Hace ya bastante tiempo que en La Furia del Libro, y en La Primavera del Libro en los últimos años, se visibiliza la magnitud de la escena editorial independiente que se ha desarrollado desde el 2010, y si agregamos que la prensa en reportajes destaca su boom y lo positivo que ha sido para la bibliodiversidad y para los escritores, se podría pensar que la existencia y la sobrevivencia de las (micro)editoriales muestran un bienestar no sólo cultural, sino que también económico. Suposición bastante alejada de lo que es la realidad de muchos colegas editores independientes, incluyéndome.

Me acuerdo perfectamente del momento en La Furia del Libro cuando contesté el cuestionario de la investigación sobre la edición independiente que llevaban a cabo Lorena Fuentes, Pierina Ferretti, Felipe Casto y Rodrigo Ortega, lo que finalmente el 2015 La Cooperativa de Editores de la Furia publicó: La edición independiente en Chile: estudio e historia de la pequeña industria (2009-2014). Entre uno de sus muchos resultados, este estudio arrojó que el 52% de los editores encuestados no poseía contrato de trabajo, un 13% estaba bajo contrato de honorarios y un 6% tenía contrato indefinido. En otras palabras, estas cifras indican que la mayoría de los editores independientes no tiene salario, ni previsión social, ni cobertura de salud, ni seguro de cesantía, al menos no por ser editores.

Por favor, que no se malentienda cuando hablamos del negocio editorial y de las expectativas económicas, que muchos podrían intuir como expresiones brutales del capitalismo económico y cultural: creo que el espíritu no es el enriquecimiento egoísta al estilo Farkas, Piñera, ese enriquecimiento que empobrece al resto, sino que la producción-venta de libros permita económicamente la sobrevivencia digna del trabajador.

Sin duda que la precarización laboral que viven muchos de los editores independientes es un síntoma de un cáncer mayor, es un reflejo de la misma precarización salarial que vive la mayoría de la población, lo que provoca que, por ejemplo, tanto la educación como los libros sean realidades de clase. Pero la pobreza generalizada, desde mi punto de vista, comparte el primer lugar con la desvalorización social, cultural y económica del libro; y, espero que no, quizá la primera lleve a la segunda.

En un Chile marcado por el culto a la ignorancia, por el éxito económico y por el desprecio al crecimiento racional y crítico, se valora la palabra como mero vehículo comunicativo y no como una herramienta para la destrucción de prejuicios y para cambios socioconductuales, ni como una vasija de la belleza poética. En un país que no piensa su producción cultural más allá del entretenimiento y el espectáculo, el libro está condenado al desuso por su aparente inutilidad, pues para el común de las personas la lectura agota el uso y el valor de uso como si no existiera la relectura, ni los nuevos mensajes que aparecen con el tiempo. Este país olvidó que la historia de su cultura, en parte importante, es la de sus autores y sus obras; y, aún más, la formación intelectual de las generaciones sigue dependiendo del acervo cultural adquirido gracias a la lectura, a los libros.

Y junto a la desvalorización cultural del libro deviene su desvalorización económica, realidad representada por la frase: en Chile los libros son caros. La edición de grandes grupos económicos cobra lo que cobra, porque sus gastos fijos son muchos y variados, y por su necesidad de rentabilidad. La edición independiente, por su parte, ha visto el precio de venta como un factor importante de competencia por los escasísimos lectores, la lógica ha sido bajar el precio de venta, lo que baja también el nivel de posible retorno económico, lucro, ganancia, rentabilidad, use el término que sienta más cómodo. Entonces, que quede claro, la edición independiente no cobra lo que debería por su trabajo, porque es una acción válida en pos de atraer a nuevos lectores, de reducir ese desierto (imagen que usa Jaime Pinos para caracterizar la situación de la lectura en el territorio nacional), aunque haya significado, en la práctica, la anulación de un derecho básico en este sistema de explotación.

¿Cómo se puede cambiar el panorama económico de la edición independiente? Por el momento, en relación a políticas públicas no tengo la más mínima idea como una respuesta plausible más allá de mis utopías; sin embargo, sí sé de paradigmas que están construyendo, por una parte, el lugar del libro en la sociedad chilena y, por otra parte, cómo nos relacionamos con el trabajo del otro, y que debemos modificar para, al menos, propiciar la sobrevivencia de la bibliodiversidad que entrega la edición independiente. Primero, es necesario que la población chilena pueda repensar el lugar de un libro en su vida: o será parte fundamental en su crecimiento intelectual personal, sea en el ámbito del conocimiento que sea; o será un objeto amoldado para las vacaciones, para ese entretenimiento perfecto que se busca en el tiempo de ocio, ese de sol y playa, pues extrañamente la mayoría de las ferias de libro en regiones se realiza en la temporada de verano y en los principales balnearios; o solamente será un producto necesario como recurso obligatorio en la educación escolar y universitaria. Y no sólo la población chilena debe repensar la posición del libro en su vida, también debe razonar sobre la lectura, sobre la relación que se establece entre la cantidad de pensamientos y la cantidad de palabras que conocemos.

Segundo, en las ferias de libros, no se debe “regatear” lo que ya está rebajado. Regatearle a un editor independiente significa no sólo precarizar aún más su trabajo ya precarizado, sino que también el de hacer peligrar el proyecto mismo. Regatearle a una editor independiente visualiza varios prejuicios sobre la producción de un libro, uno más grave que el otro: o bien, al regatear se considera implícitamente que un libro es solo la reunión de hojas impresas y empastadas o encuadernadas, lo que implica la reducción del objeto a su materialidad básica; o bien, se cree que el trabajo del otro no vale tanto como lo que cobra, lo que se suele enmascarar con la típica idea de lo bueno, bonito y barato, y así entramos en el juego de la precarización laboral. Para humanizar nuestras relaciones económicas, debemos entender que regatear es una acción que evidencia el aprovechamiento económico que podemos obtener por la necesidad de dinero del trabajador. Regatearle a un editor independiente invisibiliza el trabajo de correctores, ilustradores, diseñadores y de sus posibilidades de remuneración. Por último, el trabajo de hacer libros es un trabajo humano, en el que interviene la tecnología, pero a fin de cuentas el objeto es ideado, escrito, diseñado, impreso, guillotinado por personas, y personas que deben, primero, mantener vivo el catálogo y, luego, pagar arriendo, mantener a hijos y vicios, comer, y quizá vivir.


Editor de Gramaje Ediciones. Magister en edición.