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Opinión

La destrucción de la infancia: Una nota sobre la banalidad del mal

Por: Sergio Villalobos Ruminott / Publicado: 25.06.2018
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La detención de los menores en la frontera norteamericana tiene varios objetivos: 1) separar a los niños y niñas de sus familias como medida disuasiva para frenar la migración, 2) también funciona como un secuestro de la opinión púbica que mediante un indignado activismo mediático (Facebook), es impotente frente a las brutales medidas de ajuste (salud, educación, gasto público, presupuesto militar, etc.) implementadas por la actual administración.

De acuerdo con estimaciones mesuradas, más de dos mil setecientos niños de diversas edades han sido separados de sus padres en los últimos meses, en la frontera sur norteamericana, gracias al endurecimiento de las políticas anti inmigración de la administración Trump. Estas cifras se suman a la ya abultada cantidad de menores detenidos “temporalmente” en improvisados campos de detención, que durante los últimos años de la administración Obama, hicieron evidente la crisis migratoria por la que atravesaba la región mesoamericana. Al bullado caso de los más de 27.000 menores centroamericanos “detenidos” durante las deportaciones que se agudizaron durante los últimos años, la actual detención de menores corona un proceso nefasto en el que hay violación flagrante de los derechos humanos, en un contexto de excepcionalidad radical, auto-sostenida en la razón de estado y avalada con un discurso securitario que consiste en identificar a los migrantes con animales o, en el mejor de los casos, con potenciales criminales.

Se trata de una crisis innegable que afecta profundamente la imagen norteamericana, mostrando su llamada democracia como un mecanismo impersonal sostenido en la negación y en la obliteración permanente de los derechos civiles y de los acuerdos internacionales. Gracias a esto, abundan en estos días las comparaciones entre el campo de concentración Nazi y la implementación actual de centros de detención en bodegas y depósitos abandonados, precisamente porque lo que aproxima a ambas prácticas carcelarias sería la excepcionalidad que las funda (el que se presenten como respuestas a una crisis de seguridad), y el carácter racializado de sus medidas, que apuntan a responsabilizar de la crisis a grupos poblacionales definidos según nociones propias del repertorio racista e identitario de siglos anteriores.

No es casual entonces que el miedo a perder la pureza racial, en un caso, se exprese como miedo frente a la amenaza de la inmigración latina, en el otro caso, sobre todo porque esta migración barbárica sería renuente a adaptarse, a aprender el idioma, a subscribir los rasgos culturales e identitarios de la llamada WASP Nation (White Anglo-Saxon Protestant) y a mantener viva el alma americana, como indicó alarmistamente Samuel Huntington hace algunos años (Who Are We? The Challenges to America’s National Identity, 2005). Sin embargo, no basta con sostener las similitudes y paralelismos entre las políticas raciales nacionalsocialistas y las actuales políticas migratorias norteamericanas, hay que precisar las características puntuales de la actual situación migratoria para entender la forma en que los procesos flexibles de acumulación, las transformaciones de la soberanía y los dispositivos securitarios y militares se interrelacionan en la producción de esta situación puntual.

En tal caso, la detención de los menores en la frontera norteamericana tiene varios objetivos: 1) separar a los niños y niñas de sus familias como medida disuasiva para frenar la migración, 2) también funciona como un secuestro de la opinión púbica que mediante un indignado activismo mediático (Facebook), es impotente frente a las brutales medidas de ajuste (salud, educación, gasto público, presupuesto militar, etc.) implementadas por la actual administración. 3) Produce una escena emocional en la que el gobierno de Trump culpa (de manera no enteramente equivocada) al Partido Demócrata, y al establishment en general, por su incapacidad para haber solucionado la rampante crisis migratoria a tiempo, 4) acusación que funciona como argumento político electoral para Trump, quien pide mayoría republicana en las próximas elecciones, para acabar de una vez con la crisis migratoria, dejando claro, de paso, que estos niños y niñas están secuestradas en un juego político y en un espectáculo mediático sin fin. 5) Pero además de todo lo anterior, estas detenciones también funcionan para activar centros de detención y “cuidado” a cargo de personal militar y de corporaciones privadas, las que se reparten el botín asignado estatalmente para estas situaciones críticas y de seguridad nacional.

Por supuesto, con esto no intento negar el paralelismo entre ambos procesos históricos, sino que me gustaría llamar la atención tanto a la cuestión del campo de refugiados, de detención y de concentración, como variables de una política excepcional masificada hoy en día (como dirían, con acentos diferentes, tanto Giorgio Agamben como Zygmunt Bauman), como al hecho de que sea la infancia y su destrucción, la que define la orientación de estas políticas securitarias en la actualidad. Si la convergencia de militarismo, devastación y patriarcalismo define los rasgos destructivos del homo economicus, su actividad destructiva no se detiene ni en la naturaleza, ni en el cuerpo de las mujeres, inscribiendo su ley de hierro en la infancia, pues ésta contendría una potencialidad lúdica que contradice el cálculo productivista de la política oficial. La destrucción de la infancia no es un crimen excepcional, sino una condición fundamental para la plena implementación de los procesos de acumulación y de militarización de la vida (piénsese en la matanza de Ayotzinapa).

