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Opinión

Lectores serios

Por: Rafael Berríos / Publicado: 14.12.2018
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Me atrevo a conjeturar una hipótesis que estoy seguro que hasta una brisa podría derrumbar. Yo creo que los lectores chilenos son serios porque los escritores chilenos son, eminentemente, serios. Tipas y tipos sesudos que hablan de grandes temas incluso a través de sus historias mínimas o cotidianas. Son serios al escribir y todavía más serios al leer. Un ejemplo claro de esto es Pablo Neruda, poeta serio y comprometido como pocos.

Dejando de lado el tipo de libro, la edad de los lectores, los índices alarmantes de lectura o no lectura y el aún más preocupante nivel de comprensión de lo leído, atengámonos a la información que entrega la calle, la micro o el metro en relación al tipo de lectores que somos los chilenos.

Yo diría, a raíz de la observación y el deambular por calles y avenidas, a partir de la convivencia con estoicos lectores de metro y valientes lectores de micro, que somos, más bien, lectores serios. Incluso, en algunas ocasiones, me atrevería a decir que lectores adustos o irascibles. En escasas ocasiones he visto placidez en el rostro de los lectores, y para qué hablar de una sonrisa, mucho menos de una carcajada.

La lectura es un asunto de los más serio e importante parecieran decir esos rostros. No es un juego, no, es una práctica que requiere de toda nuestra concentración y junto con ella el ceño fruncido, la mirada fija, la mandíbula y los labios, sobre todo los labios, estáticos.

No pretendo decir con esto que los que están tras esos libros sean personas serias o graves, pero tengo la impresión de que adoptamos una pose; que una vez que fijamos nuestra vista sobre la hoja nos recluimos y refugiamos tras el rostro serio que, bien mirado, no difiere mucho de la máscara, el cubículo o el biombo. Podemos estar leyendo una tragedia, un drama, una comedia, una novela de suspenso, un manual de jardinería, lo que sea, y nuestro rictus se mantiene ahí, petrificado e inerte.

¿De dónde proviene esta seriedad?

Me atrevo a conjeturar una hipótesis que estoy seguro que hasta una brisa podría derrumbar. Yo creo que los lectores chilenos son serios porque los escritores chilenos son, eminentemente, serios. Tipas y tipos sesudos que hablan de grandes temas incluso a través de sus historias mínimas o cotidianas. Son serios al escribir y todavía más serios al leer. Un ejemplo claro de esto es Pablo Neruda, poeta serio y comprometido como pocos. Tan serio y comprometido que le dieron el Nobel por eso. En él sí que hay seriedad, una seriedad que lo cubre todo y que se confunde con la queja y el lamento. Neruda podía estar leyendo un poema erótico, un canto épico, una oda a lo que fuera, una noticia, una receta y su actitud y su voz eran las mismas.

Hay excepciones, claro, como Nicanor Parra, que reía y hacía reír como pocos. Y también están los de su prole, dados a la risa fácil y pública, que imagino a veces como una carcajada más del antipoeta que se desplazó en el tiempo y el espacio, como un eco cada vez más difuso y deformado de su risa. Sin embargo, este grupo ilustre y minoritario se ve silenciado en el gran retablo de seriedad de nuestro país y se impone la formula: a escritores serios, lectores serios.

Estoy a favor de una lectura un poco más expresiva. Solo un poco, espero que se entienda. No lleguemos al extremo de andar llorando por las calles, o de no querer bajar del metro porque estamos aterrados o de no poder disimular nuestra excitación tras una lectura demasiado imaginativa de El amante de Lady Chatterley.

Es posible sonreír cuando el libro lo amerita. No pasa nada en realidad, es una interrupción momentánea de la exhalación del aliento con su conocida manifestación facial provocada, en este caso, por un estímulo externo: la frase ingeniosa, la situación bizarra, el personaje divertido, las acciones inusitadas. Uno puede reír mientras lee, no hay nada de malo en eso. Los grandes escritores tienen mucho de humoristas. Cervantes es uno de ellos. Si se creara un ranking o una lista con los libros que más hacen reír a los lectores seguro que muchos de los que hoy componen el “canon de la literatura occidental” como lo llamó Harold Bloom, un hombre muy serio por cierto, saldrían de él en el acto y sin posibilidad de réplica.

Es fácil ser lectores serios. Es lo más habitual. Lo que hacen todos. Lo difícil es ser lectores alegres, risueños, carcajeadores. El riesgo es que los que nos vean leer piensen mal de nosotros, que nos vean como frívolos lectores de libros humorísticos, la peor clase de lectores. Pero es un riesgo que, tal vez, sería bueno que empezáramos a correr de vez en cuando, mal que mal, el humor está muy ligado con la inteligencia y un libro en el que hay ironía, un libro con el que el autor se rió y disfrutó, puede, muy bien, ser correspondido con una lectura ligera y amena, consciente y consistente sí, pero nada seria, con la que se sonría o se sucumba a la carcajada y que no por eso resultará menos significativa o menos profunda.

Quizá en el futuro, ese que no llega nunca pero que, según Nicanor Parra, es lo único que tenemos, sea posible ver lectores que lean y sonrían a la vez, sin miedos ni prejuicios. Quizá en ese mismo futuro los porcentajes y cifras de lectura del presente, tan serios y alarmante ellos, no sean más que un recuerdo que promueva las sonrisas y, en el mejor de los casos, la carcajada ensordecedora.

Rafael Berríos
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