En ese momento, a esa hora de ese 19 de noviembre de 2017, Richard Joseph (40) no pensaba en nada. Según él, nunca tuvo miedo, ya que no tenía idea de las consecuencias de sus actos. No tenía idea de que podía morir. Pero sí sudaba. Su cuerpo tiritaba. Tenía la boca seca. La mandíbula, apretada. En un segundo, su cuerpo activó todo un sistema de supervivencia. Se pronosticaban 30° grados de máxima para Santiago. La sensación térmica y la locura del momento nublaban a veces la mirada, que estaba puesta en una fila de ventanas que parecía infinita. Richard calculó. Extendió los brazos, apretó las piernas. Se olvidó de que estaba frente a una mole de más de 60 metros de altura, de que quizás el esfuerzo que hará es insignificante. Se concentró y esperó el desenlace.

Minutos después, en plena jornada de elecciones presidenciales, sale al aire un despacho en vivo de TVN. Consuelo Saavedra, sorprendida, da el pase: “El hecho ocurrió en la comuna de Independencia. Una mujer que cae del noveno piso, no sé si es un intento de suicidio, y un hombre que ¿la salva recibiendola en brazos? ¿Es eso lo que sucedió?”.

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Richard ahora está sentado en una banca de la ex Plaza Bulnes, con vista privilegiada al Palacio de la Moneda. Alto y fornido, se protege del frío con una chaqueta de cuero y zapatillas rojas modelo Jordan de caña alta. Está algo enojado por los quince minutos que demoró en partir la entrevista. También está cansado de darlas. Dice que lo aburrió el asedio mediático. Su personalidad es abierta y extrovertida, notable en varias cosas, como en su tono de voz, que es algo agudo y se empina aún más cada vez que asevera algo. Su sonrisa es ancha y sus paletas tienen una pequeña separación entre ellas. En un momento, la mirada se le pierde en las piernas de una oficinista. Luego de excusarse, expresa:

“Desde ese día todo cambió mucho. ¿Qué quieres saber?”

Joseph nació el 17 de julio de 1977 en la ciudad de Lazil, ubicada a 200 kilómetros al sur de Puerto Príncipe, donde se mudaría pocos años después con sus padres y hermanas. Allí, luego de terminar la escuela, estudió contabilidad, carrera que jamás ejerció. Vivió en Punta Cana diez años trabajando en el rubro del turismo. Se hizo de experiencia hasta que la situación se tornó insostenible: afirma que en República Dominicana existe un racismo “institucionalizado” hacia los y las haitianas. Fue en ese entonces cuando supo que había que migrar.

El año 2014 fue el decisivo. Le mencionaron la idea de venir a Chile por mejores oportunidades. Tenía la experiencia de un amigo que vivía en Valparaíso hace seis años, y según Joseph, cada vez que salía a la calle era una catástrofe: “Su presencia formaba tacos de personas, todo el mundo lo miraba. Según él, era el único negro de Valparaíso”.

Así, decidió armar maletas y comprar un pasaje de ida a Santiago. Allí consiguió un empleo de agente de una aerolínea internacional en el Aeropuerto, tomando extensos turnos de noche, donde actualmente trabaja.

En medio del frío capitalino recuerda una instancia decisiva que tuvo a los 17 años, que lo marcó para siempre. Caminando hacia su escuela presenció la muerte de una hija y su madre, arrolladas por un auto que quedó sin frenos cuadras más atrás. El vehículo se metió a la vereda y Richard se salvó por centímetros. Esa tarde se enteró que ambas murieron.

“Luego de prestarles auxilio pensábamos que se iban a poner bien, pero esa tarde la niña falleció. Fue una tristeza muy grande. El auto pasó al lado mío, venía por detrás. Me salvé porque no me giré. Si giraba, me llevaba, y me podría haber matado a mí. Eso me marcó mucho”.

Cuatro dedos

El 810 de Avenida Independencia es un condominio de dos torres de 25 pisos. Los residentes no dejan de entrar y salir por la entrada principal, incluso repetidas veces en la misma hora. Buena parte del hall de entrada es utilizado por la fila para el ascensor: dos de tres elevadores no funcionan, en un edificio que tiene por cada piso más de diez departamentos. La comunidad sostiene que casi nadie se conoce entre sí, ya que muchos de los habitantes son flotantes, subarrendatarios, con gran parte que es extranjera.

