La escena más memorable de la edición pasada de los Oscar fue la espectacular equivocación en la tarjeta en la que debía estar escrito el nombre de la película que la Academia consideró la mejor del año. Equivocación que se reveló como tal después de que el elenco de la que fuera anunciada erróneamente como ganadora subiera al escenario a recibir un galardón cuya obtención durante los meses previos al certamen se daba por descontada. El telón de fondo del discurso del productor de La la land (2016) con el que agradecía el reconocimiento estaba poblado de rostros confusos que se miraban como anunciando la ocurrencia de una indescriptible tragedia. Warren Beatty fue el encargado de corroborar que nosotros estábamos siendo testigos oculares y el elenco sobre el escenario víctimas de un craso error; el sofisticado sistema de duplicación de sobres utilizado por la empresa de consultores auditores Price Waterhouse Coopers falló. Emma Stone y Ryan Gosling, como interpretando personajes de los filmes de Peter Sellers, pasaron de exhibir con sus plumas orgullosamente desplegadas su éxito a acurrucarse empequeñecidos en los brazos de los integrantes del elenco de la que fuera verdaderamente la película ganadora, Moonlight (2016), quienes fueron intempestivamente llamados a compartir con ellos el escenario.

Más allá de que se pueda sugerir que este supuesto error fue por el contrario el uso deliberado de un recurso televisivo para aumentar el suspenso y entonces el rating, confirmando la lectura de La la land acerca del modo en que la industria cinematográfica opera, la concesión del premio a Moonlight es demostrativa de lo que los Oscar son. Moonlight muestra el paso de la niñez a la adultez, que se condice con el paso de ser llamado “Little” a ser llamado “Black”, de un afroestadounidense proveniente de una familia monoparental de clase baja rodeada por el narcotráfico y el abuso de las drogas y las dificultades que se ve constantemente obligado a atravesar para vivir plenamente su incipiente homosexualidad. Lo que la Academia intentaría reconocer con la entrega del Oscar a la mejor película del año es el hecho de que está construida sobre el supuesto de que ser pobre, ser afroestadounidense y ser homosexual son tres condiciones de marginalidad cuya reunión en una sola persona es una posibilidad que ha sido persistentemente invisibilizada. Y entonces el mérito del filme sería retratar, con chispazos estéticos destacables, aquel mundo desconocido de los suburbios de Miami que estando bajo la tutela de las drogas es gobernado por reglas que sirven de guía para actuar violentamente, reprimiendo cualquier intento de diferenciarse del patrón heteronormado intensificado por la raza que el seguimiento de dichas reglas configura.

Así relatado parece ser uno que lideraría la categoría de filmes feministas en el sentido que ilumina las zonas que han sido oscurecidas por la máquina de Hollywood, opacidad que es una instancia de la operación por medio de la cual el poder deja sin voz a una parcela importante de la humanidad. El problema es que el filme no logra traspasar la barrera que cautela las mismas categorías cuyo sentido intenta remover al resolver el drama con la misma fórmula estilizada de los filmes a los que nos tiene acostumbrados la industria; el protagonista se transforma con aires reivindicativos de su niñez en un empresario de las drogas respetado en Atlanta; se reconcilia con su madre drogadicta luego de que ésta le pidiera perdón por lo que le hizo vivir en la niñez; se reencuentra con quien le brindara su primera experiencia sexual que ahora lo reconforta por no haber experimentado otra relación íntima desde aquella vez; como si la queja fuera que quieren vivir la vida como si fueran personajes de los guiones blanqueados de las otras películas ganadoras del certamen. Y entonces el gesto de otorgarle el Oscar por el hecho de ser el primer filme cuyo equipo está completamente integrado por afroestadounidenses es un intento ejemplificador de absorber los reclamos de esta parcela de humanidad al concederle un espacio en el concierto cinematográfico hegemónico, normalizado así cualquier aparente expresión disensual.

La misma suerte corre Una mujer fantástica (2017), la más reciente entrega del cineasta chileno Sebastián Lelio, que retrata a una transexual de clase media que es sindicada como la responsable de la temprana muerte de su pareja que es un hombre mayor y con una envidiable situación económica. Inmediatamente nos muestra los prejuicios y la violencia a la que es sometida quien sólo quiere ser una mujer en duelo por la pérdida de quien iba a ser su compañero para toda la vida. El problema entonces es equivalente al del Moonlight; Lelio construye un drama atemporal y potencialmente situado en cualquier parte del mundo cuya única variación es la supuesta condición marginal que padece la protagonista que sin embargo se diluye en una historia cuya estructura es la de cualquier otra. Es más, hacia el final la película parece dar un giro al suspenso al enfocarse exclusivamente en la averiguación del lugar al que dirige una llave misteriosa que encuentra la protagonista entre las pertenencias de su amado fallecido como si con ello dejara atrás la pretensión inicial de visibilizar el modo en que una transexual debe lidiar con un ambiente que le opone sistemática resistencia. Está por verse si la Academia muestra una vez más su forma de anular las diferencias sumándola a la lista de películas ganadoras ahora por ser protagonizada efectivamente por una actriz transexual.


La mirada de los comunes