Existió, principalmente durante el siglo pasado, una tendencia creacionista dentro de los proyectos de izquierda, en el sentido en que éstos se centraban en la necesidad de refundar la sociedad desde sus cimientos, y de forma tajante y única, lo cual podía efectuarse mediante la toma del poder. Reflejo de esto son las retóricas de la construcción del hombre nuevo y la eterna pero poco fértil discusión sobre Reforma o Revolución. Esta visión de la política revolucionaria trajo consecuencias claras: el menosprecio del reformismo, la idea de que asaltando el Estado se solucionaba todo. Incluso las ideas de vanguardias políticas son muy parte de esta tradición

La cuestión del reformismo no es nueva. Ya en la Segunda Internacional las corrientes, digamos, más socialdemócratas se referían abiertamente al uso de la institucionalidad como forma de acceder al poder y transformar la realidad. Pero no fue hasta un tiempo después, ya pasada la euforia de la Revolución Rusa, que distintas visiones socialistas, y específicamente marxistas fueron abriéndose a superar las disputas planteadas en ese entonces.

No sé cuál fue el punto clave en que esto fue cambiando. Lo que sí sé, es que ya en los años 40 un autor socialista chileno [1], expresó:La condición revolucionaria del socialismo radica en la naturaleza misma del impulso histórico que él representa. No depende, por lo tanto, de los medios que emplee para conseguir sus fines. Sean éstos cuales fueren, el socialismo es siempre revolucionario, porque se propone cambiar fundamentalmente las relaciones de propiedad y de trabajo como principio de una reconstrucción completa del orden social.

De ahí en adelante, el creacionismo socialista ha sido constantemente cuestionado, ganando finalmente lo que podríamos llamar utopismo socialista. Ejemplo claro de esto, son las visiones de distintos autores propiamente marxistas que han abandonado la idea de un socialismo como sistema impuesto. Quisiera señalar a dos grandes: Hobsbawm [2] («el comunismo como motivación continúa vigente; como programa, no») y Marta Harnecker [3] («La historia ha demostrado (…) que se requiere un largo período histórico para transitar desde el capitalismo a la sociedad socialista. Algunos hablan de decenas de años, otros de centenas y otros pensamos que será la meta a la cual debemos irnos aproximando pero que quizás nunca la alcancemos plenamente»). Teniendo estos elementos en mente, es interesante analizar las consecuencias de los versos de Birri («La utopía está en el horizonte. /Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos / y el horizonte se corre diez pasos más allá. / ¿Entonces para que sirve la utopía? / Para eso, sirve para caminar»). Creo que el utopismo socialista es bueno en tanto nos aleja de la pretensión totalitaria de creernos dueños de la posibilidad de construir la nueva sociedad a nuestro antojo (por más positiva que nosotros la veamos), se refleja así un actuar profundamente democrático -y en cierto sentido, hegeliano-. Sin embargo, el principal problema surge a la hora de no poder definir si el socialismo es la dirección unequívoca y final de la historia humana. Desarrollemos estas últimas ideas.

Quiero, para hacerlo un poco más literario, referirme al mito de Sísifo y relacionarlo con esta tendencia utopista. Ya conocemos la historia: ese rey sabio que, por su actuar deshonesto con los dioses, fue obligado en el inframundo a llevar una gran piedra por una ladera inclinada, y cada vez que llegaba al final, la piedra caía, teniendo que volver a empezar todo el camino. Por su puesto, la interpretación no es nueva; ya Camus relacionaba este mito con el existencialismo: la necesidad que tiene el ser de volver a emprender cada vez el camino del sufrimiento como ley de vida.

Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a subirla hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Los dioses habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Es interesantea analizar que, el sujeto político de izquierda ha pasado de creerse Dios, a ser un Sísifo condenado por la piedra de la historia. Creo que al respecto se puede enunciar la siguiente tesis: el actuar político de izquierda tiene un carácter sisifeano. Esto quiere decir que elaboramos política no sabiendo que podemos perder, sino que vamos a perder eventualmente, y que salvo alguna especie de ruptura en el mito, estamos condenados a repetir ese proceso una y otra vez. Lo creo profundamente, porque en un sentido histórico, cada gran cambio en las relaciones de producción fue un proceso lento, gradual, y en cierta manera forzoso y doloroso, donde las correlaciones se van dando de forma no ordenada, y donde nada da la oportunidad para asumir una dirección única. Con esto quiero decir, que nada nos hace pensar que el capitalismo o el feudalismo eran estadios obligados de la historia, y por cierto, estos no se consiguieron porque los burgueses o los señores decidieron un día tomarse el poder, sino que fueron ganándolo a medida que desarrollaban sus actividades sociales.

Esto tiene consecuencias interesantes (la más básica de todas es que la derecha tiene que acostumbrarse a no decretar nunca más que estamos muertos ni que nuestro proyecto ha fracasado):

1. La acción política en la cual participa cualquiera de las fuerzas revolucionarias es ontológicamente antagónica. Esto es, que la vida social en su estado normal no es más que una etapa en la que la relación entre la fuerza política revolucionaria y la fuerza política conservadora no está en ebullición máxima y pueden tolerarse mutuamente sin el ejercicio de la violencia directa.

2. Debido a ese carácter de proceso con respecto al cambio de sociedad, es que no tiene sentido hablar de una dicotomía entre reforma y revolución, más que en casos concretos. Es decir, debemos volver a González. Con esto quiero decir que toda construcción del socialismo es un proceso gradual de reforma de la sociedad. El único problema del reformismo, entonces, surge cuando existen posibilidades de dar un salto cuantitativo que se ve mermado por la burocratización.

