A raíz de  lo ocurrido tras el cambio de gabinete del actual gobierno del presidente Sebastián Piñera, donde se incorporaron nuevos rostros políticos a las carteras de Medio Ambiente y Cultura – a Educación se traspasó la que fuera hasta ese minuto ministra del Medio Ambiente, Marcela Cubillos-, saltó a la palestra un verdadero cuestionamiento metafísico que saca a relucir la evidente división ideológico moral y emocional que se había escondido y/o negado hasta ese minuto. No hablar de ciertas cosas no hace que esas “cosas” dejen de existir ni dejen de molestar.

Dada la relevancia mediática que en general tiene la cartera de Cultura probablemente jamás se pensó que ésta iba a desarrollar uno de los conflictos más relevantes del actual gobierno, poniendo en el tapete un problema filosófico socio cultural que deja en evidencia cómo la problemática de la memoria y nuestra historia reciente respecto a los crímenes perpetrados en la dictadura y sus consecuencias no sólo no se han solucionado, sino que por el contrario, han profundizado la herida que un hecho de estas características genera.

Las palabras del, a estas alturas, ex ministro de cultura Mauricio Rojas Mullor donde deja por escrito en su libro “Diálogos de conversos” publicado el 2015 que el Museo de la Memoria es un montaje, dejan entrever como no hay conciencia real de lo que significa la problemática de la memoria y la necesidad de entendimiento respecto a ésta.

“Más que un museo (…) se trata de un montaje cuyo propósito, que sin duda logra, es impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar (…) Es un uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional que a tantos nos tocó tan dura y directamente”, expuso.

Rojas Mullor, sin quererlo dejó en evidencia un  conflicto que va más allá de sus dichos y que tiene que ver con la capacidad real de resolver emocionalmente los crímenes de lesa humanidad cometidos después del golpe de estado de 1973.

Al parecer la sociedad chilena hizo una especie de borrón y cuenta nueva a partir de la vuelta a la democracia estableciendo la idea del perdón y el seguir adelante sin resolver ni curar lo que ocurrió durante esos años. Es así como, más allá de los gestos concretos reparativos, que sin duda sirven, el tema realmente no se ha hablado ni elaborado como debiera para avanzar en la construcción de una sociedad sólida, que más allá de diferencias ideológicas, permita armonizar su quehacer constructivo para establecer cimientos de un futuro sólido, inclusivo y desarrollado.

Sin duda alguna que resultan complejas las ideas objetivas de historia, contextos y memoria, ya que todos estos conceptos dependen de las miradas de quienes los explican. Hace mucho escuché que la historia la escribían los vencedores y resulta obvio que la reciente historia de Chile aún no ha sido escrita ya que, la evidente división establecida en  nuestro país desde el golpe militar y la majadera insistencia de un porcentaje de la ciudadanía que plantea que es mejor no hablar de ciertas cosas, hacen que los conflictos no se resuelvan. Demás esta recordar que todo problema comienza a solucionarse desde la elaboración, la discusión y el pensamiento constante de la problemática a resolver. Negarlo es hacer que la herida cada día se infecte más y más sin que nos demos cuenta.

Otro ejemplo de lo necesario que es empezar a conversar con altura de miras la problemática de la memoria y de los crímenes de lesa humanidad, fue lo ocurrido hace unos días en el matinal de Mega “Mucho Gusto” donde un incómodo Alejandro Goic hace mutis por el foro para no toparse con la cantante y panelista del programa Patricia Maldonado (auto definida como una pinochetista acérrima) quien hacía pocos días también, había defendido los dichos del Diputado UDI Ignacio Urrutia contra las víctimas de la dictadura. En esa ocasión el connotado actor sostuvo que su problema no era de índole ideológico sino emocional. “Ella defiende a quien asesino a mis amigos personales”, dijo el artista en entrevista con CNN Chile dejando en evidencia como el asumir los hechos ocurridos entre 1973 y finales de 1989/90 sería una forma de sanar y reparar el daño desarrollado por el genocidio en Chile.

Lo sorprendente de todo esto es como a raíz de estos hechos que podrían permitir el dialogo, la necesaria reparación y la verdadera solución al conflicto nacen voces apelando al empate y a la negación de los mismos, dejando entrever que un porcentaje de nuestra sociedad se sigue sosteniendo en la negación como si esto de alguna manera hiciera mágicamente que lo ocurrido durante esos años no existiera más…pero, lamentablemente si pasó.