Es el evento más esperado por todos los católicos de Chile: la visita del Papa Francisco. Hace meses se están preparando para la ocasión, seguramente, más importante de sus vidas. El país está paralizado y la dicha recorre las calles de Santiago, pero hay quienes no están tan felices. Son los que, de una u otra forma, fueron marginados por esta Iglesia.

Vendedores v/s Carabineros

24 carabineros montados en caballos de pelaje brillante esperan absolutamente quietos, con una formación impecable, a la salida de metro Rondizzoni, sobre la calle del mismo nombre. Al frente del escuadrón, cientos de vendedores ambulantes también esperan. Los bandos opuestos, separados solamente por la calle Viel, se miran desafiantes, como si se tratara de un duelo del lejano oeste.

Pero el escenario es Santiago, específicamente a las afueras de un Parque O’Higgins atestado con 400 mil personas que asistieron para escuchar la misa del Papa Francisco en su visita a Chile. Una que costó cerca de 10 mil millones de pesos y que, según el director de la productora TGA, a cargo del evento, equivale a organizar cuatro Lollapaloozas. Mientras el público le canta aleluyas a Jorge Bergoglio, en la calle se respira tensión.

La tribu de los vendedores se divide en dos. Por un lado están los nómades, cargados con coolers, carritos y mochilas. Su objetivo es traspasar la muralla china de caballos que les impide acceder a la entrada del Parque O’Higgins, donde pretenden vender sus mercancías. Por otro lado están los sedentarios, instalados bajo toldos desde anoche, con hornos, refrigeradores, mesas con manteles, pocillos de merkén y pebre. Dan vida a un patio de comidas a lo largo de la vereda de Rondizzoni. Sus objetivos son dos: que el escuadrón de Carabineros permita el flujo de gente desde el parque hacia este sector para que les compren y que no los fiscalice, porque en ese caso botarían toda su mercadería a la basura por no estar pagando impuestos por las ventas.

Rosa González tiene el lugar más privilegiado dentro del bando de los vendedores sedentarios. Llegó ayer a las 6 de la tarde para reservar el espacio que está justo en la esquina de Viel con Rodizzoni, una ubicación que defendió toda la noche sin pestañear. Ya se ha convertido en la dirigenta de los vendedores, que de pronto son una organización social. Bajo su toldo, habla con lágrimas en los ojos:

—El carabinero me dijo que iban a llamar a Fuerzas Especiales y yo le dije que por qué. Si vino nuestra santidad el Papa por qué no nos dejan trabajar tranquilos, si nosotros vinimos a buscar el pan también porque lo necesitamos. Yo invertí y ahora no me dejan trabajar. Si se les ocurre venir a tirársenos encima nos van a quitar todo y yo me voy a quedar sin nada. Pero igual estoy aquí por la fe. Yo sé que el Papa nos apoyaría, diría que esto que están haciendo está mal.

—No entendemos por qué no nos dejan trabajar, si lo único que pedimos es trabajar no más— concluye su hijo.

El tumulto de vendedores nómades empieza a saltar y grita “queremos trabajar, queremos trabajar, queremos trabajar”. Rosa González, desesperada, pide que por favor se detengan, que no inciten a Carabineros a tomar la decisión de atacar, que por el amor de Dios despejen la calle.

Uno de los hombres de la manifestación lleva un carrito lleno de botellas de agua. “Son los más ladrones estos a las finales. Los pacos, el Papa, todos son unos ladrones”, dice. Mientras él ruega para que lo dejen vender su agua a 500, adentro del parque dispensadores de Aguas Andinas de dos metros de diámetro hidratan a los feligreses que escuchan a Francisco. “Pero esta que vendo yo fue bendecida por el Papa po’”, bromea.

Su compinche, el vendedor de rosas blancas -una tendencia en este evento- está indignado porque no ha vendido ni una sola flor. “Nunca pensamos que esto iba a pasar. A lo mejor ellos pensaron que iba a pasar lo mismo que cuando vino Juan Pablo II, que se agarraron a camotazos adentro del parque. Pero ya no estamos en dictadura. Aunque con esto (apunta a los carabineros) pareciera que sí”.

Uno de los pocos carabineros que no está a caballo explica la situación: “Si nos atuviéramos estrictamente a la ley, tendríamos que quitarles toda su mercadería porque no están pagando impuestos. Pero como son tantos y es una ocasión especial, hay cierto ablande de la ley en este caso. Eso sí, si llega a pasar cualquier cosa con un grupo subversivo, aquí queda la embarrada”.

El tiempo pasa y no se ven grupos subversivos. La única novedad es la caca de caballo que se va acumulando en el asfalto.

Besos para la prensa

En el mismo momento en que el Papa pisaba el suelo chileno el lunes, el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) comenzaba a proyectar información sobre los “grandes crímenes” cometidos por la Iglesia Católica en el parque Bustamante.

