Opinión

La Izquierda y la Iglesia como unidad de acción

Por: Pablo Vidal y Mauricio Julian / Publicado: 19.12.2018
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Si la ultraderecha está propagando miedo, entonces la izquierda debe ser capaz de dar esperanza, si la ultraderecha está propagando incertidumbre, entonces la izquierda debe poder dar certezas.

El fenómeno Bolsonaro, con su retórica políticamente incorrecta y su violencia discursiva, está lejos de ser un caso aislado; vemos cómo en Italia, Francia, Rusia, Hungría y, por sobre todo, Estados Unidos, han ido articulando fuerzas de ultra derecha afines a esta nueva estética. Incluso en Chile tenemos exponentes de esta corriente; es la aparición de la “alt-right”, o ultraderecha.

Dos de los elementos que explican el éxito de la articulación ultraderechista son: (i) el fenómeno de la inmigración, abordado desde la perspectiva de la seguridad nacional,criminalizando y demonizando a los migrantes, para así gesticular una retórica cuyo objeto es el terror y (ii) la alianza con movimientos religiosos, principalmente evangélicos, pero no sólo evangélicos. Frente a este escenario es imperativo que los movimientos transformadores se adecúen a las necesidades históricas.

Si la ultraderecha está propagando miedo, entonces la izquierda debe ser capaz de dar esperanza, si la ultraderecha está propagando incertidumbre, entonces la izquierda debe poder dar certezas. Pero para ello debe asumir las nuevas condiciones del mundo en el que vivimos.

Y es que, en el proceso de profundización del orden neoliberal, la disolución de los vínculos sociales ha devenido en una pérdida de identidad que ha necesitado para reafirmarse, precisamente, un enemigo (el migrante) y un nuevo lenguaje: el religioso.
Sin embargo, ¿cuál ha sido la relación de la izquierda con las iglesias? Una no muy pacífica, siendo en el mejor de los casos un reconocimiento simbólico a la importancia que algunas de ellas y de sus miembros tuvieron en la defensa de los derechos humanos en las dictaduras de Latinoamérica, ignorando la existencia de una tradición aún más rica y más cercana entre las iglesias y la izquierda.

Ya la teología de la liberación buscaba construir un lenguaje común entre la buena nueva cristiana y el proyecto político marxista, o, por otro lado, el rol de las iglesias protestantes en defensa de los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos. Así, podríamos ir reconociendo que, ahí donde la iglesia transformadora y la izquierda articulada se unen, hay buenas posibilidades de éxito.

Pero para ello, la izquierda debe dar un primer paso, y dejar de cederle la hegemonía del discurso religioso a la ultraderecha. Debe reconocer la importancia de la religiosidad popular desechando la noción puramente estética que se tiene de ella, empezando por comprender que “la izquierda” es un espacio de articulación de distintos movimientos y expresiones emancipadoras. Debe rescatar a los héroes compartidos, como Helmut Frenz, Pierre Dubois, André Jarlan y el Cardenal Silva Henríquez. Debe partir por darle cabida a la iglesia transformadora en su propio espacio, para así después ir en conjunto a disputar el discurso violento de la ultraderecha.

Tenemos la responsabilidad histórica de impedir que los discursos de odio, aliñados antojadizamente con una retórica religiosa, sigan adquiriendo adeptos y aliados.

Pablo Vidal y Mauricio Julian
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