Opinión

Arley Méndez es la historia de un millón que levanta pesas frente a nuestros ojos

Por: Richard Sandoval / Publicado: 13.12.2018
Arley Méndez /
Arley Méndez habló porque sabe que él es la historia de un millón de otros como él que, afuera, sin cámaras ni apoyo de un Senado, luchan frente a nuestros ojos inquisidores que sólo reconocerán cuando nos muestren las medallas del éxito, de la riqueza, de la apariencia, que no nos haga mirar en menos al que se ve distinto y necesitado. Arley Méndez, el campeón, el sobreviviente, hoy le dice mirá de quien te burlaste a todos los que echan a andar mentiras que refuerzan miedos, a Eduardo Frei, al Gobierno de Piñera y Ampuero.

Con el corazón saliiéndose en cada latido, queriendo arrancarse de su pecho; mirando la bandera con la vista fija y humedecida; con un rostro moreno y firme, comiéndose las lágrimas, mordiéndose los labios, contemplando con orgullo y satisfacción el frente, así escuchó Arley Méndez por primera vez el himno nacional chileno en el podio de un Mundial. No podía creer que lo había logrado. Fue en diciembre pasado, apenas siete meses después de recibir la nacionalidad por gracia en el Senado, apenas cuatro años después de desertar del equipo cubano de halterofilia, en Iquique; cuatro años después de quedarse sin pasaporte y tener que vivir como un bandido, trabajando en cualquier lesera; cuatro años después de estar conversando con su amigo chileno Jorge Igor en un local comercial y tener que esconderse, asustado, suspendido en el temor, al ver pasar a una patrulla de carabineros. Pensaba que lo venían a buscar a él, contó Jorge, pensaba que su ilegalidad ya había notificado al Estado de Chile de su peligro, el mismo Estado que hoy lo aplaude, lo reconoce, lo condecora como el mejor deportista olímpico chileno de 2018, el mismo Estado que a otros como él, migrante, sigue presumiendo como molestia, como amenaza, como los que vienen a joder, como la piedra en el zapato que ya no podemos tolerar en esta nuestra tierra.

“Para los que piensan que un inmigrante viene a joder el país, están equivocados, por ejemplo nosotros los deportistas, venimos a ser un gran aporte y hay muchos también que vienen a surgir y a sobrevivir”, dijo Arley al recibir el premio del Comité Olímpico, el mismo Arley que en Chile encontró el amor y a un hijo chileno, tan chileno como hoy indican sus medallas y su pasaporte que es él. Un niño que siente tanto orgullo de llevar estos colores como deseaba sentirlo Arley cuando tuvo que acudir al Congreso, nervioso, a ver cómo le iba con la nacionalidad por gracia. “Lo que más quería era ser chileno”, dijo al recibir la buena noticia, lo que más quería era quedarse, hacer familia, ser feliz, enseñar a otros sus capacidades aprendidas en el estudio de la educación física; y por sobre todo, demostrar. Demostrar que era bueno, demostrar que venía a ser un aporte, demostrar que no quería joder a nadie, que sólo buscaba mejores formas para vivir. Demostrar que no tenían que desconfiar de él por el sonsonete de su acento, demostrar que su color de piel podía convivir con el resto de los colores de esta tierra, demostrar que el esfuerzo que pondría en su trabajo iba a rendir frutos, tarde o temprano, sin dañar a nadie, sin quitarle nada a nadie.

Arley pudo, Arley lo demostró, pero su emoción no basta, la felicidad que siente al colgarse tres medallas de campeón del mundo en Estados Unidos no alcanza para calmar el nervio, la angustia y el dolor de sentirse clandestino que tantos como él están sintiendo, que tantos -como él sintió- hoy sienten con más fuerza ante la decisión del gobierno de restarse del acuerdo de la ONU por migración. Por eso Arley, al coronar su momento de mayor gloria como el mejor deportista del año, la certificación de su chilenidad, no se olvidó del resto de los clandestinos, de los acusados como potenciales bandidos. Arley fue un sobreviviente, pasó años aguantando penurias, enfrentando adversidades, siendo apuntado con el dedo, corriendo de los acusetes de la ilegalidad. Arley, tal como los venezolanos, dominicanos y haitianos que llegan a la frontera y deben devolverse caminando por el desierto, llorando junto a niños que no entienden por qué los han mandado de vuelta, tampoco tuvo un papel que le quitara el terror de ser devuelto, también se quedó con un bolso como único indicador de su destino. Por eso envió el mensaje que hoy lo tiene como trending topic; porque tal como las madres, hermanos y parejas de los que en Chile sobreviven vendiendo arepas, camisetas y anticuchos, esos familiares que no saben si podrán entrar a abrazar a su ser querido, Arley pisó una ciudad fronteriza con nada más que zapatillas, mallas y las correas de sus pesas que se iban a convertir en su esperanza de trabajo, en su credencial de dignidad.

Arley se hizo chileno, se hizo digno de los que desconfían, levantando pesas. De seguro al echarse más de 160 kilos sobre el pecho pensaba, de pronto, en que si no lograba sostener la barra sobre su cabeza no iba a alcanzar a ser tan chileno como lo deseaba. Pero lo logró y con creces. Hoy es el chileno con más posibilidades de ser un nuevo campeón olímpico, un nuevo Fernando González, nuestro nuevo Massú. Nada fue imposible, como dijo el Nico, ninguna hueá, ninguna pesa fue capaz de aplastar el deseo de Arley de quedarse en esta tierra para empezar a hablar con nuestros garabatos, para tomar en fiestas patrias nuestros terremotos. Ninguna pesa fue capaz de aplastar su deseo de quedarse y  no ser escupido ni recibir completos en el rostro por haberle caído mal a un racista. Pero Arley sabe que hay miles a los que se les está cayendo la pesa y no porque no se las puedan, sino porque no los dejan levantarlas. Son los haitianos maltratados por hacer su trabajo en una bomba de bencina, son los venezolanos correteados por carabineros por estar vendiendo sus productos, son todos los latinos que no logran conseguir una visa para entrar y jugárselas en el campeonato mundial de la vida en Santiago, Puerto Montt o Antofagasta.

Arley Méndez habló porque sabe que él es la historia de un millón de otros como él que, afuera, sin cámaras ni apoyo de un Senado, luchan frente a nuestros ojos inquisidores que sólo reconocerán cuando nos muestren las medallas del éxito, de la riqueza, de la apariencia, que no nos haga mirar en menos al que se ve distinto y necesitado. Arley Méndez, el campeón, el sobreviviente, hoy le dice mirá de quien te burlaste a todos los que echan a andar mentiras que refuerzan miedos, a Eduardo Frei, al Gobierno de Piñera y Ampuero, a todos los que gritan que los de afuera nos vienen a joder, y es también un aviso: todos tenemos un colega, un vecino, un cercano que ahora mismo está levantando pesas; y de toda la sociedad depende dejar que esos latinos las levanten o se les caigan ante el aplauso de una derrota contemplada.

Richard Sandoval
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