Las imágenes proyectadas en el edificio de la Telefónica y el Café Literario incluyeron hitos de la Inquisición, Las Cruzadas y abusos a menores de edad. Óscar Rementería, vocero de la agrupación, aseguró que con este acto contribuyeron a “sacar a la luz una verdad histórica que en estos momentos se omite o censura por la efervescencia que genera la visita papal”.

Pero el Movilh no fue el único movimiento de la diversidad sexual en manifestarse.

Son las 10 de la mañana y ya no se puede ingresar al Parque O’Higgins. En la entrada, la artista travesti Sofía Devenir, del colectivo Lemebel, se dispone a repartir sus llamativos panfletos: un collage de imágenes con los rostros de personas como Fernando Karadima, ex párroco del Bosque, quien abusó sexualmente contra menores de edad, el creador de la UDI Jaime Guzmán, Jacqueline Van Rysselberghe, senadora y presidenta del mismo partido, el dictador Augusto Pinochet y el futuro presidente Sebastián Piñera.

Sobre las imágenes se lee una serie de consignas. Entre ellas: “Francisco dijo que las travesti/transgéneras somos las leprosas de esta época, que se nos debe tener lástima y se nos debe prestar ayuda. ¡No queremos tu asistencialismo! Mejor concéntrate en reparar a las víctimas de las atrocidades cometidas por tus fieles clérigos que han abusado de eses mismes niñes que dicen resguardar. ¡No queremos tu caridad Opus Dei!, que tiene como objetivo mantener un orden de castas funcional a un capitalismo agresivo y desigual, porque en ese orden algunos están hechos para ganar y otros para perder”.

Antes de que Devenir -con un vestido de encaje, labios rojos y pelo largo negro- alcance a repartir un solo panfleto, un carabinero la detiene a ella y a dos de sus compañeras usando como excusa un control de identidad. Les quita los 400 panfletos y el lienzo.

Sin ninguna explicación, suben a las tres al retén móvil. Entonces, la activista saca su celular y empieza a transmitir en vivo vía Facebook.

—Ustedes están hablando con una persona educada, que viene a hacer un trabajo político, y responden con represión, quitándonos el material. Esto está contra todos los derechos humanos internacionales. Como si alguien se fuera a morir por un par de panfletos. ¿Creen que estamos en dictadura todavía? Por favor que alguien nos ayude, llamen al Instituto de Derechos Humanos.

En pleno discurso, uno de los policías usa su nombre legal y le pide que por favor deje de intervenir en el proceso.

—¡Yo no me llamo Roberto, me llamo Sofía!— le grita molesta.

Mientras Sofía y sus compañeras son trasladadas a la comisaría donde se quedarán hasta las 12 de la noche recibiendo toda clase de comentarios transfóbicos, a la salida del metro Rondizzoni se junta otro frente de manifestación LGTBI. Con una polera que muestra a una Cecilia Bolocco coronada, un joven sostiene un letrero en alto que dice “Besatón acá (o sea no conmigo, acá nos juntamos)”. Es Frances Morales, youtuber a cargo de la comedia gay Mamones, que organizó una convocatoria paralela a la misa del Papa para que gente de todas las orientaciones sexuales se agarre a besos. ¿El objetivo? Según él, un llamado a la paz entre la Iglesia y la diversidad sexual.

—También queremos visibilizar a los católicos de las minorías sexuales. El Papa ha hecho algunos comentarios a favor de las minorías sexuales pero podría hacer mucho más y sería extremadamente significativo tener su apoyo. Hay mucha homofobia en la Iglesia, la gente que sale del closet es expulsada o sufre bullying. El Papa debe saber que existen creyentes distintos a los heterosexuales y es un pecado alejarlos— dice Morales.

Acto seguido, camina a la intersección de Rondizzoni con Viel y comienza a besar apasionadamente a otro hombre. A su lado, otras tres parejas homosexuales repiten el acto. La pequeña actividad es rodeada por prensa que graba de cerca cada movimiento de las manos y las lenguas de los participantes. Incluso les dan instrucciones para que se vean mejor en cámara: “el de azul, no dis la espalda, viejo”, pide un periodista. Al fondo, desde el frente de carabineros que ven el espectáculo en primera fila, uno de los policías suelta una acotación (¿un chiste?): “Los caballos los están mirando señores, ¿no les da vergüenza?”.

Los comentarios empiezan a llover de todos lados: “Qué asqueroso, no pienso gastar la batería de mi celular en grabar esto”, “¿y esto los pacos lo permiten?”, “¡Con lengua!”, “¡Que los pacos se pesquen a besos!”, “Los pacos están calientes”, “¡Se les para a los pacos!”.

Cuando los besos al fin terminan, uno de los carabineros en cuestión comenta desilusionado la actividad. “Bien fome la besatón. Que se den besos con amor, esos son puros besos para la prensa no más”, dice el romántico uniformado.

