La otra noche fui al cumple de un amigo en Viña y de pronto, como sucede en estas situaciones, me vi participando de un pequeño grupo que conversaba animadamente en la esquina de la mesa sobre uno de los temas de la semana: el aborto. La conversación era suelta; tenía lógicamente sus desvaríos, sus cambios de pista, sus remolinos (o sea, era una verdadera conversación) y en un momento, a propósito de los cuerpos -que son de uno, pero no totalmente de uno; que son en común, pero no exclusivamente del otro- una de las invitadas mencionó que estaba leyendo muchos libros sobre el suicidio de los esclavos. Ah, qué interesante, y cómo se suicidaban los esclavos –pregunté–. Básicamente comiendo tierra –me dijo–.

Yo no sabía que comer tierra hacía tanto daño, pero a propósito de esto la conversación recaló en el asunto de lo que llaman hoy “obsolescencia programada”: que quizá para los antiguos dueños de los esclavos, quienes mal que mal hacían una inversión, dos o tres suicidas entre sus adquisiciones representaban una especie de obsolescencia programada en la época anterior al capitalismo. Alguien habló de Zama, otro de Manderlay, un tercero de Gladiador –en fin, libros o películas sobre esclavos- y nos dimos cuenta que en realidad seguíamos girando en torno al aborto. ¿Por qué? Porque no hay nada de nuevo en unir esta defensa encendida y aparentemente “valórica” de la vida con el interés económico de los grupos de privilegiados que a esas mismas vidas no ven problemas en destruirlas, generalmente de forma lenta, poco a poco, sin piedad y con la mayor saña.

Es el motivo por el que el cineasta Harum Farocki, quien solo realizó ensayos visuales sobre esclavos, se cansó de mostrar cómo el ser humano no ha sido hasta ahora otra cosa que un blanco móvil entre las fuerzas reproductivas y destructivas, un tema en el que el filántropo Henry Ford se especializó y que el comentado suicidio de los esclavos, en rigor, introduce.

Pero no solo el suicidio de los esclavos; en Bíos –un libro de la época en el que la biopolítica estaba todavía de moda-, el filósofo Roberto Esposito sitúa en la primera página el caso de Nicolás Perruche, el joven francés que, afectado de una irreversible enfermedad congénita, se permitió en el año 2000 abrir un juicio contra el médico que impidió a su madre abortarlo. Una suerte de Del inconveniente de haber nacido, de EM Cioran, aplicado de forma concreta a un paradójico reclamo de inexistencia. Bruno Cuneo no llegó en Jahuel, su último y bellísimo libro, tan lejos, pero sí se permitió mover con discreta dulzura un dedo acusatorio contra una fotografía de sus padres que parece ser contemporánea al momento en que lo concibieron: por una vez en paz, tiernos, irresponsables / como si el vientre y lo que llena el vientre / no fuera mañana sino un bulto / un sobrepeso esperado / el comienzo del fin…

Todo parece indicar que un cuerpo no se defiende apelando a una propiedad privada sobre este, sino poniendo en común algo que no era común. Todorov dio una pista en La cuestión del otro. ¿Cómo no le iba a importar esta cuestión si él mismo era un humilde inmigrante búlgaro que por entonces trataba de hacerse un lugar en la academia nacionalista de De Gaulle? Lo cierto es que en el epígrafe del libro, copia un extracto de La relación de las cosas de Yucatán, de Diego de Landa, referente a una mujer maya que fue entregada a una jauría de perros hambrientos por uno de los conquistadores. Le había prometido fidelidad a su marido, quien la habría arrojado exactamente a la misma jauría en caso de que no hubiese cumplido con su promesa.

Lo curioso es que el tema de esta mujer, como nos ocurría antes de anoche en la conversación, desaparece del libro. Todorov no habla nunca más de ella y el precipitado lector piensa que la ha olvidado completamente cuando de repente, en la página 256, antes del cierre, vuelve a referirla. Allí leemos lo siguiente: “Una mujer maya murió devorada por perros. Su historia, reducida a unas cuantas líneas, concentra una de las situaciones extremas de la relación con el otro. Su marido, de quien ella no es más que el “Otro interior”, no le deja ninguna posibilidad de afirmarse como mujer, y cuando llega el conquistador español, ella ya no es más que el lugar donde se enfrentan los deseos y las voluntades de dos hombres. Jamás ha sido más trágico el destino del otro”.

No es extraño que Todorov abra y cierre el libro con esta referencia, en parte porque su propósito evidente es exhibir cómo la historia en tanto totalidad viril –a lo Hegel, digamos- corta jerárquicamente una relación en común, una continuidad, una comunión heterogénea entre los cuerpos. Esta comunidad –como creo que sugirió León Rozitchner- está a la base de la performance que una tarde de otoño de 1977 comenzaron a realizar jueves tras jueves las Madres de Plaza de Mayo. Adoptaron a partir de ese día el ritual de girar contra las agujas del reloj, desandando la manía triunfante del tiempo del progreso y ofreciendo sus cuerpos –sus cuerpos de madres- al testimonio común de una unidad impenetrable por el cuerpo exterior de la historia.

Dicen que Caterina Sforza hizo exactamente lo opuesto la tarde que en una revuelta le secuestraron a todos sus hijos: los secuestradores amenazaron con asesinarlos uno por uno si no entregaba la fortaleza y ella se limitó a mostrarles su vagina mientras les gritaba: “¡Puedo tener muchos más!”

Las Madres de Plaza de Mayo defendían en el desvelo la memoria; Caterina, la desposesión y la performance. Lo interesante es mezclar, no descontaminarlo todo.


Escritor y profesor Universidad de Chile