Soy mujer.
​Soy médico.
​Soy terapeuta.
​Me han parido una vez, como a todos.
​He parido tres veces, como muchas.
​He visto muchos partos, como varios.
​He acompañado, psiquiátrica y psicoterapéuticamente a cientos de mujeres en la etapas previas y posteriores a parir.
​Y con cada una de ellas confirmo lo trascendente que es este hito en la vida de dos personas, madre e hijo.
​Y lamentablemente confirmo también lo subestimada que está aún la vivencia emocional, en comparación con la física en el modelo tradicional y genérico de atención al parto.
Son muchas las secuelas de una mala experiencia en el embarazo y parto. Muchas, exponenciales e intuyo que aún incalculables.

​Ésta puede marcar gran parte de la experiencia de maternidad, el establecimiento de la lactancia, el desarrollo del vínculo materno filial, la recuperación de la vida sexual de pareja, la futura constitución familiar entre otras cosas y puede afectar de manera importante el ánimo y nuestra capacidad de adaptación al estrés, propio del periodo postparto.

​Muchas mujeres consultan por dificultades en su puerperio, inseguridades en su rol de madres, problemas en sus lactancias, ansiedades, temores, conflictos de pareja, angustias diversas. A todas les pregunto cómo fue su parto. Y aunque no suele ser el motivo de consulta principal, en un gran porcentaje de los casos me encuentro con que la vivencia del nacimiento no fue un momento agradable. Para la mayoría la llegada de su hijo(a) es hermoso, pero detrás del amor con que recuerdan haber conocido por fin a sus bebés aparecen escenas de miedo, soledad, sometimiento, desconexión o lisa y llanamente intenso sufrimiento emocional. Más allá de haber experimentado dolor físico o no, lo que recuerdan es el dolor psíquico.

​Mujeres infantilizadas, reprimidas, confundidas, subordinadas, reducidas, expuestas, doblegadas, que confiando en las figuras médicas, y en un momento de altísima vulnerabilidad, pierden toda capacidad de ejercer su voluntad en un terreno tan propio como es su cuerpo, siendo éste patologizado y puesto a disposición de un especialista que a ojos de aquella mujer hecha niña queda como el único que sabe cómo dirigir el proceso, un proceso la mayoría de las veces fisiológico, orgánico y que para el cual lo único que se requeriría del personal de salud es sostén, compañía, supervisión para asegurar que todo curse de buena manera y disposición para intervenir en caso de que fuera necesario o solicitado por la mujer.

​Independiente de los buenos resultados en términos obstétricos, y más allá de la gratitud que puedan guardar por lo saludable de su hijo recién nacido, muchas mujeres quedan con su autoestima herida y con sensación de poca eficacia personal, lo que sumado a otros factores puede condicionar un sufrimiento psíquico que termine derivando en un trastorno psiquiátrico.

​Esto, incluso en ausencia de violencia objetiva. La sensación de minusvalía o vulnerabilidad puede ser aún mayor en casos de malos tratos, humillaciones, intervenciones forzadas, todo lo cual aumenta aún más el riesgo de aparición de trastornos emocionales en el puerperio, definido como el periodo neuro-hormonal más sensible de la vida en cuanto a salud mental femenina, todo lo cual acarreará síntomas ansiosos o depresivos en la madre, con todas las consecuencias negativas ya más que estudiadas y respaldadas por la evidencia científica actual.

​Me duele escuchar estos partos, me duele ver que mucho de lo que ocurre en los meses posteriores podría haber sido más que evitable.
​Obviamente la causa principal de los cuadros ansiosos y depresivos no es sólo una mala experiencia de parto, pero sí constituye un potente factor de riesgo dentro de otros varios, algunos incluso aún no dilucidados. Y más impotencia me da cuando realmente hay vivencias de violencia obstétrica, lo que sí está ampliamente demostrado relacionarse a trastorno de estrés post-traumático y a otros cuadros psiquiátricos.

Duele más aún por estos días en que vemos como autoridades del rubro niegan la existencia de esta violencia. Porque la negación del maltrato magnifica el maltrato y empeora las consecuencias emocionales.

​Urge regular la actuación de los equipos profesionales en la atención del parto en Chile y en el mundo.
​Urge protocolizar prácticas de buenos y respetuosos tratos en la mujer gestante y parturienta.
​Urge fiscalizar las conductas que transgreden la voluntad y autonomía de las pacientes que consultan.
​Urge penalizar ejercicios violentos de la profesión.

Urge que algunos líderes de equipos de salud obstétrica se actualicen y puedan defender también a las mujeres, más allá de sus intereses.
​Estoy segura que la salud mental de las mujeres chilenas y de sus hijos puede mejorar si cambiamos ciertas conductas y optimizamos ciertas prácticas.
​Urge una mejor salud emocional para este país.
​Urge parir y nacer de mejor manera…
Urge mucho, pero hoy me reconforta, como mujer, madre y ciudadana, que mucho de todo esto podrá prevenirse. Hoy me reconforta y me alivia el proyecto de ley Adriana.

Me da esperanza de nacimientos mejores y con esto, de un Chile mejor.


Médico (UC), psiquiatra (U.Chile), psicoterapeuta de enfoque psicoanalítico relacional (U. Chile). Certificada en Salud Mental Perinatal, por Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal (Formación con Ibone Olza). Miembro de International Marcé Society for Perinatal Mental Health.