Los niños de luto

Ya son pasadas las cinco de la tarde y el centro de Santiago está cercado por kilómetros y kilómetros de vallas papales dispuestas en forma de laberinto, con algunos pasadizos sin salida. Hay gente que lleva horas ahí, que tiene sus pisos para pararse con altura en el momento exacto en que pase Francisco por el pedazo de calle que tienen enfrente mientras se dirige a la Catedral Metropolitana y puedan verle aunque sea la punta de la nariz.

Las vallas están custodiadas por carabineros y, dentro de ellas, en las calles vacías por donde pasará el ícono del día, hombres y mujeres jóvenes, universitarios, visten petos blancos con cruces y gorros amarillos. Son los voluntarios y voluntarias que se inscribieron con entusiasmo hace tres meses para ayudar en la producción de la visita del Papa. Ahora animan entusiasmados, cual teloneros, cual jefes de alianza, cual animadores de Viña, al público que espera impaciente.

—¡Vamos! Esta vez sí que nos resulta— dice una chica rubia levantando las manos y cantando una canción con motivo religioso. Algunas personas intentan seguirle el ritmo.

En la plaza enfrente de Tribunales, en la intersección de las calles Morandé con Compañía de Jesús, esperan hace rato los integrantes del movimiento Laicos y Laicas de Osorno, que hace tres años exigen la destitución del obispo de Osorno, Juan Barros, quien ha sido acusado de encubrir los abusos de Fernando Karadima. De hecho Juan Carlos Cruz, víctima del ex párroco del Bosque, aseguró: “Él estuvo presente mientras Karadima me tocaba los genitales”.

La comitiva de 30 personas llegó hace un par de días a la capital. Su primera acción fue temprano en la mañana, cuando asistieron a las afueras de La Moneda con sus pancartas grandes que dicen: “Ni zurdos, ni tontos. Osorno sufre. Obispo Barros encubridor”. La leyenda hace alusión a los dichos del Papa, quien en 2015 aseguró que la gente de Osorno sufría “por tonta” porque se dejó influenciar por ideas de los “zurdos”.

“No sólo se trata de haber encubierto abusos sexuales y haber generado impunidad, sino que el hecho de que el Papa mantenga a Barros en el cargo ha generado revictimización para las víctimas de abuso que encontraron cobijo en la iglesia y que se sienten traicionadas”, dice Juan Carlos Claret, uno de los voceros de los laicos de Osorno.

La agrupación ha tenido más visibilidad en el extranjero que en Chile. Tanto así, que para esta ocasión se reunieron con eminencias reconocidas en el tema a nivel mundial. Los acompañan en su manifestación Matthias Katsch –activista alemán, víctima de abusos y miembro del Consejo Alemán de Sobrevivientes-, Alberto Athie –ex sacerdote de la Arquediócesis de México que denunció al ex cardenal Norberto Rivera por encubrir a Marcial Maciel- y Peter Saunders -activista británico víctima de abusos y fundador de la Asociación Nacional para personas abusadas en la infancia-.

—Por tres años fui miembro de la comisión papal para la protección de los menores, un cuerpo que no tenía recursos y por el que el papa no mostró interés. No se logró nada y sospecho que no fue nada más que un juego de relaciones públicas de la Iglesia. Ahora estoy aquí para apoyar a la gente de Osorno— explica Saunders.

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Él, como el resto de la comitiva, está indignado con el hecho de que Juan Barros haya subido en el escenario desde el cual el Papa lideró la misa en el Parque O’Higgins. “Es una vergüenza que el Papa comparta una misa con un hombre acusado de encubrir un abuso sexual de menores”, dice.

Es tal la indignación, que la agrupación tiene un plan claro en la cabeza: esperar al Papamóvil frente a Tribunales y cortar la calle para armar un revuelo y dar visibilidad a su demanda.

Ad portas del paso de Francisco por la calle que tienen en frente, se acerca un carabinero para pedirles que por favor no vayan a hacer nada de lo que se puedan arrepentir. “Los otros manifestantes podrían agredirlos”, asegura.

Los laicos de Osorno desechan su plan subversivo inmediatamente y deciden que simplemente van a levantar el cartel. “No vamos a generar una situación violenta. Creemos que inteligencia sabe de nuestros movimientos. Ya hemos tenido al Gope en las dos acciones que hemos hecho”, explica Mario Vargas, vocero de la agrupación. Durante los 30 segundos que el Papa pasa por enfrente de ellos, levantan sus carteles y reciben los gritos de feligreses enfurecidos.

Un par de cuadras más allá, James Hamilton y Juan Carloz Cruz esperan con ramilletes de globos negros entre los laberintos de vallas papales. Los dos hombres, víctimas de los abusos sexuales que realizó el ex párroco del bosque Fernando Karadima y que no fueron invitados a la reunión del Papa con víctimas de abuso, están de luto.