatividad de marca de la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona - Académico - Director de contenidos La vaca de ideas