Cartas

Tengo rabia y quiero compartir mi historia: “Hace dos semanas abusaron de mí y no puse resistencia”

Por: Rosa Corredor / Publicado: 09.12.2018
Hoy están hablando de diferenciar la pena dependiendo de si la víctima puso resistencia o no. Yo, no solo no la puse, sino que fingí estar excitada para que se acabara rápido. Había tomado, me había quedado dormida y cuando desperté ya estaba pasando. Mi primer pensamiento fue que quizás había tenido un borrón mental y por eso no entendía qué estaba pasando. Ni siquiera consideré gritarle o pegarle. No quería, ni podía, saberme violada en ese momento. Quería que se acabara rápido y por eso fingí estar excitada.

Tengo rabia y dolor de ver esta hoja en blanco y saber lo que tengo que poner en ella. De cargar estos últimos días con la idea de escribir este texto y de estar esperando el momento para hacerlo. Tengo rabia de que sea el momento y tengo mucho dolor por mí y por muchas personas más.

Quería escribir un cuento para sanar el dolor, pero me ganó la necesidad de reaccionar a lo que está pasando. Esto no es un cuento, es un grito: hace dos semanas abusaron de mí y no puse resistencia. Ayer vi el titular de una noticia que no fui capaz de leer hasta ahora. Por eso estoy escribiendo, adelantándome al cuento, cubierta en lágrimas y con ganas de gritar muy fuerte.

Después de que pasó quedé en un estado mental alterado por dos días. Empezó a irse cuando hablé con una psicóloga que me recomendó avanzar con pequeños pasos. Primero, confrontarlo a él. Segundo, sanarme y fortalecerme. Tercero, solo ahí, decidir qué medidas tomar. Siempre supe que no era capaz de denunciar en ese momento, pero también supe que la posibilidad estaba abierta y que, si decidía hacerlo, necesitaría mi versión más fuerte.

Hoy están hablando de diferenciar la pena dependiendo de si la víctima puso resistencia o no. Yo, no solo no la puse, sino que fingí estar excitada para que se acabara rápido. Había tomado, me había quedado dormida y cuando desperté ya estaba pasando. Mi primer pensamiento fue que quizás había tenido un borrón mental y por eso no entendía qué estaba pasando. Ni siquiera consideré gritarle o pegarle. No quería, ni podía, saberme violada en ese momento. Quería que se acabara rápido y por eso fingí estar excitada. La psicóloga me dijo después que es algo que hacen muchas mujeres en esa situación y que tiene que ver con el mismo instinto de protección, para así evitar una experiencia más traumática. Conseguí quitármelo de encima y me volví a quedar dormida.

Cuando desperté, más consciente, empecé a recordar lo que había pasado y reconocí los dos caminos que tenía en frente:  o recordar esa noche como un mal polvo o nombrarla como debía ser nombrada. No quería hacerlo, pero no podía no hacerlo, así que hice lo segundo. A él lo confronté. Me ofreció disculpas, me dijo que estaba borracho y que no se había dado cuenta que yo estaba dormida.

Yo, como toda mujer, siempre tuve miedo de ser violada. Me lo imaginé siempre como una escena completamente violenta y traumática. Nunca pensé que fuera a ser así, que fuera a ser por alguien que conocía y me quería. Nunca pensé que yo pudiera llegar a fingir para que se acabara. Tampoco habría podido imaginar la forma que toma este dolor. El dolor de que pasen a mi casa, mi pared, mi cuerpo, mi barrera, sin que yo haya decidido que así fuera.  El dolor de que alguien haya aprovechado mi estado para complacer su propio placer y yo no haya podido ni siquiera defenderme. O quizás sí lo hice, porque otra historia habría sido incluso peor.

Hoy leo ese titular y me da mucha rabia. No entiendo qué le estamos diciéndo a las personas. No entiendo por qué no podemos partir del respeto absoluto a quien tengamos al frente. Yo jamás tocaría a una persona que está durmiendo, que está borracha, indefensa, para satisfacerme a mí misma. ¿Por qué hay personas que lo hacen y cómo es que vamos a hacérselas más fácil?

Hoy almorcé con una amiga que no sabía lo que me había pasado. Me contó que había estado muy mal porque se enteró que a su hijo lo violaron unos años atrás. Me habló desde el profundo dolor de madre, de saber que a su hijo le hubieran hecho algo así. Me dijo, además, que todo esto le había revivido lo de su violación, una que a ella le tomó años nombrar. Yo le conté de mi dolor y de lo que me ha costado no contárselo a mi familia, que está lejos.

Me quedé pensando en que estas historias, tan invisibles y dolorosas, son muy comunes. Si estuviera ante una multitud de personas y pidiera que levantaran la mano quienes se han sentido violadas, sé que serían muchísimas manos. No solo mujeres, también hombres. ¿Cuántas de esas denunciaron? ¿Cuántas se resistieron? ¿A cuántas les pasó en una calle oscura después de ser golpeadas?

Estoy segura de que la mayoría de violaciones no son como las que yo temía. La mayoría ocurren en historias como la mía y son las que se mantienen invisibles. Eso es lo que tiene que cambiar. Tenemos que reconocerlas, nombrarlas y acabarlas. Por eso me duele tanto la noticia que leí. Por eso me duele Francisca Díaz. Por eso me duele el último fallo de “La Manada”.

Yo no sé si voy a denunciar. No sé si soy capaz. En este mundo en el que vivo, no creo ser capaz. Quisiera aportar con mi historia a que más personas despertemos y cortemos esa violencia, así el sistema esté podrido y un grupo de jueces, que no han entendido nada, sean quienes deciden sobre nuestra justicia. Por eso quería escribir un cuento y conseguir que muchas personas lo leyeran. Y por eso, hoy les estoy enviando este texto.

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