Opinión

Rebelión en el supermercado II

Por: Nicolás Meneses / Publicado: 15.12.2018
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Hablar de la familia Tottus es hablar de la familia Solari que compró la antigua cadena San Francisco, un supermercado con mística en Buin, cuyas políticas laborales eran más dignas que las de la actual administración. Comprar en “el Pancho” tenía su magia, todavía hay gente que lo llama por ese nombre, pero la venta de la cadena no fue en ningún caso un simple cambio de administración. Pareciera ser que mientras más grande el grupo inversionista, más miserable son las condiciones laborales y la caída en la calidad de los productos y servicios que se entregan.

Entre los lienzos colgados en el frontis del Tottus, durante la larga huelga que ha durado más de diez días, se puede leer “Apoye tocando la bocina”. No son pocos los automovilistas que se percatan del mensaje y se suman al coro de la huelga. Es el ruido de la porfía de la llamada “familia Tottus”, apelativo con que los administradores aluden a los trabajadores del supermercado en las fiestas para generar esa sensación de fraternidad como estrategia de eficiencia y producción. Modelos de gestión que quieren imponer la visión paternalista del supermercado como un gran padre nutricio y protector al que no hay que desobedecer. Una figura de autoridad que se concreta en la desconfianza que los administradores de área establecen con los trabajadores del sindicato.

La alegría que irradiaban los trabajadores ese domingo 11 de noviembre era de optimismo. Los vehículos que transitaban por enfrente saludaban efusivos la movilización. Un camión de Coca-Cola hizo temblar mis tímpanos con su feroz bocina, los recolectores de basura levantaron los brazos en señal de apoyo, colectiveros, buses y autos apoyaban aumentando el ruido y la algarabía de las trabajadoras y trabajadores movilizados. Tocando bombos, soplando vuvuzelas, bailando al ritmo de la ranchera o el axé, tiñendo de verde esa vereda con sus uniformes cuyo eslogan trasero dice “estoy para ayudarlo”. Ese personal deferente del local Tottus con más ventas a nivel nacional, esas cajeras que han visto cómo las máquinas de autopago las van reemplazando, cómo van quitando secciones del supermercado (pastelería y platos preparados, entre otras), externalizando servicios. Pero ellos saben que hay funciones que no se pueden reemplazar. Los panaderos sabemos que el pan congelado es muy distinto al de elaboración propia o los carniceros saben que elegir un buen corte es un instinto que jamás tendrá una máquina. Las encargadas de fiambrería, los reponedores, los guardias internos que conocen los pasillos del supermercado como la palma de su mano, saben que sin ellos la cuestión no funciona.

Llegadas las 14:00 horas, un dirigente llamó a reunión al centro de la vereda. Todos se reunieron para escucharlo. Apagaron los parlantes, el motor a petróleo, dejaron de tocar los bombos y soplar las vuvuzelas. Su mensaje fue claro, simple y contundente: la huelga sigue. Al día siguiente volverían a negociar, pero no iban a dejarse engañar por miserias. Lo importante era no dejar funcionar el supermercado, hacerles entender la importancia de ellos en el funcionamiento total del local. Lo importante era no aflojar, no tenerle miedo a los descuentos, evitar los cahuines, sobre todo las divisiones. No volver a repetir la misma historia de hace unos años, cuando aceptaron un ajuste miserable a sus sueldos, para luego andar por los pasillos recriminándose entre sí la falta de coraje. Mañana todos tenían que volver a pararse en la misma vereda, ocupar ese espacio que les pertenecía, visibilizar su lucha y gritar con escandalosa alegría: ¡condiciones laborales dignas!

No obstante, es fácil que un movimiento así se comience a resentir. Los trabajadores dudan, sienten la casi omnipotencia de la empresa sobre ellos, que puede hacer lo que quiere en este Chile con justicia a la medida empresarial. ¿Qué son 60 millones de pérdidas al día para el grupo Falabella, holding famoso por sus bajos salarios y pésimas condiciones laborales? Hablar de la familia Tottus es hablar de la familia Solari que compró la antigua cadena San Francisco, un supermercado con mística en Buin, cuyas políticas laborales eran más dignas que las de la actual administración. Comprar en “el Pancho” tenía su magia, todavía hay gente que lo llama por ese nombre, pero la venta de la cadena no fue en ningún caso un simple cambio de administración. Pareciera ser que mientras más grande el grupo inversionista, más miserable son las condiciones laborales y la caída en la calidad de los productos y servicios que se entregan.

Siguen circulando en redes sociales y en grupos de Facebook como “Soy de Buin” mensajes e infografías de apoyo a la huelga del supermercado. Sería absurdo negar la historia del Tottus dentro de Buin o del San Francisco. Montón de personas que tienen amigos o conocidos o familiares trabajando allí tratan de circular la información con más fuerza, para generar conciencia. Llaman a apoyar en estos más de diez días de huelga. En el grupo de wasap de los panaderos comienzo a leer mensajes de desaliento, de rabia, de querer parar. Me gustaría arengarlos o retarlos o hueviarlos de plano. Pero no me siento con la autoridad para hacerlo. No pueden bajarse de la movilización. La dinámica que se generó los obliga a ir hasta el final. Tendrán que aprender la importancia de la unidad en la lucha, entenderla, y saber ganar o perder. Y tomar lecciones para el futuro.  

(Continuará)

Leer también Rebelión en el supermercado I

Nicolás Meneses
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