Hace unos días visité a Eliana Largo, antropóloga feminista. Hablando de publicaciones, ella me mostró una del Sernam titulada “Plan de igualdad de oportunidades para las mujeres 1994-1999” en cuya portada se veía la ilustración de una mujer y un hombre enfrentados, ambos con los brazos estirados, sosteniendo el mundo. Mientras el hombre lo afirmaba, la mujer representada estaba en puntillas para poder llegar a él. Apenas Eliana me la entregó, hizo un comentario que me pareció un agudo análisis de todo lo que implicaba la imagen.

Lo primero que me dijo fue que mostraba el mundo al alcance del hombre y que la mujer, para estar a la altura, debía empinarse, acción que la haría tener várices o calambres a corto plazo. Esta apreciación ella se la manifestó en su momento a la producción del Plan de igualdad, ya que en esos años trabajaba en capacitaciones de género a funcionarios públicos. De acuerdo a su relato, el comentario no fue bien recibido por los organizadores, no obstante tuvo consecuencias: en el seminario de presentación del Plan se rediseñó la imagen, esta vez la ilustración no tenía piernas y había sido cortada a la altura del pecho. Al análisis de Eliana sumaría que la ilustración era muy enfática en la diferencia, un reforzamiento del binarismo expresado en que estos cuerpos nunca se encontraban y en que la imagen jugaba al positivo/negativo (cuando el hombre era burdeo, la mujer estaba en blanco, y viceversa). A partir de esto concluí en primera instancia dos cosas: que el agudo ojo feminista no perdona y que el comentario de Eliana reafirma la importancia de las imágenes en la (re)construcción de realidades. Tal como el libro Bitácora visual de un trayecto corporal de Tanya Maluenda lo hace.

En esta misma línea de análisis, me interesa revisar un texto de la filósofa y también feminista Alejandra Castillo. Ella publicó en el blog Antígona Feminista un escrito a partir de la columna de Carlos Peña, rector de la UDP, titulada “La epidemia del acoso sexual”. El escrito de Alejandra, que se titula “La buena epidemia del acoso sexual según Carlos Peña”, parte declarando que no se detendrá en el lapsus de Peña que relaciona a las mujeres con la enfermedad, un vínculo histórico. La revisión que Castillo hace del texto de Peña es extensa, acuciosa, detallada, por lo que sugiero su lectura; no obstante, me parece apropiado citar lo siguiente, no sin antes hacer mención al tono feliz que la columna tiene y en el que Castillo también repara: “¿Por qué ahora? [se pregunta Alejandra en relación con momento que el rector detecta y describe festivamente, y luego responde] Esto es lo que no explica la columna de Carlos Peña y, tal vez, esa ausencia sea su propio síntoma. Lo que ocurre a las mujeres parece tener que ver con el cuerpo. Como él mismo lo indica, un contagio, algo que ocurre a nivel de la reacción corporal. De modo muy evidente, introduce la tan clásica distinción entre el orden de lo racional de los hombres y el orden de lo natural (emotivo) de las mujeres. De ahí que no haya ninguna referencia a la teoría feminista, ni a sus autoras como sí hubiese ocurrido con cualquier otro tema.

El feminismo para Carlos Peña es una reacción corporal de las mujeres cuyo índice generatriz estaría, sin embargo, en el mundo de los hombres tanto en su mal (el acoso sexual), tanto en su bien (el liberalismo). Al igual que en la publicación del Sernam que referí anteriormente, volvemos al binarismo que determina de modo esencialista la diferencia entre hombres y mujeres, y que estructura el mundo de modo esquemático como bueno/malo, racional/sentimental, duro/blando, etcétera. La argumentación de Peña también construye otras imágenes que sitúan lo femenino en un lugar con determinadas características. Para reforzar esto, y la idea del tono festivo de Peña que, personalmente, me genera desconfianza, cito el cierre de su columna: “Marx predijo que un fantasma recorrería el mundo. Él pensó que era el comunismo. No, no era él. Era el fantasma del feminismo que reclama una libertad igual entre hombres y mujeres. Y ese fantasma llegó a Chile.”  Peña no es conocido por ser un marxista precisamente, de ahí que su analogía implique una comparación a priori negativa.