Ya lo sostenía sardónicamente Osvaldo Lamborghini en su breve relato, El niño proletario (1973), cuando se preguntaba, contra la mala conciencia moral del humanismo realista, ¿qué es matar a un niño proletario comparado con la destrucción de todo un pueblo de proletarios? Su cuento, más de alguna vez censurado y acusado de crueldad innecesaria, ponía en escena la porno-violencia constitutiva del régimen burgués contemporáneo, el que mediante la promesa de una vida segura, hacía que el protagonista rompiera toda posible empatía con la existencia condenada de ese “inmundo cuerpo abandonado”.

Quizás esa sea la clave para pensar el fascismo neoliberal: su capacidad no para “destruir” reflexivamente la empatía, sino para enfriar todo posible reconocimiento empático, manipulándolo según el cliché emotivo del espectáculo político contemporáneo. La detención de los niños, las pruebas de su abandono y de su maltrato, permiten que mucha gente se solidarice y proteste contra estas medidas excepcionales (lo que siempre estará bien), sin apuntar al problema de fondo que vincula las políticas anti inmigración con procesos de transformación del poder y del capital.

Pero esta manipulación de la empatía a partir de los clichés mediáticos tiene otra dimensión perversa, aquella relacionada con la banalidad del mal como aplicación impersonal de la ley sin cuestionamiento. En efecto, el adormecimiento (enfriamiento diría la crítica argentina Silvia Schwarzböck) del juicio, permite la producción sistemática del autómata como aquel que ejecuta el dictado de la ley sin atender a su origen o a sus objetivos. Basta que la ley esté sancionada para suspender toda posible interrogación moral respecto a su naturaleza. Esa disposición irreflexiva, que Hannah Arendt identificó en el caso de Adolf Eichmann (Eichmann in Jerusalem, 1963), constituye el verdadero sentido común del personal de seguridad en la actualidad, tanto en las frontera como en las diversas instancias e instituciones encargadas de la ley y del orden, disposición que les impide atender la condición humana y devastada de los niños y de los refugiados en general.

Me gustaría recordar aquí, a modo de ejemplificación, un episodio significativo, aunque desconsiderado, en la última parte de la novela 2666 de Roberto Bolaño. Se trata de un episodio en la historia de Hans Reiter (quien luego se cambiará el nombre a Benno von Archimboldi), durante su estadía en un campo de detención al final de la Segunda Guerra Mundial. Bolaño cuenta como Reiter asesina a un tal Zeller (cuyo nombre real era Leo Sammer), cuestión que lo obliga a adoptar el nombre con el que se le conocerá más tarde como escritor. La razón es muy sencilla, Zeller o Sammer, estaba detenido junto con Archimboldi en ese campo administrado por los aliados, quienes realizaban interrogatorios sistemáticos para detectar, entre los presos alemanes, a criminales de guerra y trasladarlos a otras dependencias. Sammer había sido un oscuro y mediocre funcionario Nazi a cargo de la administración de un pequeño pueblo polaco en la frontera con Alemania. Un día, antes de la derrota, éste recibe un tren con un cargamento inesperado de 500 judíos griegos. Después de constatar las condiciones infra-humanas de los prisioneros, Sammer dispone, sin un ápice de antipatía o simpatía, que se les de pan y abrigo, y que se les desplace hacia una abandonada bodega, a la espera de resolver lo que parecía ser una confusión.

Sin embargo, luego de llamar a diversas oficinas centrales, entiende que es él quien debe resolver el asunto de los judíos, para lo cual, otra vez, sin un ápice de pasión (como un monstruo frío), dispone la construcción de varias fosas comunes en las afueras del pueblo, donde se irán acumulando los cadáveres judíos, que son regularmente sacados de la bodega (en grupos de 20 ó 30) y fusilados. Después de los primeros días, nadie en el pueblo quiere realizar dicha tarea y Sammer recurre a un grupo de niños polacos que pasan los días ebrios jugando futbol en las calles de ese desgraciado pueblo. Mediante la oferta de vino y comida, logra que esos niños devastados por la guerra ejecuten los fusilamientos hasta llenar las fosas, logrando deshacerse de la mitad del problema. Las fosas se saturan, los niños se cansan y los aliados retoman el pueblo, obligando a Sammer a cambiar de nombre sin haber entendido realmente lo que había estado haciendo. Para Sammer, en efecto, nunca se trató de un crimen, sino de una inteligente medida administrativa para resolver una crisis sin contar con muchos recursos.

No me gustaría sostener, livianamente, que Bolaño estaba al tanto del análisis que hace Arendt del caso Eichmann cuando escribió la historia de Leo Sammer, sino sugerir que en la automatización, en el adormecimiento o enfriamiento de la empatía, en la llamada “objetividad” de la ley, yace una continuidad entre la invención Nazi de la muerte administrativa y las prácticas securitarias contemporáneas, las que trafican con el cuerpo migrante y con la infancia, siempre en nombre de la ley, con el dudoso orgullo de haber cumplido su mandato. Es ahí, en la destrucción de la infancia, donde se dejaría ver claramente la copertenencia de acumulación y devastación de la existencia, pero es también ahí, en esa incalculable infancia donde destella un relámpago de esperanza.

Sergio Villalobos Ruminott
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