El carácter endogámico de la élite chilena es un mal que trae muchas consecuencias negativas, más allá de lo cromosómico, el principal y más importante efecto es la manera en que disminuye la ya escasa meritocracia en todos los ámbitos de este retorcido país.

Cuenta una leyenda urbana que si juntas al azar a seis de estas personas, con noble y rancio abolengo, como mínimo dos serán parientes y todos tendrán amigos, conocidos, concubines y jardineros en común. Además de ser endogámica, esta casta constituye la única clase social que existe en Chile, recogiendo los parámetros que Marx y Weber establecieron para poder hablar de una clase propiamente tal: tienen conciencia de sí mismos y de estar en conflicto con otros grupos sociales; además, poseen sus instituciones representativas: partidos políticos, colegios, universidades, medios de comunicación, etc.

La élite sabe que para preservar el poder debe copar los espacios o cooptarlos: el espacio del poder político, el económico e incluso el del gusto. Dentro de estos espacios está el de la cultura. Aunque cabe agregar que por cultura no comprendo la tesis de ciertos delirantes que luego de leer Gramsci for dummies comenzaron a predicar la conspiración conocida como “marxismo cultural”.

Quiero enfocarme en lo que Eco llama “alta cultura”, si bien hoy en día tal espacio puede parecer insignificante, no lo es. La casta dominante sabe que la alta cultura puede llegar a ser peligrosa, sirva como ejemplo que, de ciertos círculos intelectuales, como la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, han surgido individuos como Carlos Ruiz Encina, quien escribió De nuevo la sociedad, ensayo que se transformó en la base ideológica del Movimiento Estudiantil (paradójicamente el libro se publicó cuatro años después del estallido de 2011), y así indirectamente en un ideólogo del Frente Amplio, que, por deficiente que nos parezca, es el único movimiento político que ha constituido y constituye una real amenaza al establishment  político chileno.

Por eso es mejor tener gente “conocida” o amaestrada en el mundo de la cultura, bien de misa, como se dice; esos locos lindos de buenas familias, diletantes maravillosos, dueños de una sabiduría wikipédica, a los cuales la élite instala en nichos ad hoc, para que un Mackenna, un Vial, un Larraín, un Huidobro, un Irarrázabal, un Errázuriz, un Echeñique, un Morandé, puedan “pensar y crear” libremente. El factor común que tienen estos “articuladores culturales” de la élite, aparte del enorme árbol genealógico que los abriga y protege, es que son de una formación intelectual más bien laxa: la mayoría de ellos abogados con estudios de filosofía, abogados con estudios de literatura, periodistas con estudios de arte, hijos de notarios con biblioteca, sobrinos de corredores de propiedades viajados y leídos. El problema de su falta de espesor cultural no es tanto su desprecio por la academia, que puede ser, sin duda, bastante despreciable, sino su desdén por los estudios formales: por la disciplina y el rigor que las artes y las humanidades requieren, tanto en su estudio como en su praxis.

Este desdén surge, en mi humilde opinión, por dos razones: el sujeto de la élite está convencido de que nació teniendo la razón por el mero hecho de ser quien es, por ende, no requiere, como el mesócrata, de la validación que dan los estudios formales. El “articulador cultural” de la élite no necesita estudiar gramática ni fonología, porque fue a un colegio bilingüe o viajaba periódicamente a Inglaterra o Estados Unidos con la familia, lo cual le da el derecho de enseñar y traducir a Shakespeare, a T. S. Eliot y, por qué no, hasta las sagas islandesas. No necesita estudiar estética pues ha visitado el Museo del Prado más de diez veces en su vida; conoce “anécdotas” de Velásquez, puede incluso explicarte el concepto de puesta en abismo y cómo se percibe en “Las Meninas”, pues el guía del museo se lo dijo. Nunca estudió teoría musical, ni composición, pero como de niño tocaba el piano o el oboe, puede dictar cursos sobre música, desde Bach a The Beach Boys. Su bagaje social es su capital cultural, en otras palabras, su capital social es su Doctorado.

De estos individuos solo puede esperarse una visión extremadamente sesgada y superficial de lo que sea que traten: académicos y cátedras de mentira, estudios “críticos” absurdos en los cuales encontramos útiles notas a pie de página explicando quien es Peter Pan o qué es el Far west, traducciones que revelan un profundo desconocimiento del autor y la lengua, sea chino, ruso o francés, y todo esto avalado por una “crítica” periodística parcial (siempre habrá algún primo “chascón y liberal”, que justo trabaje ahí, y que gustoso escribirá una nota o comentario positivo) o ninguneado por la crítica académica, lo cual no significa nada, pues si nadie la lee, su punto de vista respecto de la “industria cultural” montada por los “autodidactas del jet set” no es solo irrelevante, sino frontalmente inexistente.

La segunda razón de este desdén es la simple flojera: si naces siendo “alguien”, sabiendo que hagas lo que hagas, digas lo que digas, tus palabras serán oídas y reproducidas por obra y gracia de las enormes redes de contacto en medio de las que naciste, qué sentido tendría esforzarse en lo más mínimo… además, en los nichos culturales donde estos articuladores se desempeñan nadie los obliga a trabajar, porque son lugares en los cuales, salvo honrosas excepciones, eso no importa. Ellos no están ahí para dirigir o coordinar investigaciones serias, sino para darle al Gerente/Rector o al Gerente/Vicerrector una conversación interesante, para prologar sus libros o curar sus pinturas hiperrealistas de los atardeceres en Zapallar, pero sobre todo para dar un “baño de cultura entretenida” a los consumidores/estudiantes, de regadera, pero baño al fin y al cabo.

Independiente de sus posturas políticas, declaradas o no, están y operan en el seno del poder, dándole a las élites versiones edulcoradas de Picasso, Nietzsche, Neruda y Wagner, llenando sus libros, charlas, cátedras y traducciones de anécdotas insípidas y chimuchina de mediodía en el Tavelli; versiones que no hacen más que neutralizar el efecto político de las grandes obras del arte y del pensamiento: la profunda crítica social que subyace a todas ellas, el deseo de transformación que en ellas hay, porque todo arte es político, si no, es mera decoración. Conscientes o inconscientes de ello, esta suerte de chamán de la tribu convierte las artes y las humanidades en decoración y entretención, empobreciéndolas de manera irreparable.

El problema es, no solo que estos “articuladores culturales” de la élite le quiten espacio a cientos de jóvenes mejor preparados, que no gozan del triple Phd que da el apellido vinoso, sino que están convirtiendo el espacio de las artes y las humanidades en un salón de té para viejas victorianas y jovenzuelos nostálgicos de Woodstock, precisamente en el sector social que más requiere de la humanización que las artes y las letras, bien enseñadas, pueden dar.


Licenciado en Literatura Hispánica de la Universidad de Chile y PhD en Literatura PUC.