El libro Bitácora visual de un trayecto corporal de Tanya Maluenda (Ediciones Departamento de Artes Visuales, U. De Chile) trabaja con la representación de las mujeres a partir de una mirada que es externa y que las sitúa nuevamente en el binarismo, tal como en los casos expuestos anteriormente. A lo largo de su obra, ella desentraña la estandarización de los cuerpos femeninos a través del disciplinamiento con distintos objetos y en este libro compila una serie de imágenes que nos permiten reconocer un universo al que todos hemos estado expuestos: recortes de prensa, imágenes publicitarias, ilustraciones, imágenes de obras, fotografías de su propia obra, palabras, a veces textos, fragmentos. Cada imagen como un enigma. En el libro no hay referencias, y eso despierta una inquietud en el espectador. Algunas las reconocemos; otras sabemos que deberíamos identificarlas, pero no las recordamos. El libro es extenso, a veces inconexo, aunque a veces también demasiado coherente. Tiene ese potencial del collage al generar nuevos significados desde el anudar lo que no se corresponde necesariamente, pero que en el contacto despierta un sentido.

A propósito de la contingencia y de las diversas tomas feministas en las universidades, Publimetro tituló su portada del pasado martes 8 de mayo: “Ola feminista: mujeres se toman 7 universidades”. Arriba de este, una fotografía de los ríos de lava que arrasan Hawai. Ambas imágenes se activan en la tensión de estar continuas, tal como en el collage: la lava arrasa Hawai mientras que la ola feminista arrasa con el sistema patriarcal que nos constituye. Desde una óptica anclada en la estructura social dominante esto podría ser leído como una advertencia. Para mí es una potente alegoría del momento en el que nos encontramos. Así opera el libro, desafiándonos en tanto que espectadores a que aventuremos nuestras propias lecturas, a que activemos imágenes y texto de acuerdo con nuestros sentidos y deseos. Es importante señalar que no se establece un recorrido unitario. Por la aproximación que he tenido con él en tanto que objeto, diría que no es necesario leerlo en una dirección ni revisarlo de una vez. Vale la pena volver a él, ya que cada hoja nos presenta una inquietud. Considero que cada página corresponde al imaginario de Tanya, a sus obsesiones y deseos, a su propio recorrido corporal, que no es sólo el de ella, pues es común a quienes nos signamos como mujeres, porque existe una educación y una sociedad que construye roles a través de los diversos mecanismos que la publicación expone. La selección que el libro ofrece es de Tanya, pero al mismo tiempo pertenece a muchos otros lugares. El arte y la historia del arte, tanto chileno como internacional, ocupan un lugar importante en estas reflexiones, relevando la relación innegable entre estas y la producción de visualidad.

Tanya es profesora del Taller de Orfebrería de la Universidad de Chile y su obra la ha construido desde esa técnica. Las voces suelen decir que las joyas son asunto femenino. En el texto “De la joya a la bisutería”, Roland Barthes habla de este vínculo, situando su origen en la mitología y exponiendo la siguiente imagen de la mujer: “Así, la exposición primitiva de la riqueza (que antes estaba asociada al hombre y la virilidad) se halló penetrada por toda una mitología de la mujer: mitología aún infernal, por lo demás, pues en ella la mujer se pierde por la posesión de las joyas, y el hombre se condena por esa mujer portadora de las mismas joyas por las que se vendió”. De acuerdo a la argumentación de Barthes, la imagen diabólica de la mujer cambió con el paso del tiempo debido a las nuevas representaciones en las novelas y el cine, en las que la mujer se ha sumado, según sus palabras, “al orden humano”, momento donde las joyas se han separado del cuerpo femenino. Pero este paso no ha sido suficiente, puesto que la mujer ha sido sinónimo del mal, por una parte (la mitología), y del pecado, por otra (la religión), durante siglos. No basta con la introducción de las mujeres en el cine y las novelas como seres con razonamiento y principalmente con sentimientos, puesto que en este proceso la fetichización del cuerpo ha sido una nueva estrategia para situar a la mujer en un lugar acotado y manejado desde la óptica dominante masculina. Es ahí donde Tanya inserta su crítica. Su libro nos hace parte de tales intereses estéticos y materiales.

Bitácora visual de un trayecto corporal nos dispone a interrogarnos desde lo visual. Pensar lo que significa e implica ser mujer es una cuestión que hoy está muy en boga, pero que tiene larga data. En su publicación, Tanya recoge ese tránsito temporal y lo vuelve valioso para la reflexión contemporánea.