Se ha dicho que el feminismo es como las olas del mar. Que ha estado ahí siempre, silencioso y calmo, pero que ante una determinada contingencia explota provocando una ruptura en el orden establecido. Entonces reina la agitación pero de forma momentánea. Deviene después un repliegue natural, acaso inevitable, en que las energías colectivas se desaceleran, la efervescencia inicial declina y las fuerzas reactivas o conservadoras contratacan. Pero esa tensión, lejos de desaparecer, así lo dice la historia, permanece intacta. Basta que se le avive para que el malestar reaparezca, esta vez con nueva fuerza e intensidad. Mirado en perspectiva es coherente pensar no solo que la metáfora funciona, sino que todo este cuadro posee cierta dimensión cíclica, y que en tanto fenómeno de masas, el feminismo ha vivido ya, al menos en Chile, unas cuantas oleadas de historia. Y una reciente publicación se aproxima a indagar en sus orígenes.

Y también hicieron periódicos (Ed. Hueders, 2018) es una investigación de Claudia Montero producto de más de veinte años de vida universitaria, en la que se realiza una mirada a casi un siglo de prensa de mujeres, desde finales de 1860 a 1950. Lo que las une, dice Montero, no solo es el hecho de ser mujeres, sino también que todas tenían por objetivo insertarse en el espacio público y consolidarse como sujetos de opinión. Se trata de un rastreo de documentos hasta la fecha poco explorados, en un análisis bien provisto de insumos y bibliografías académicas, donde la autora distingue dispositivos (el periódico político, la revista literaria, ilustrada, etc), los caracteriza y ordena cronológicamente en cuatro capítulos/periodos, y cuyo correlato en la historia de Chile puede fácilmente asociarse a fenómenos relevantes para la vida social de la mujer, desde el ingreso a la universidad, su paulatino acceso a distintas instancias del quehacer ciudadano, el surgimiento del MEMCH, hasta la obtención del derecho a voto en 1949.

Aquí no solo había feministas. También había católicas, conservadoras, obreras y liberales. Pugnas muchas veces insalvables, que arman un acalorado mapa de discusiones sobre el rol que debía asumir la mujer en la sociedad. Se dejan ver periodistas, editoras, e imprenteras. Las había en Santiago, en Valparaíso, Rancagua, Quillota y Valdivia. Destaca el ímpetu de señoras conservadoras que pretendían mantener el status quo, o de liberales que demandaban ampliar el acceso a distintos derechos sociales pero sin cuestionar la maternidad. Entre ellas sobresale “La alborada” y “La palanca”, revistas de defensa sindical y obrera inéditas para la época. Pero indistinto de su lugar social o postura política, huelga decirlo, todas en tanto mujeres terminaban siempre recluidas a una doble subordinación: por un lado de clase (ser consideradas “inconcientes e indefensas máquinas de trabajo y producción”) y por otra de género (ser reducidas a simples “objetos superficiales de belleza”).

El interés de la autora, así lo deja explícito, es que el despliegue del archivo abra preguntas a nuestro presente. Y cómo no, su trabajo cobra vigorosa actualidad, sobre todo cuando el feminismo toma espacio central de la agenda pública e incluso pareciera ser un transversal y por eso mismo sospechoso consenso. Porque no es casual que incluso sectores históricamente conservadores hoy se declaren feministas. Dicho oportunismo aumenta el riesgo en que el actual uso del concepto pierda la potencia transformadora que lo llevó en el pasado a cuestionar de manera radical distintos modelos de socialización, y nos obliga a pensar en el feminismo, hoy más que nunca, como una perspectiva que antes que normar o restringir busque estimular la crítica y los potenciales de divergencia de sentido ante una política centralmente hecha por hombres, de tono siempre heroico, institucional, masculina, y por ende insuficiente. Bien cabe pensar que el feminismo si bien interrumpe, no es una categoría históricamente discontinua, producto de cortes, intermitencias o arbitrariedades, sino que como las olas del mar, es el resultado de un largo trazado de vínculos, intimidades, adscripciones y divergencias.

Recordar nombres como Esther Valdés, Carmela Jeria, Eloísa Zurita, Elena Caffarena, entre muchas otras, parece hoy por hoy ser no solo un acto de justicia reparatoria, sino ante todo un piso mínimo para el sano entendimiento cívico. Pero más que disponerlas como excepciones a la regla de su época, habría que pensarlas en una trama de alternancias y continuidades que abra nuevas perspectivas de vínculo en lo que podría entenderse no tanto como una estricta genealogía del pensamiento feminista chileno, sino como un importante capítulo, quizás uno de los iniciales, en el horizonte de disputas por transformar el espacio público y el privado. Disputa que, como las olas del mar, volvió a surgir gracias a las movilizaciones de mujeres contra la dictadura militar en los ochenta, y que hoy ante esta nueva oleada feminista, bien vale la pena recordar y saber entender. Ahí radica la importancia de rescates como los que propone Y también hicieron periódicos. Ya que si bien siempre apremia la contingencia, no es menos urgente la historia: esa que parece invisible pero que trazó lo que fuimos, lo que somos y que nos permite entender a dónde vamos.

Claudia Montero

Y también hicieron periódicos

Hueders

291 páginas

Precio Referencia: $15.000


Tomás Henríquez, escritor

Periodista