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Opinión

Decir lo indecible

Por: Ricardo Greene / Publicado: 28.06.2018
Pamela Jiles encara a Ignacio Urrutia / 18 de Enero del 2018/VALPARAISO Pamela Jiles encara a Ignacio Urrutia por sus comentarios por los aportes a víctimas de los derechos humanos. FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO
Recientemente, en Chile, eventos como las funas a José Antonio Kast, el encontrón entre Jiles y Urrutia, la polémica por el libro de Corbalán, la petición para sacar a Patricia Maldonado de pantalla o el movimiento para erradicar los piropos han venido a problematizar esta relación entre verdad, libertad de expresión y democracia. La pregunta de los atenienses, parece, sigue teniendo una vigencia brutal: ¿consiste la democracia en poder decir lo que se quiera, por absurdo u ofensivo que sea?

Hace 2.500 años Atenas disfrutaba el esplendor de su edad dorada, y de pronto, sin que nadie lo previera, todo se le vino abajo: la ciudad perdió la Guerra del Peloponeso, una plaga diezmó a la población, la liga de Delos se desmembró, y tras la muerte de Pericles, varios líderes se alternaron el poder sin dar el ancho. La crisis puso en cuestión a los gobernantes, pero el asunto fue a mayores y los ciudadanos comenzaron a cuestionar la naturaleza de su sistema político: Hemos llegado a esta situación, dijeron, porque la democracia da la palabra a todos, incluso a los peores, y estos la han usado para corromper o engañar.

Recientemente, en Chile, eventos como las funas a José Antonio Kast, el encontrón entre Jiles y Urrutia, la polémica por el libro de Corbalán, la petición para sacar a Patricia Maldonado de pantalla o el movimiento para erradicar los piropos han venido a problematizar esta relación entre verdad, libertad de expresión y democracia. La pregunta de los atenienses, parece, sigue teniendo una vigencia brutal: ¿consiste la democracia en poder decir lo que se quiera, por absurdo u ofensivo que sea?

La invocación a los griegos permite darnos cuenta, además, que estos eventos no ocurren, como se ha dicho, porque tengamos una democracia muy frágil o una tolerancia de tiro corto, sino porque la relación entre estos términos nunca es tan sencilla como parece. Veamos dos maneras en que este dilema ha sido enfrentado históricamente.

Una posible respuesta a este dilema la ofrece el modelo parrésico, dominante en Estados Unidos, que privilegia la libertad de expresión y protege al hablante por sobre la audiencia. Allá se puede ridiculizar al Presidente o quemar la bandera sin que se activen dispositivos legales o policiales, porque los conflictos, se espera, deben ser dirimidos con argumentos. Distinto a Chile, donde ofender a un Carabinero puede ser sancionado con hasta 60 días de cárcel, e interrumpir el himno nacional infringe la Ley de Seguridad Interior del Estado. Esta posición libertaria ha sido defendida por Chomsky, Habermas y Russell, para quienes la tolerancia es un valor fundamental: «en una democracia –escribe este último- es necesario que las personas sepan resistir el ver sus sentimientos enfurecidos».

Se dice que el modelo parrésico tiene muchos beneficios, en especial que minorías de morales distintas a las dominantes pueden sentirse protegidas y expresarse sin temor. Eso al menos en el papel, porque reducir la vida social a argumentos que debaten en un ring aparentemente prístino, idealizado, es desconocer las relaciones de poder que configuran a los hablantes; la posición desde el cual las cosas son dichas.

Además del parrésico tenemos la fórmula isegórica, que pone a la igualdad por sobre la libertad. Nos dice: todos (los reconocidos como ciudadanos) son iguales y pueden hablar, pero no para decir cualquier cosa. En Atenas, especialmente después de Pericles, una opinión distinta a la mayoritaria podía significar el destierro o la muerte, como ocurrió con Anaxágoras, Diágoras y Sócrates. Isócrates, en su discurso «Sobre la paz», dado en el 355 A.C., criticó el apoyo que la asamblea le daba, casi incondicionalmente, a quienes decían lo que todos querían oír, por sobre las opiniones honestas pero disonantes: «Sé que este es un gobierno libre, pero aquí no hay libertad de expresión excepto cuando esta es ejercida por los oradores más irresponsables, quienes no tienen ninguna preocupación por nuestro bienestar». El modelo isegórico ha sido el dominante en Europa, donde se ha expulsado y exterminado a millones por profesar una religión no-oficial, o como ocurre hasta hoy, por criticar o mofarse de la realeza.

El modelo isegórico restringe lo que puede decirse, pero el contenido de lo sancionado ha ido cambiando. Si en Grecia se negaban las opiniones minoritarias, en la Ilustración se rechazó el hablar sin fundamentos. La esfera pública debía ser, ante todo, el espacio de la verdad y del justo razonar. La brutalidad de la dos guerras mundiales, sin embargo, llegó para devastarlo todo, y envuelta en el horror y la desorientación Europa volvió a re-definir cuáles discursos podían permitirse y cuáles no. Su respuesta fue tajante: no importa lo mayoritario ni tampoco la razonable; lo esencial es que los sistemas democráticos se restrinjan para limitar los discursos de odio. El lema rector, de ahí en adelante, ha sido que “no puede haber libertad para los enemigos de la libertad”, y hasta hoy, cualquier alusión positiva al nazismo, e incluso el uso y confección de sus símbolos, está prohibida en Alemania, Hungría, Francia y Rusia, entre otros países.

A esta última reencarnación del sistema isegórico se le ha llamado “democracia militante”, término acuñado por Karl Löwenstein tras escapar de Alemania. Tal como el neoliberalismo plantea para el mercado, Löwenstein afirmó que la democracia era un sistema frágil que debía protegerse, y que su mayor bondad, la tolerancia, podía ser usada por grupos fascistas y anti-democráticos para subvertir y finalmente traicionar el sistema. Por lo mismo, algunas libertades debían limitarse para fortalecer la institucionalidad, en un arreglo que bien estudia Agamben con su idea del «Estado de Excepcion». Hoy, la mayoría de los países europeos han modificado sus aparatos legales para darle a la democracia poderes anti-democráticos a fin de defenderse.

En Estados Unidos, la relación percibida entre verdad y libertad también ha cambiado, y el país ha ido pasando de un modelo parrésico a uno isegórico. Especialmente con la Patriot Act de 2001, que limita lo que puede decirse incluso en la esfera privada. Vaya usted a susurrar ‘bomba’ en un aeropuerto o a escribir frecuentemente correos personales acerca del Medio Oriente, y con gusto lo visitaremos en Guantánamo. Otra evidencia de este giro son las charlas que últimamente se están suspendiendo en varias universidades, incluso en bastiones progresistas como Berkeley, a fin de no promover discursos que incitan a la violencia, al abuso y a la intolerancia.

En Chile no le hemos dado mucha vuelta a la libertad de expresión desde el retorno a la democracia. No hemos discutido qué significa, ni desde qué fórmula elaboraremos nuestro pacto ciudadano. Quizás la libertad de expresión es como el aire: no pensamos en ella hasta que nos falta, y la bondad de estos últimos conflictos es que han venido a apuntalar un debate necesario, sobre todo cuando la cuestión de qué discursos se permiten es el núcleo de todas las discusiones sobre libertad, ya que si el discurso produce relaciones de poder, el abuso de lenguaje produce también abusos de poder, y eso es algo que debemos cautelar.

Ricardo Greene
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