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Opinión

Ménage à trois: Chile, Bolivia y el mar (Perú)

Por: Andrés Ajens / Publicado: 24.03.2018
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Para los niños y niñas de Chile, la Guerra del Pacífico, en tanto figura, es la figura de una víctima-chilena, cuando toda la evidencia histórica muestra que Chile operó en ella más cerca de la figura del victimario que de la víctima. ¡Para un niño chileno, según la automatización escolar tradicional, Chile fue víctima de los pérfidos coludidos de la historia, Perú y Bolivia!

A la memoria de mi padre, compilador de “Cuentos de guerra chilenos” (1958)

“Chile es para Bolivia como un ex novio que te ha robado todos tus discos… Y ni siquiera quiere reconocerlo… ¡Qué cosa…! Hermano, te los has llevado en cajas… Mal, che… ¡Háblenle a ese chango!”
-Geraldine O’Brien, Centro Cultura del España, La Paz, 2016

Hace algunos años me encontraba de paso por Calama y un amigo, un joven historiador chileno, me invita a almorzar a casa o, más precisamente, a la casa paterna. Su padre, un tipo de apariencia afable, jornalero de Codelco (la empresa estatal chilena del cobre), nos recibe en la puerta con una sonrisa hospitalaria. Compartimos una cazuela bien sazonada y un vino tinto, y la conversación discurre por caminos consabidos: la sufrida vida del minero, la situación de una Calama venida a menos, etc., hasta llegar a la demanda marítima del vecino país. Al hablar del asunto el padre del joven historiador se incomoda de manera notoria, reiterando una perorata habitual en ciertos ambientes chilenos: que la sangre de los soldados patriotas que conquistaron Antofagasta, Iquique y Arica ha sellado el asunto hace mucho tiempo y que, de facto, no hay nada de qué hablar. En algún momento, junto con plantear lo obvio (que tarde o temprano Chile habrá de darle una respuesta afirmativa a la demanda de Bolivia –cuestión de justicia, antes que de simples buenos modales), insinúo a la pasada que si para resolver el entuerto se tiene que pasar Arica a soberanía boliviana, no cabe descartarlo sin más. El cuerpo del viejo minero parece entonces convulsionarse. Se levanta de golpe de la mesa y sale por una puerta lateral. Mi amigo me indica que hay que salir lo más rápido posible de la casa, pues su padre ha ido a buscar un arma. Así lo hacemos y, dicho en buen chileno, apretamos raja.

*

Tarde, muy tarde en el Café Ciudad, en el Prado de La Paz –justo un año antes de la calamitosa escena calameña–, el ambiente es distendido y bullicioso. Comparto cervezas con Humberto Quino, Jorge Campero, Rubén Vargas, Juan Carlos Ramiro Quiroga y otros escritores paceños. Brindamos alternativamente por Zamudio, Saenz, Martínez y Vallejo. De pronto, desde la oscuridad de la calle, alguien abre la puerta y echa una mirada al interior, hasta toparse con los ojos de Humberto Quino, quien le hace señas con la mano. El tipo, algo desastrado y no poco bebido, se acerca a la mesa. “Te presento al amigo Andrés Ajens, escritor chileno, que nadie entiende lo que escribe”, le dice Humberto, socarrón. “¿Chileno?”, pregunta el amigo de Quino, desplazando en cámara lenta su mirada perdida hacia mí. Apenas alcanzo a decir que sí cuando el tipo me lanza un combo sabroso, una especie de uppercut directo al mentón, que sólo porque él está lento y bebido logro esquivar. Humberto Quino y Jorge Campero, en una de sus últimas acciones conjuntas, toman al tipo, al amigo, y lo sacan raudo del local.

*

¿Automatías nacionales? ¿Tinglado de títeres movidos por hilos estado-nacionales? ¿A interrumpir? ¿A desmontar? En un pasaje de El Meridiano (1960), Paul Celan llama al poema justamente “la palabra que rompe el hilo”. Y es que a menudo la diferencia entre humano y autómata se vuelve siniestramente insignificante. Sin ir más lejos, en “Lo siniestro” (1919), Sigmund Freud, citando al siquiatra Ernst Jentsch, no deja de remarcar que uno de los procedimientos más seguros para evocar lo siniestro en literatura consiste en dejar que el lector dude si determinada figura que se le presenta es una persona o un autómata. Y luego se demora en lo siniestro (das Unheimliche) como aquello familiar olvidado, escondido o reprimido, que por ello se ha vuelto infamiliar.

*

Cuando era niño vivía en Concepción, junto al puerto de Talcahuano. Todos los años, para el 21 de mayo –como se sabe: día de la conmemoración de la “batalla naval de Iquique”, donde el héroe chileno por antonomasia de la Guerra del Pacífico, Arturo Prat, perdiera la vida– los estudiantes éramos llevados a visitar El Huáscar, buque peruano capturado en dicha guerra y, que hasta hoy, constituye el botín par excellence de la armada chilena. Poco antes de ser acribillado por balas de El Huáscar, Prat arenga a la tripulación de la Esmeralda, más o menos en los siguientes términos: “Muchachos: la contienda es desigual. Hasta ahora ningún buque chileno ha arriado jamás su bandera; espero que no sea esta la ocasión de hacerlo”. Al poco rato, empero, la Esmeralda arría su bandera. ¿Cómo este malogrado capitán, que en términos bélicos metió ostensiblemente las patas, llegó a ser el héroe que aún es, ejemplo para grandes y chicos en Chile? Probablemente su condición de víctima facilitó tal devenir heroico. Lo loco, sin embargo, es que para los niños y niñas de Chile la Guerra del Pacífico, en tanto figura, es la figura de una víctima-chilena, cuando toda la evidencia histórica muestra que Chile operó en ella más cerca de la figura del victimario que de la víctima. ¡Para un niño chileno, según la automatización escolar tradicional, Chile fue víctima de los pérfidos coludidos de la historia, Perú y Bolivia! (cuando mucho años después llegué a escuchar el grito del héroe boliviano de la guerra, Eduardo Abaroa -“¿Rendirme yo? ¡Que se rinda tu abuela, carajo!”- no dejé, y aún no dejo, de darle la razón. Y de sonreír).

*

¿Sonríen los autómatas? No es seguro que no. ¿Y la escritura que corta los hilos no se expone acaso a encallar en los arrecifes de lo absurdo? (Tal vez. Pero. A la vez. Hubiera que pensar la imbricación entre autómata –estado-nacional, por caso– y humano de manera algo más abigarrada o ch’ixi). En “Me desvinculo del mar” (Trilce, XLV), César Vallejo concluye:

Y si así diéramos las narices
en el absurdo,
nos cubriremos con el oro de no tener nada,
y empollaremos el ala aún no nacida
de la noche, hermana
de esta ala huérfana del día,
que a fuerza de ser una ya no es ala.

*

¿Ménage à trois? Mais si, mais nage à trois !

Andrés Ajens
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