El 19 de noviembre de 2017, jornada de elecciones presidenciales, Richard Joseph aprovechó para ir a una reunión de su organización, Buena Onda, donde hacen juntas y actos relacionados con Haití y temas de migración. La micro paraba en la esquina de la casa de Frantz y Lovelee, matrimonio y coterráneos del país caribeño, que iban a ser los anfitriones de la junta. Antes de cruzar, Richard vió gente consternada que corría. Las siguió hasta el portón del estacionamiento del 801 que se encontraba abierto, y que está directamente bajo la cara sur del edificio:

“Cuando subí la mirada, vi a una señora con un noventa y nueve por ciento de su cuerpo afuera, con un pie en el borde de la ventana y afirmándose con cuatro dedos. Gritaba ‘’no puedo más’’. Eran frases de desesperación. Veía su rostro y eso expresaba. Me daba cuenta que su vida dependía de cuatro dedos y de siete centímetros de concreto”.

La mujer que peligraba era Roxana (nombre alterado para proteger a la familia), 55 años, casada, quien estaba de visita en el departamento que arrendaba su hijo en el noveno piso de la torre A. Él no estaba en ese momento, se encontraba sola.

Richard preguntó a los vecinos presentes en la escena si ya habían intentado subir. Se imaginó, como en las películas de detectives que veía cuando niño, rompiendo la puerta y sin que ella se diera cuenta, rescatarla, o al menos hacer que recapacitara. No hubo caso: de adentro no hubo respuesta, y nadie quiso forzar la entrada por miedo a un desenlace peor.

Sacó su celular. Pensó en grabar, pero luego obedeció a un pensamiento que iba a cambiar todo: la vida de esa mujer dependía de los cuatro dedos con los que afirmaba. Cualquier paso en falso ponía su vida en riesgo, independiente de lo que se intentara desde abajo. Puso su celular en el bolsillo y se adelantó, poco a poco, con un puñado de testigos, el cerro de fondo y la sombra del sol matutino, hasta quedar directamente abajo de la línea de caída.

En el video que hizo un vecino de un edificio contiguo, uno de los dos registros que se tienen del momento, se ve cómo Roxana está afirmándose de la baranda de la ventana, sentada en ella con sus pies hacia el vacío, para luego perder el control y terminar colgando de la misma. Es evidente el esfuerzo que hace por reponerse y escalar, pero pierde fuerzas y termina por soltarse.

La caída libre, desde 25 metros, duró largos 2,25 segundos.

“Me concentré para amortiguar lo más posible el cuerpo, pero no tenía idea de la bomba que iba a recibir. Sentí un crujido en mis rodillas y mi cadera. Me doblé completamente y caí al piso con ella”.

Cuando Richard se incorporó y miró a su alrededor, temió lo peor. Roxana no respiraba y había sangre y espuma saliendo de su boca, producto del impacto contra el piso. Pasaron dos minutos para que diera una señal de vida: el golpe de su respiración al volver. Instantes después llegó Carabineros, la ambulancia y los destinaron al Hospital San José. Joseph nunca supo el nombre de ella, ni menos obtuvo forma de contacto.

“Si hubiera pensado que me iba a pasar algo malo, que me podía morir, quizás no lo hubiera hecho. Lo pensé después, cuando la gente me hizo ver lo que hice, el riesgo que tomé”, reconoce.

Jugo de fideos

Luego del suceso, Joseph hizo un tour mediático por todos los matinales y programas posibles en la televisión chilena. Apareció de mil formas: tumbado en un sillón, en silla de ruedas, recibiendo felicitaciones en la calle. Hasta se dio el lujo de preparar en pantalla un “jugo de espaguetis”, desayuno consistente en licuar leche, frutas y fideos. Siempre con una actitud tranquila, relajada y hasta soberbia:

“En ese momento estaban hablando de mí en todo lugar. Me llamaban a las una de la mañana periodistas de otros países tratando de hablar en inglés, francés y español conmigo”.

Además de las decenas de periódicos internacionales que cubrieron el hecho calificándolo como “héroe”, el periódico Le Nouvelliste, uno de los más importantes de Haití, lo puso entre los doce personajes del año (de cuales solo tres eran mujeres y el número 12 es una empresa de electricidad) y revela que recibió una carta del Ministro de Interior haitiano. Está convencido de que si vuelve a su país, vuelve famoso. A pesar de eso, no ha ido desde que arribó a Chile. Allí solo le quedan familiares lejanos desde que fallecieron sus padres.

Frantz Valbrun es amigo de Richard desde República Dominicana, además de ser presidente de la Organización Buena Onda. Sobre el momento de fama de Richard, declara que se lo merecía, ya que es “una gran persona, de buen corazón. Siempre tiene actos nobles. Lo único malo es que se puso malito, a veces nos decía ‘soy famoso, tienes que ser mi guardaespaldas’. Pero no me molesta”.

