Opinión

Mentira y responsabilidad en política

Por: Loreto López G. / Publicado: 23.12.2018
chad / Foto: Agencia Uno
No se puede combatir la mentira negándose a asumir la responsabilidad por las deliberadas falsedades que se urdieron y divulgaron. De otra forma la señal ética es confusa. Lo que está en discusión es la verdad de la mentira, no sólo la búsqueda de la verdad sobre el asesinato de Camilo Catrillanca. De la arista judicial se está encargando la justicia, y de la arista política ¿quién?.

Como nunca antes la mentira ha estado en el centro de la actividad política monitoreada por los medios de comunicación. Es cierto que durante la dictadura la mentira era pan de cada día, y los medios se hacían parte de montajes y falsedades deliberadas con las cuales el régimen ocultaba sus crímenes y criminalizaba a la oposición.  No todos, por cierto, algunos no renunciaron a pensar por sí mismos y se resistieron a colaborar con la dictadura divulgando sus mentiras. Porque seamos claros en esto, quienes si contribuyeron a difundir los montajes en el pasado fueron activos y activas colaboradores/as . Así como hoy también colaboran quienes desde el poder político han ideado todo un lenguaje para evitar usar la expresión “mentira” intentando distanciarse de las falsedades que desde el primer momento se han divulgado en torno al asesinato de Camilo Catrillanca.

Las imágenes que se decía no existían comenzaron a aparecer. Esto me trae un recuerdo de hace muchos años atrás cuando tuve la oportunidad de escuchar a un abogado brasileño experto en Operación Cóndor, quien nos instaba a desconfiar de la destrucción de archivos que los militares aseguraban haber efectuado. Decía que si en un juicio por crímenes de lesa humanidad los documentos que acreditaban participaciones no estaban disponibles porque supuestamente habían  sido destruidos, en otro juicio mágicamente aparecían porque contribuían exculpar. Así es que, personalmente, nunca pensé que los videos no existieran, sino que el relato de su destrucción podía sin duda ser una mentira. Una de tantas.

Las imágenes que se nos han revelado son impactantes, sobre todo porque previamente habíamos conocido el desenlace. Las redes sociales nos tienen acostumbrados a registros de la violencia policial sobre manifestantes y vendedores ambulantes, en ellas apreciamos el ejercicio de la fuerza desmedida sobre las personas y sus cuerpos. Y tal vez por ello no nos escandalizamos tanto, nuestro ojo parece estar domesticado en esa violencia.

Hoy enfrentamos otra domesticación, una que comenzó con la dictadura. Se trata de la aceptación de la mentira, o la minimización de esta por la vía de la desresponsabilización.

Las mentiras urdidas por los integrantes del comando jungla, expresan la descomposición en las fuerzas armadas y de seguridad, que ya veníamos advirtiendo por otros casos (rechazo a la ética de los derechos humanos, milicogate, pacogate y demás). Pero para que tal podredumbre no sea evidente es preciso que el entorno acepte la lógica que sostiene el uso de la falsedad, como puede ser la motivación: salvar el pellejo, que es más que la integridad física en este caso. Como se aprecia en los videos, las consecuencias de las acciones son rápidamente advertidas por quienes participaron del asesinato, y sus expresiones les delatan.  Desde el día del crimen todos se han empeñado en salvar el pellejo, el intendente de la Araucanía se resistió a la renuncia lo más que pudo, defendió sus propias mentiras como gato de espalda. Se jugó el pellejo, que en este caso era su versión de la realidad de ese territorio, según él dominado por el terrorismo.

Luego, el general director de carabineros, se muestra como una víctima de sus propios subordinados: todos le han mentido. Así pretende evadir la responsabilidad de su mando, y corta algunas cabezas antes de llegar a la suya, y se resiste al poder civil cuando le ordenan renunciar.

Pero la mugre llega a La Moneda. El ministro del interior, se niega a asumir la carga que voluntariamente aceptó llevar cuando le convocaron para conformar el gabinete del presidente Piñera. Piensa que con una  “condena total y absoluta a los hechos y a las conductas abusivas e ilícitas” de Carabineros (“criminales” sería una mejor expresión) basta para sacudirse la responsabilidad que le cabe como cabeza del Ministerio del Interior y Seguridad Pública. La responsabilidad de divulgar versiones falsas desde una posición de poder y autoridad ante la opinión pública, y la de disponer de un comando militarizado para la persecución de delitos comunes, porque esa era su versión al inicio: “Estos son los hechos que han tenido su origen en un delito común” que  “nada tiene que ver con las situaciones del conflicto que se ha vivido en la zona rural derivado de lo que se ha llamado el conflicto mapuche. Es un delito común y los que actuaron son delincuentes comunes”.

Chadwick sabe que en su caso el pellejo es prácticamente el gobierno, y por qué no decirlo, la figura del propio presidente por la cercanía mutua, quien hasta ahora no había querido ni aproximarse al tema, para que no le salpique la porquería. No fue posible y tuvo que intervenir.

No se puede combatir la mentira negándose a asumir la responsabilidad por las deliberadas falsedades que se urdieron y divulgaron. De otra forma la señal ética es confusa. Lo que está en discusión es la verdad de la mentira, no sólo la búsqueda de la verdad sobre el asesinato de Camilo Catrillanca. De la arista judicial se está encargando la justicia, y de la arista política ¿quién?

Chadwick, como Felipe Kast, dirán que han sido engañados, pero no será más bien que ¿han sucumbido al autoengaño?, una forma de mentira muy común entre quienes se consideran por sobre el resto y que suelen estar seguros del éxito de sus decisiones. Esta vez la opinión pública se ha negado a ser domesticada en el estándar moral de la mentira que ha resultado tan propio de los honorables soldados y de carabineros, y en el autoengaño de quienes detentan el poder con arrogancia. Chadwick debe responder con su cargo. Si no lo hace, habrá que continuar denunciando y resistiendo la domesticación en la irresponsabilidad política.

Loreto López G.
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