3. No tiene sentido hablar de un Programa Socialista que sea único y no coyuntural, ni calentarnos la cabeza en idear una fórmula única de construcción del socialismo ni una interpretación correcta de la palabra de Marx. Lo que corresponde, es definir horizontes politicos y programas que coyunturalmente nos puedan ayudar a llegar a este horizonte. En este sentido, creo que Zizek [4] acierta notoriamente con su noción de «No digas “gran revolución”. Escoge algunos puntos específicos, aunque puedan parecer muy modestos al principio. No sueñes en la gran revolución o como quieras llamarlo, sino escoge puntos conflictivos, dramáticos, de cada sistema».

4. Podemos imaginar una izquierda que está constantemente replanteándose sus horizontes. Una izquierda que se renueve en tanto puede interpretar la heterogeneidad de las luchas populares, en específico, que pueda poner en centro aquellas que atañen a la totalidad de lo social, como el feminismo.

5. Y como siempre, entender que la historia de la transición socialista es una historia de avances y retrocesos. La Unión Soviética fue desde este punto de vista necesaria porque representó el aprendizaje más grande en la historia socialista. Y nos costó la vida de miles de compañeros.

Sobre el proceso de Convergencia Socialista

Sobre esta última noción y sus consecuencias políticas sobre el escenario chileno es que quiero centrar la discusión. Hace un tiempo, discutíamos con unos amigos sobre el sentido conceptual del nombre del Partido Revolución Democrática. Aquí surgían dos caminos: si el nombre significa que la revolución sólo fuese democrática -en el sentido liberal de la palabra-, entonces el contenido de la revolución no está definido (los mismos nazis, dicen algunos, efectuaron una revolución por esta vía. Cuestión que, por el ejercicio de la violencia, es claramente discutible. Recordemos sin embargo, que el mismo Chávez decía que la revolución Bolivariana era un proceso armado pero pacífico. Entonces, lo que es en apariencia contradictorio, como la violencia en el marco de la democracia liberal, puede finalmente no serlo tanto). Por el contrario, si el sentido del nombre es dar a la política chilena una revolución que democratice, entonces el contenido es claro: avanzar en la democratización de la sociedad, cabe en esto considerar las palabras de Laclau, cuando nos recuerda que la democracia no es un valuarte del liberalismo. La democracia en sus inicios es una demanda de sectores alejados del ejercicio del poder. En la propia historia del feminismo tenemos que la democratización de al menos la mitad de la población pasó por un proceso político de antagonismo al régimen liberal clásico. Y en ese sentido, no hace falta recordar que, para nosotros, el socialismo es la democratización de la sociedad en su nivel económico.

Si la última noción de democrática es correcta (y creo que lo es, recordemos que RD se define como un partido anticapitalista [5], en el sentido amplio que esto pueda significar) entonces construir la convergencia socialista de las fuerzas de izquierda del Frente Amplio (la unión orgánica de organizaciones como el Movimiento Autonomista, Izquierda Libertaria, Socialismo y libertad, etc) no puede ser un proceso que pase por constituirse como un bloque contrahegemónico a RD, porque sería hacer contrahegemonía a la idea de democratización de la sociedad. Por el contrario, si lo primero es correcto, entonces no tiene sentido alejar a sectores de RD que sí pueden considerarse como socialistas de este proceso, y como conclusión, la construcción de una orgánica nueva debe ser extrapartidaria, y no puede ser simplemente la fundación de un nuevo partido. Si el problema es cómo RD hace política (la crítica tan estéril sobre el reformismo y la burocratización), entonces ni si quiera nos da para una orgánica distinta a RD, puesto a que la forma de hacer política es una discusión constante y coyuntural.

Bajo esta idea, el proceso de Convergencia Socialista es un proceso en que las organizaciones socialistas-libertarias deciden unirse en torno a una forma específica de entender la izquierda que es común, que puede dar a luces una orgánica nueva que la unifique pero que no tiene ni pretende tener la capacidad de construir por sí sola la nueva izquierda para el siglo que nos convoca. Por tanto, mi posición es que la Convergencia Socialista (que tiene más sentido llamar Convergencia Autonomista-Libertaria) debe tener un sentido de consolidación de las ideas libertarias y autonomistas como una forma de nutrir el debate de la izquierda en torno a medios y objetivos, y no uno de construir el Partido de Izquierda.

Quiero sintetizar señalando que lo que aquí hago es contraponerme a las ideas de que: i. Depende de nosotros construir una fuerza hegemónica de izquierda y, ii. Que RD sea una fuerza que no entra en ese debate. Lo aquí propuesto intenta hacer más fructífero el debate sobre el tipo de sociedad que queremos construir y cómo (con qué izquierda) la vamos a construir, que es, finalmente, la discusión más importante que podemos dar en nuestras vidas, porque podemos imaginar un Sísifo más feliz si la piedra que carga es cada vez más pequeña, y en el mundo hay muchos Sísifos esperando y luchando para que ese momento llegue.

Notas:

1. Eugenio González Rojas, fundador del PS, en la Fundamentación teórica del programa del Partido Socialista de 1947.

2. Eric Hobsbawm, historiador marxista, en https://elpais.com/diario/2003/04/12/cultura/1050098401_850215.html

3. Marta Harnecker, psicóloga y (sobre todo) educadora, en Un mundo a construir (disponible en rebelion.org).

4. Slavoj Zizek, en relación al Obamacare.

5. (Probablemente la afirmación más polémica dentro del artículo) Conclusiones del Segundo Congreso Ideológico de Revolución Democrática.


Estudiante de primer año de Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile y militante del Movimiento Autonomista.