En esa efervescencia, al terminar de grabar con un matinal recibe un llamado. Es el encargado de prensa de La Moneda: la presidenta lo quería ver al día siguiente. El encuentro fue al mediodía y duró poco más de media hora:

“Fue un lindo gesto de su parte. Hablamos de Haití, de cultura y de migración. Me pareció una buena persona. Nunca he buscado lo económico, pero es curioso que en otros países podrían haberme dado un par de autos, un terreno, incluso un cheque. Pero acá no es así. Eso no pasa en países que están estables políticamente”, indica.

Sin embargo, Joseph es categórico al mirar atrás ese momento:

“Ir a La Moneda fue lo de menos. No me sorprendía. Ahora, cuando tuve más tiempo de pensar, digo: ‘tú no sabías en qué estabas, en ese momento’. Me acostumbré. Los periodistas me buscaban, hacían lo que yo quería. El día de las elecciones necesitaba comprar un medicamento para el pie y me llevaron en el móvil dando vueltas por la ciudad buscando una farmacia abierta. Sí, era grande ese momento, pero no me sorprendía como debería ser”.

Farkas

La noche otoñal cae en pleno barrio cívico. La gente que se sienta alrededor escucha atentamente la entrevista sin que Richard se dé cuenta. En eso, se acerca un borracho pidiendo fuego:

“Oye, ¿de qué país soi tú?”

-De Haití.

“¿De Haití? Estái bonito, hueón. Te parecís a Bob Marley. Encachao. Los otros hueones de Haití parecen africanos, conchetumadre. Parecen carbón”.

Richard se ríe: hasta disfruta la conversación. Al borracho le avisan quién es la persona que tiene al frente y lo reconoce de inmediato:

“Ah, ¿salvaste a la que se cayó? Yo digo que se mate. ¿Creís que soy hueón pa salvar hueones? Oye, ¿cuánta plata recibiste de Farkas, culiao?”

El borracho se va. Richard se retuerce de risa y confiesa:

“Me gusta escuchar los chilenismos, cuando la gente habla así. Suena rico. Me da igual que sean racistas; mejor aún, para así decirle más palabras todavía. Me gusta el ‘conchesumadre’, el ‘negro culiao’, jajajá”.

¿Aunque sea racismo?

“No quiero hablar mucho del asunto, pero creo que la gente adopta la palabra “racismo” como algo negativo. Pero piénsalo bien, el racismo es la preferencia de una raza a otra. ¿Cuál es el problema de ello? ¿Si prefiero al chino que al americano? El problema es cómo voy a actuar, si voy a actuar de forma inhumana. Hay otra palabra para ese aspecto. Yo prefiero decir discriminación”.

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El día del suceso, Richard fue llevado en ambulancia al hospital y se le cobró, en sus palabras, $36 mil por la prestación de urgencias. Estuvo un par de horas, le diagnosticaron un esguince de rodilla y le dieron reposo por diez días. Al día siguiente, un amigo le comentó que estaban hablando de él en Twitter: Leonardo Farkas, el multifacético millonario se ofreció a donarle $2 millones de pesos para cubrir gastos:

“Yo veo muchas noticias y sabía mucho de Farkas, que era un músico chileno que se casó con la hija de un millonario, y cuando él murió se quedó con ese dinero. Que su forma de ser era regalar plata”.

Luego de una entrevista en Chilevisión, un representante del blondo se contactó con Joseph. Le pidieron el RUT, y cuando fue al banco, días después, se encontró con el dinero depositado. Nunca habló personalmente con el empresario.

Se le ocurrió gastar el dinero en algo útil. La Organización Buena Onda necesitaba un auto para movilizarse a las distintas actividades. Pensó en comprar uno a crédito, pero encontró un Suzuki Swift en venta por Yapo.cl. El precio era menos de la mitad de su valor en mercado. Se juntó con el vendedor cerca de Plaza Egaña para llevar el vehículo con un mecánico. La revisión salió impecable. ¿El problema?: Los papeles del vendedor no calzaban con los del vehículo. La PDI incautó el Suzuki a los pocos días, por robo desde un Rent a Car en Viña del Mar.

Su amigo Frantz testifica que lo que pasó les dolió: “Nunca pensamos que la gente en Chile fuera así. Teníamos un plan, de movilizarnos con haitianos que nos ayudan. Pero para mala suerte todo salió mal”.

Richard, siempre tranquilo y con buen humor, admite: “La cagué. Nunca me sentí arrepentido, ni fue la gran cosa. Es solo que la plata pasó mal. Las burlas me dolían más que la plata. Había un video que circuló por Facebook en que pusieron cuatro monos con mi cara bailando el “hueón, hueón”. Pero por la plata no sentía dolor o arrepentimiento. Soy así. Cuando pasa algo que no se puede cambiar, trato de olvidarlo altiro”.

Joseph no interpuso denuncia alguna.

