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El 2019 comienza con Bolsonaro: Los desafíos de su gobierno (y de la oposición) en los próximos cuatro años

Por: Victor Farinelli / Publicado: 31.12.2018
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Este 1 de enero que marca el inicio de 2019 también es el día en que Brasil celebra su cambio de mando presidencial. Termina el gobierno de Michel Temer, cuestionado políticamente y bajo graves sospechas de corrupción, e inicia el mandato de Jair Bolsonaro, el ex militar de extrema derecha elegido en octubre, tras superar al lulista Fernando Haddad en el balotaje.

La llegada de Bolsonaro al Palacio del Planalto está cercada de expectativas. Esperanzas por parte de sus seguidores, y no solo los brasileños – en Chile, los sectores pinochetista y ultrapinochetista ya se abrazaron con el padre y el hijo del clan presidencial brasileño, y esperan por un éxito en su gestión para fortalecer su estrategia de presentarse como el bolsonarismo con sabor a empanadas y vino tinto.

Para la izquierda y los movimientos sociales, esas expectativas traen consigo el desafío de enfrentar un gobierno cuyo líder pasó la campaña usando término como “ametrallar la oposición”, “a los opositores los vamos a encarcelar o enviar al exilio”, entre otras declaraciones que sus aliados justificaban diciendo que eran solo bromas, aunque es exactamente lo que se hacía en Brasil durante los años de la dictadura militar (1964-1985) que Bolsonaro también considera “los mejores años que el país ha vivido”.

En efecto, la misma ceremonia de cambio de mando da el tono de que las cosas han cambiado. Por primera vez desde el retorno de la democracia, el evento no permitirá que periodistas y fotógrafos transiten por los alrededores de la Plaza de los Tres Poderes, donde están las sedes de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, además de la Cancillería y los edificios de todos los ministerios. Al menos no podrán hacerlo acreditados, aunque también al público en general que pretenda asistir al evento habrá la prohibición de portar celular y registrar imágenes. Está programado el despliegue de un fuerte esquema de seguridad, que incluirá la presencia de militares armados e incluso la autorización de vehículos terrestres y aéreos con autorización (otorgada por la último documento firmado por Temer como presidente) para disparar ante la presencia de cualquier situación sospechosa. Tampoco está programado el desfile en carro abierto del presidente tras vestir la banda presidencial, como hicieron sus cuatro antecesores post dictadura.

El período de transición ha revelado las chispas existentes entre el nuevo mandatario y diferentes sectores de la prensa, y no tanto la de línea editorial más progresista, la cual el gobierno siquiera atiende y permite algún espacio, pero sobretodo con parte de la prensa hegemónica de derecha: medios como el diario Folha de São Paulo e incluso la poderosa red de multimedios Globo, ambas disconformes con la cercanía entre Bolsonaro y los medios radiofónicos y televisivos ligados a Edir Macedo y su Iglesia Universal del Reino de Diós, y con las posibles ventajas que podrían ser otorgadas a esta durante el mandato.

Foto: Images.

Los desafíos de Bolsonaro

Bolsonaro asume el poder con la promesa de impulsar un plan de disminución del Estado que llevaría a deshacerse de casi todas las empresas estatales, incluyendo parte de las que él mismo considera estratégicas, como las energéticas Petrobras y Eletrobras.

También están en su agenda la transición del modelo previsional brasileño, del actual sistema público de reparto para uno que replica la fórmula chilena, con planes de capitalización individual administrados por empresas privadas. Esta sería la guinda de la torta de todo un proyecto que visa cortar gran parte de las desobligaciones de los empresarios con los trabajadores.

La eliminación del Ministerio del Trabajo y Previsión Social una prueba clara de cómo piensa el nuevo gobernante, pero si aún no es suficiente, dos frases suyas durante la transición confirman las intenciones del nuevo proyecto: una de ellas fue cuando dijo en una entrevista televisiva que “los trabajadores tendrán que elegir entre mantener derechos pero sin empleo, o tener empleos pero sin derechos”, la otra se dio en una reunión con empresarios aliados en Brasilia, en la que terminó de enumerar sus medidas de flexibilización diciendo los derechos laborales hacen con que sea “horrible ser empresario en Brasil”.

El periodista Breno Altman, creador y columnista del medio digital brasileño Opera Mundi, afirma que “el programa de Bolsonaro consiste la radicalización de las reformas liberales, con el objetivo de recortar duramente los costos de la producción capitalista. Eso significa sueldos con aumentos más bajos, mayor precarización, privatizaciones y desnacionalización, menos inversión social”.

Según Altman, los resultados de esas políticas deben aparecer a largo plazo, como pasó en con el proyecto de Mauricio Macri para la Argentina, con el aumento de la desigualdad social y la pobreza, aunque con algún crecimiento en los primeros dos años.

