Opinión

El pinochetismo está vivo porque no lo mataron

Por: Pablo Varas Pérez / Publicado: 09.01.2019
No es la extrema derecha la que está en alza, es la izquierda que no está a la altura de los tiempos. No logra convertirse en el referente necesario que puede disputarle territorio, presencia y fuerza. Es Kast quien pautea y obliga a dar explicaciones.

No es raro lo que sucede en la violenta y mediática irrupción de la extrema derecha en el actual periodo. Toda la derecha de fiesta, nadie los condena, aceptan sus diferencias y Piñera está en deuda con Kast. Le llenó los bolsillos de votos y no le pidió nada. Basta volver a esos años de la dictadura cuando muchos de los que son actualmente parlamentarios, ministros, subsecretarios se cuadraron con la dictadura militar, fueron unos más.

Toda la derecha trabajó cabeza gacha sin decir nada y obedientes como corderos. Nunca se enteraron de absolutamente ninguna violación a los derechos humanos o como si el asesinato de Orlando Letelier en los EE.UU. o el del general Prats y su esposa, hubieran existido sólo en la imaginación y la burda campaña del comunismo internacional.

No es posible concederle el beneficio de la duda. Nunca serán creíbles sus disculpas, pedidas de perdón “ni el nunca más” de Cheyre. Sencillamente porque NO.

Todo se sabía. Pinochet calificó de terrorista al cura Antonio Llidó cuando el obispo Alvear solicitó que se entregara una respuesta. Actualmente su nombre figura entre los miles de detenidos desaparecidos.

Y subieron todos a Chacarillas para saludar al soldado salvador de la patria, todos en masa ufanos, agradecidos, iluminados. En esos momentos se sabía que Pinochet era un militar asesino, más tarde se pudo comprobar que además era también un ladrón y pordiosero. Como si de ganapanes se tratara, los gremialistas/UDI se hacían participes del más largo, criminal y oscuro periodo de la historia.

Todos aquellos sabían que en esa manifestación patriota/nacionalista, parecida a la de los cristales rotos, se consolidaría un modelo que sentaba las bases de la desigualdad, la miseria, pero especialmente el terror que actuaba en todo el país, amparado por la legalidad que le otorgaba Pinochet y las Fuerzas Armadas. Fueron valientes porque nunca tuvieron un opositor frente a ellos, nacieron para quedarse con todo y regalado.

Todo el mundo condenaba a la dictadura militar por los crímenes cometidos, los guzmanianos no sabían nada. Creyeron eso que morían como ratas, mientras las calles de Santiago, como si de una jauría se tratara, la vida era un blanco móvil, la DINA/CNI con Contreras/Krasnoff y los otros atormentaban a todo un país indefenso.

Allí se reinventó la derecha, la misma que fue un actor determinante en la desestabilización del gobierno popular y la mano del gato de la CIA y los Estados Unidos. En la dictadura se atrincheran los guzmanianos para diseñar un país para ellos, les salió gratis como lo es actualmente Chile.

Durante toda la dictadura la casa de calle Suecia 286 siempre permaneció abierta. Allí se fraguaron planes de exterminio, robos de empresas de todos los chilenos. Hasta allí llegaron muchos de los actuales accionistas mayoritarios de los grupos económicos para rendir pleitesía al mundo militar. Los Lavín, Longueira, los Larraín, Leturia, toda la generación gremialista nacida en la Universidad Católica que bajo la luz de Guzmán fueron ocupando los espacios para ayudar a sostener y dotar de una institucionalidad excluyente y clasista a la dictadura. Cómplices desde el primer día.

Molesta esa mirada liviana en la derecha extrema que condena los crímenes cometidos durante la dictadura, pero siempre buscando empatar a cualquier precio. Como si aquello hubiera sido un tiempo corto. La ocupación militar duró muchos años y golpeó al sector más pobre, los más indefensos, fueron ellos los que dejaron a miles de huérfanos y sumidos en el abandono la miseria y desprecio luego de haber perdido a sus familiares.

Y entonces llegaron ellos…Aylwin, Lagos, Frei, Bachelet.

Pactaron la continuidad del modelo, el mismo de estos tiempos, cambios más o menos siempre el mismo. Los grandes reacomodos de los grupos económicos que se han ido repartiendo los beneficios que les regaló de la dictadura. Llegó incluso el yerno de Pinochet para financiar de forma transversal, partidos y parlamentarios. Todo en la medida de lo posible. Pasan los años y se presenta en un tiempo suspendido como una pesadilla que hasta hoy se mantiene.

Desde el Departamento de Estado norteamericano el diseño de transición se cumplió a cabalidad. Nadie salió herido, como si de monigotes se tratara la concertación fue ejecutando paso a paso las medidas que eran dictadas por los mismos que habían provocado el golpe militar. Chile quedó en la parte del mundo que le pertenece al imperialismo yanqui y en el laboratorio de Milton Friedman con sus seguidores donde todo ya estaba ejecutado.

La extrema derecha no llegó con Kast, estaba desde mucho tiempo instalada en el parlamento, ministerios, cuarteles, regimientos y Punta Peuco. Lo que sucede es que ahora se hace más evidente y les hace falta, por eso la dejan respirar y El Mercurio le regala tinta y espacio. Fue la que levantó a Buchi como candidato de los militares y Sebastián Piñera como abanderado/jefe de campaña.

No es la extrema derecha la que está en alza, es la izquierda que no está a la altura de los tiempos. No logra convertirse en el referente necesario que puede disputarle territorio, presencia y fuerza. Es Kast quien pautea y obliga a dar explicaciones. Es en ese instante donde la rebeldía y la soberbia, la justeza de todos los tiempos debe levantarse y si hay que pagar costos, se pagan pues como los hubo que pagar con tanto dolor digno carajo.

No es tiempo para discursos deslavados y alejados de las urgencias del movimiento popular. Los herederos de la Concertación no darán el salto requerido, no tendrán ningún gesto de rebeldía. Eso ya lo perdieron.

Brasil tiene a Bolsonaro, pero México tiene a López Obrador y en el Chile extremo y profundo, está la voluntad para intentar con más certeza que es posible vencer para finalmente matar al pinochetismo.

Pablo Varas Pérez
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