La gravedad de las cosas

Cuando un cuerpo cae en caída libre experimenta aceleración por la fuerza de gravedad, la cual va aumentando exponencialmente. Una caída de nueve pisos, ó 25 metros, significa que al llegar al suelo lleva una velocidad de 80 kilómetros por hora. Impactar contra concreto, en esas circunstancias, es muerte instantánea.

Ivania Maturana (30) es licenciada en Física, magíster en el área y actualmente saca el doctorado en la PUC. Explica que hay tres grandes razones por la que ambas partes sobrevivieron el impacto: la resistencia del aire, que pasa a ser despreciable en este caso; la forma en que cayó, ya que si es de cabeza fallece; y por último, la acción de Joseph, que hizo un efecto de cama elástica, llevándose gran parte del impacto, lo que explica el sentimiento de que cayera una bomba sobre él.

“Sin él, ella probablemente habría muerto. Es todo una cuestión de probabilidades. Quizás la probabilidad de que ella muriera era muy grande, pero ‘tuvo la suerte’ de caer dentro de la probabilidad pequeña de sobrevivir, y fue porque todas las condiciones se alinearon para ello”.

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Las primeras lluvias que anuncian el invierno caen sobre la loza del Aeropuerto Internacional. Son casi las 20 hrs. y en el counter de Copa Airlines se agolpa una fila de pasajeros y pasajeros que llenarán un 747 con rumbo a Punta Cana. En la estación número 12 se encuentra Richard con un traje impecable, camisa y corbata, recibiendo documentación y equipajes. Su trabajo solo acabará cuando cada viajero esté sin novedad cortando los cielos americanos.

En pleno turno Joseph es relajado. Dice que la gente lo reconoce, le pide selfies, le da las gracias. También se da el tiempo de bromear con sus compañeros. Uno de ellos constata que Richard “es súper humilde, siempre la misma persona. A veces lo molestamos sobre lo que le pasó. Le decimos “¿qué pasaba por tu cabeza en ese momento?”.

“La vida me cambió mucho. Ahora hasta me llaman para pedirme pega, pero uno no es ángel, ni dios, ni espíritu. Uno tiene su preocupación personal también. No puede estar pendiente del mundo entero”, arremete Joseph.

Sobre el día que empezó todo, entiende que es algo que quedó en el pasado, pero se siente adolorido:

“Me afectó mucho, porque si una persona que iba a matarse se salva, debiera haber muestras de felicidad de parte de su familia. No digo que me agradecieran con plata o cosas materiales, pero al menos un gesto de buscarme para decir ‘gracias’. No es que lo merezca, es para ver que alguien está pensando en ella, o que haya sufrido por ella si se hubiera muerto, pero como nadie lo ha hecho me doy cuenta que ella está viviendo en un infierno”.

Una hermana de Roxana fue contactada para realizar este reportaje. Se niega a hablar y emitir información a la prensa. Asegura que como familia se han sentido muy afectados y afectadas por el revuelo mediático que ocasionó el suceso. Tampoco quisieron referirse a Richard, ya que no quieren seguir haciendo noticia de lo ocurrido. Están seguros que todo fue un caso más de amarillismo en la prensa.

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—¿Te consideras un héroe, Richard?
—No seas huevón, pos hombre. Yo soy un huevón más. Un huevón más en Chile”.

—¿Y si todo el mundo te dice que lo eres?
—Yo no lo veo así, porque no me siento orgulloso. Porque ella no disfruta lo que he hecho. ¿Por qué me sentiría orgulloso si ella no disfruta el acto que hice?’

—Richard, ¿qué piensas de que quizás tu camino se cruzó con el de ella, que quizás no tenía que ser así?
—Yo también pienso que es el destino, que quizás no era el último día de ella. Iba a una reunión, lejos de mi casa. Ese día quizás no tenía que estar ahí, pero es el destino. No es solo coincidencia. Yo creo en el destino.

—¿Y te arrepientes de haberlo hecho?
—Estás loco. Me gusta, es hasta rico que me hagan entrevistas. Disfruto que la gente me vea y diga “quién es este negro que tiene tanta gente siguiéndolo”.

Han pasado seis meses desde la hazaña del haitiano, desde los gritos, desde el golpe que lo dejó en el piso, el mismo que lo elevó a condición de “héroe”. De cuando abandonó la comodidad del espectador para convertirse en protagonista. En su trabajo, en plena entrevista, Richard se entera de los 80 kilómetros por hora que recibió sobre su cuerpo. Se le viene inevitablemente a la mente lo que vivió cuando tenía 17 años y se salvó por centímetros de morir atropellado. Queda pasmado.

—¿Te consideras una persona con suerte, Richard?
—Creo que sí. Teniendo la vida, uno debe ser dichoso.