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De culto: Gonzalo Millán en calzoncillos y Stella Díaz en la bañera

Por: Elisa Montesinos / Publicado: 21.06.2018
LEO_Marzo-054_OPT / Stella Díaz Varín en la SECH, 1979. Foto de Leonora Vicuña.
Cada cual tenía una forma distinta de tocar, Leonora Vicuña estaba atenta y les abría la puerta. A todos. A la hora que fuera. Siempre había un café, un vino, un poema que compartir, una conversación amena, y para algunos, hasta un lugar donde dormir cuando el toque de queda los pillaba. Allí presentó su libro La Ciudad el poeta Gonzalo Millán cuando vino desde Canadá, y muchos lo oyeron por primera vez leer. Rodrigo Lira pasó a saludar en el que sería uno de sus últimos días de vida, Armando Rubio pasaba metido. Aristóteles España recuerda haber conocido en esa casa a la poeta Stella Díaz Varín, una de las que tenía un lugar asegurado para dormir, aunque fuera en la bañera. Jorge Teillier llegaba también a altas horas.

“En casa de herrero cuchillo de palo”, dice Leo Vicuña por el hecho de no tener fotos a manos de San Isidro 75, su residencia por un tiempo, la sede de la Iglesia Positivista de la que su familia se había hecho cargo, y un centro espontáneo de reunión entre escritores, fotógrafos y artistas en los 80´. Estaba ocupada abriendo la puerta, “en el corre pa acá” de una gestora cultural improvisada antes que el término cobrara vuelo, y no alcanzó a andar con la cámara. “No le tomé el peso histórico”, relata al teléfono desde Carahue, donde reside parte del tiempo en la actualidad. Quizás por ahí podría encontrar alguna foto de Stella Díaz con varias copas de más o de Gonzalo Millán en calzoncillos, en los días que vino desde Canadá a presentar su libro y se alojó en su casa. Pero no las mostraría. Forman parte de un álbum más íntimo.

Armando Rubio días antes de su muerte en la casa de San Isidro 75, 1980. Foto de Leonora Vicuña

 

La casa aún existe en la esquina de Marcoleta, antes estaba al lado de la torre de Endesa (hoy Enel). Es de la Iglesia Positivista y hasta ahora forma parte una fundación. La poeta y fotógrafa Leonora Vicuña se puso a vivir y a organizar cosas ahí, con el beneplácito de su padre que era el director. “El lugar estaba bastante abandonado. Estuve del 79 al 83, fue una época fulgurante. Pasaban muchísimas cosas”. Leo había crecido en medio de las tertulias que organizaban sus padres poetas, José Miguel Vicuña Lagarrigue y Eliana Navarro, por lo que no le era extraño el juntarse con mucha gente y darle curso a la conversación. Además, por el hecho de estar muy central y gozar de la protección de una personalidad jurídica, de alguna manera se sentían amparados. “Permitía cierto resguardo ante la situación política de la dictadura. Es una casa vieja que tiene solo una ventana y un portón. Se ve chica, pero es una casa amplia hacia adentro, tiene más de media cuadra y una sala enorme para reunirse. Mi casa habitación estaba atrás. Ahí se hicieron todo tipo de cosas”, relata. Desde imprimir a escondidas y con mimeógrafo la revista El Rebelde del MIR, a fundar la AFI, Asociación de Fotógrafos Independientes, cuyos integrantes se las batían en la calle registrando todo lo que pasaba en esos álgidos años. Se hicieron revistas literarias, como La gota pura con Ramón Díaz Eterovic y Aristóteles España. Lecturas, muestras de diapositivas y hasta salieron libros, como Ganymedes 6 donde figuraban poemas de ella y de Armando Rubio, entre otros. Los poetas se reunían. Ronald Kay, Enrique Lihn y un joven Zurita. Y los poetas del bar Unión. Tenía una relación con Jorge Teillier “y Jorge llegaba a cualquier hora”.

Desde ahí organizó los Encuentros de Arte Joven, importante certamen que durante tres años se realizó en el Instituto Cultural de Las Condes congregando a gran número de creadores. “Era lo que ahora se llamaría una gestora cultural, un nombre ridículo, en tiempos que se decían de apagón cultural. Conocí al Rodrigo (Lira) haciendo los encuentros de Arte Joven”, cuenta.

Poetas en la SECH, Jorge Teillier entre ellos, 1979. Foto de Leonora Vicuña

¿Cuál apagón cultural?

Se dijeron las jóvenes Leo Vicuña y Francisca Droguett y comenzaron a buscar un lugar para poder mostrar todo lo que se estaba haciendo. Lo encontraron en el Instituto Cultural de las Condes. Era el año 1979. “Llegaron como 800 artistas de todo Chile y durante 15 días se hizo música, teatro, fotografía, recitales. Y se hizo nuevamente el 80 y 81. Todo esto a sangre de pato, cero peso. Era todo tan precario, tan pobre, apaleados todos por la dictadura, pero con una solidaridad que hoy día no las ves. Leyeron Enrique Lihn, Manuel Silva, hasta Zurita, Rodrigo Lira y Armando Rubio. Vino del norte también como poeta Rivera Letelier, durmió en mi casa, tenía los zapatos rotos y no tenía un peso”.

Entre tertulias y reuniones al calor de la salamandra, también pasaron temblores. Una de esas noches de movimientos telúricos llegó Stella Díaz y durmió en la tina. Circulaban los fotógrafos, “el Álvaro Hoppe era un péndex, la Paz (Errázuriz), Marinello. Era un lugar muy vital. Y Rodrigo (Lira) vino muchas veces, un par de veces se quedó porque se fue la micro y le agarró el toque de queda. Y Armando Rubio pasaba en mi casa, llegaba a cualquier hora. Era muy central y la gente pululaba. Y de repente decían: vamos a ver a la Leo”. Lo recuerda como un ambiente de mucha camaradería, y a pesar de la dictadura, de plena libertad. Ella solo mantenía la casa, pero no participaba en la fundación, pese a haber sido bautizada positivista. “Pero lo que hicimos fue sumamente positivo”, bromea.

 

Rivera Letelier antes de la fama, 1981. Foto de Leonora Vicuña

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