Opinión

Tiempo y postdictadura

Por: Alejandra Castillo / Publicado: 25.12.2018
CHILE-no-plebiscito-1988-Foto-Infolatam / Foto: Arainfo
La “postdictadura” a pesar que se inicia con la celebración del triunfo del No, no parece ser un periodo de tiempo que se abre y que se cierra, sino más bien su forma tiempo es la de un duelo imposible. Es por ello que postdictadura no parece remitir nunca a un periodo de tiempo: “las nociones de límite, de antes y después, que en su misma obviedad permitían organizar un presente, ceden ahora su lugar a la melancolía de un tiempo pasado, presente y futuro se confunden y anulan en la memoria intemporal de un presente desprovisto de horizonte, de mundo, de representación”, indica Valderrama.

Prefacio a la postdictadura es un libro sobre el tiempo que no es sino una forma de nombrar a la historia. El tiempo que antecede, la historia que enmarca y detiene. Quizás por ello se nos pide poner atención en el tiempo del antes. Sin embargo, ese tiempo toma aquí el nombre de “prefacio”, lo que antecede ¿todavía seguimos hablando del tiempo? Si es así, el tiempo vicariamente tomaría “un nombre”: prefacio. Y no es extraño que este tiempo se enuncie como si fuese un objeto de escritura en el entendido que lo que se busca exponer es el “texto de la postdictadura”.

Un texto que es más que un texto, un archivo más bien. Así lo indica Miguel Valderrama. “Prefacio a la postdictadura se propone como una lectura de la postdictadura, como una lectura de ese archivo o libro que se ha vendió produciendo o escribiendo desde hace ya treinta años, desde el mismo día del triunfo  del No en el plebiscito de 1988”. Como bien sabemos un archivo si bien remite a un orden temporal su lógica nunca es lineal, ni sigue el orden de la cronología.

Atendiendo a este temporalidad inscrita en el archivo y siguiendo lo propuesto por Valderrama, habría que notar que el tiempo que se organiza con el golpe de estado de 1973 abre, en su ruina, el tiempo de la postdictadura. Un archivo de la caída de un gobierno. Que es también el decline de una forma de la organización de lo en común inscrita en un régimen popular democrático. Y con la caída y el decline, el entrelazamiento del sentido de la historia con una razón nacional que se instituye con la promulgación de la Constitución del 1980.

La “postdictadura” a pesar que se inicia con la celebración del triunfo del No, no parece ser un periodo de tiempo que se abre y que se cierra, sino más bien su forma tiempo es la de un duelo imposible. Es por ello que postdictadura  no parece remitir nunca a un periodo de tiempo: “las nociones de límite, de antes y después, que en su misma obviedad permitían organizar un presente, ceden ahora su lugar a la melancolía de un tiempo pasado, presente y futuro se confunden y anulan en la memoria intemporal de un presente desprovisto de horizonte, de mundo, de representación”, indica Valderrama.

El tiempo de la postdictadura es uno que se dice en un presente eterno. Toda vez que su tiempo se organiza en la imposibilidad de restitución puesto que lo perdido es -en términos estrictos- la propia historia. Los nombres que menciona Miguel Valderrama para llamar a esta pérdida son los de “memoria inconclusa”, “marco cesante” y “época de la desaparición”. Palabras para nombrar el fin de la historia cuyo trabajo es el de hacernos posar la mirada en lo que antecede –una vez más- en el antes de la dictadura pero nuevamente no como tiempo sino como escritura figurada ahora en la forma del prefijo “post-”, lo que antecede y sucede a la vez. No estaría del todo errado indicar que la temporalidad que interrumpe la línea del tiempo “nombra un tiempo” y no “da un tiempo”. Esta temporalidad es sincategoremática, y de algún modo ya se había anunciado en Traiciones de Walter Benjamin (2015) como tiempo de sobrevivencia. Esta temporalidad es la que ahora se explora en el Prefacio a la postdictadura a través del anudamiento de imagen y temporalidad. Anudamiento de un archivo sin tiempo cuya curvatura va del pre- al post- (antes y después) cuando ya no hay historia. En este punto Valderrama indica: “Los sentidos entreabiertos por la cuestión del prefijo en la postdictadura dan lugar así a una multiplicación de las escenas de duelo, donde la caída, el tumbamiento, el desmayo, la pérdida del paso, la falta y el fallo, y toda una serie de vocablos asociados a la raíz latina de la palabra desfallecimiento, no son más que sustitutos y relevos para enfrentar esa pérdida de la pérdida”.

Insisto en el antes del prefacio y en el antes de la postdictadura. En ambos casos el tiempo queda fijo en una partícula que es una marca de tiempo pero no de historicidad. Y en ambos lo que fija, lo que detiene, en un antes es lo que sucede. De igual modo que en un libro el prefacio a pesar de su anticipación siempre queda sujeto a lo que viene luego, es desde este despliegue que se termina de dotar de sentido al pre-texto. Así ocurre con la post-dictadura, cuyo significado se erige en el decline y en la emergencia. Temporalidad sincategoremática que se organiza en la ruina del archivo nacional y con ello en la imposibilidad de animar la línea de tiempo figurada entre el pasado y futuro. En este sentido, no parecen ser casuales las imágenes que acompañan la lectura de este libro: algunos vestigios de la cotidianidad de la vida en el Palacio de la Moneda antes del bombardeo, convertidos ahora en monumentos. Solo parecemos contar con el presente –en su anticipación y en su sucesión imaginal. Quizás la figura más adecuada para pensar este modo de habitar la temporalidad, de pensar un presente de la imagen, no sea otra que una variante o modulación de aquella imagen y aquel deseo que anima La invención de Morel, animación espectral de la imagen en el presente.

Si hay un tiempo para la postdictadura es el presente. “Un presente -advierte Valderrama- dividido en una, en dos, en tres bandas de duelo, ese es el presente de la postdictadura. Un presente sin postas, ni relevos, sin transiciones. Este presente postdictatorial se erige o se constituye a partir de una interrupción de las nociones clásicas de historia e historicidad”.

La temporalidad sincategoremática de un presente que en su lógica traumática trae una y otra vez el momento en que el tiempo fue detenido. Tal vez por ello, este tiempo es el tiempo de la imagen, o más bien de la post-imagen (nuevamente aquí la lógica del pre-fijo). Imágenes sin imágenes, dicho de otro modo imágenes que se constituyen como si fueran objetos.

Debe ser advertido en este punto que la ruina del archivo nacional no solo calza con el golpe de Estado del año 1973, sino que también con la progresiva descripción de la cotidianidad desde lo que se ha venido llamando giro visual. Es la imagen la que arruina el archivo, es la imagen, su metamorfosis, la que anima el orden contemporáneo. Es en este tiempo de la postdictadura y en su imagen en el que debemos habilitar una política hoy.

Alejandra Castillo
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