Y como hablamos de Macri, otro punto importante sobre el gobierno de extrema derecha en Brasil es sobre qué será su política exterior y la influencia que podrá tener Bolsonaro en América Latina. Altman cree que el gobierno brasileño tendrá una posición totalmente subordinada a la geopolítica estadounidense. “El núcleo dirigente del gobierno defiende dos ideas básicas: que el desarrollo del capitalismo brasileño solo es posible si está amparado por la economía de la superpotencia, y que ante la profundización de las contradicciones entre Estados y sistemas, Brasil debe aliarse a la supuesta civilización judaico-cristiana cuyo principal ariete sería la Casa Blanca”.

Por esa razón, Altman cree que el gobierno de Bolsonaro concluirá el proceso de abandono de los organismos multilaterales como Unasur y CELAC, se alejará de los BRICS y del Mercosur, y de cualquier política que busque vise la integración latinoamericana – es decir, deshacer los ejes de la política exterior brasileña en el período de Lula da Silva. “El gobierno de Bolsonaro probablemente se convertirá en la vanguardia de la política de Trump contra la izquierda latinoamericana, apuntando especialmente a Cuba y Venezuela e Cuba, y podría ser una pieza destacada en el avance del neofascismo en el mundo”, opina el periodista.

Foto: Getty Images.

El rol de la oposición

Ante un gobierno de ultraderecha con claras tendencias autoritarias, pero con la legitimidad de haber llegado al poder por el voto popular, a las oposiciones cabe el papel defender la democracia de los posibles atropellos, y tratar de frenar como sea posible los efectos más dañinos a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Sin embargo, también puede estar el desafío de sobrevivir a abusos, en el caso de que Bolsonaro concrete las amenazas de persecución y violencia política hechas en campaña, las que sus aliados consideran que son solamente bromas.

El periodista Breno Altman cree que los partidos de izquierda y los movimientos sociales deberán estar preparados para años duros y violentos por delante. “Un programa de tal radicalismo implica en el aumento de la represión hacía los sectores populares, impulsando la sustitución del régimen político heredado de la Constitución de 1988 (nacida de una asamblea constituyente) por un Estado policial”, analiza.

Eso quizás obligaría los diferentes sectores a buscar puntos en común, aunque por ahora eso suena imposible. Al parecer, hay por lo menos tres bloques opositores conformándose. Uno de ellos incluye a los partidos PDT (sigla en portugués del Partido Democrático Laborista), PSB (Partido Socialista Brasileño) y PCdoB (Partido Comunista de Brasil), y sería una frente más moderada, a la que incluso se dice dispuesta a dialogar con el Bolsonarismo. En un principio, estaría liderada por el neodesarrollista Ciro Gomes, que fue el tercer elegido en la primera vuelta (con 12,5%), aunque también formaría parte de ese grupo la comunista Manuela D´Ávila, quien fue vice en la fórmula con el lulista Fernando Haddad.

Las otras dos fuerzas no son bloques sino que los dos partidos más “pura sangre progresista” de Brasil, que por ahora no compondrán ninguna alianza. Hablamos del joven PSOL (Partido Socialismo y Libertad), que era la agrupación de la fallecida concejala Marielle Franco y que tiene un enfoque en la lucha por los derechos civiles, y que ahora está liderado por el activista por el derecho a vivienda Guilherme Boulos; y claro, el PT (Partido de los Trabajadores) del encarcelado expresidente Lula da Silva, y que ahora busca recuperar su fuerza a partir de Fernando Haddad, un liderazgo que no tiene el carisma del histórico líder sindical, pero de igual manera logró ir a la segunda vuelta y reunir 44% de los votos en el balotaje.

En los últimos días PT y PSOL anunciaron que sus parlamentarios no participarán de la ceremonia de cambio de mando, lo que fue criticado como “un gesto antidemocrático” por parte del bloque moderado de Ciro Gomes, aunque los dos partidos justificaron su decisión por las diversas amenazas verbales del clan Bolsonaro en contra de la izquierda. Además de marcar una distancia entre esos dos partidos con el grupo más al centro, esa situación tampoco significa una aproximación entre los dos partidos, que insisten en sus diferencias programáticas.

En los primeros días de diciembre, Boulos afirmó que pretende iniciar una serie de conversaciones con diferentes líderes de izquierda brasileños, empezando por aquellos que tuvieron protagonismo en los comicios, como Fernando Haddad, Ciro Gomes y Manuela D´Ávila, con la intención de crear una convergencia en el sector. Sin embargo, afirmó que esa movida la iniciará solamente en febrero, después del carnaval y del primer mes de mandato del nuevo gobierno. Habrá que ver si tendrá éxito en su cometido, y que escenario se presentará cuando inicie su jornada.

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