Los memes son un mecanismo de comunicación cultural sumamente eficiente. Sobre todo cuando nos referimos al humor en internet. Richard Dawkins, en 1976, popularizó la noción de “meme” lo hizo para referirse a esas unidades culturales, equivalentes a los genes, que permiten transmitir información dentro de una cultura entre los individuos que la practican. Así, por ejemplo, un ave adquiere el color de sus plumas gracias a la información genética que le es transmitida por sus progenitores, pero aprende a cantar de cierta manera gracias a la información “memética”; tal como tenemos los ojos de cierto color producto de nuestros genes, pero anudamos nuestros zapatos de cierta manera producto de la información proveniente de la cultura en la que hemos sido educados.

La noción de meme como unidad que transmite información cultural por la vía de las imágenes va de la mano con los efectos de popularización globales que permite la internet. En este sentido, el meme es entendido como una imagen humorística que puede ser modificada por quienes la reciben, es decir por quienes están insertos en una determinada práctica cultural donde esa imagen es entendida, interpretada y compartida. Así, un meme es exitoso cuando una comunidad lo usa de manera masiva. Sin embargo, este “efecto memético” de la comunicación también ha sido entendido al revés: ya no como una unidad que es recibida por una comunidad y que, dado su uso masivo, se termina convirtiendo en un meme, sino como un modo de producción, en el sentido en que se hace algo con la finalidad de que sea un meme. Por supuesto que, en el sentido en que lo plantea Dawkins, es un sinsentido prevenir que algo sea un meme, dado que meme es un efecto, y no una finalidad.

Un ejemplo cultural de esto es el filme estadounidense El vicio del poder (Adam McKay, 2018), donde se nos cuenta la historia de ascenso hacia la vicepresidencia de Estados Unidos de Dick Cheney, interpretado Christian Bale, quien suma una nueva metamorfosis a la historia de su cuerpo. Con un fuerte y declarado sesgo liberal, se nos cuenta la historia de un poco talentoso, borracho y peleonero muchacho que terminaría siendo el principal agente activo de la política estadounidense en cuanto a la invasión a Irak después de los ataques del 11-S de 2001. La figura de Dick Cheney es sumamente atractiva para quienes consideran que la política es algo que hacen un par de personas en una sala sin ventanas: hombre tras las sombras, implicado de manera directa con los multimillonarios de la industria del petróleo, mente del partido Republicano y primera influencia en las decisiones de un débil y maleable George W. Bush. Se nos presenta a Cheney como un oportunista, sin principios ni valores, al que solo lo mueve el vicio del poder. Cheney -esa es la tesis de la película- es la anticipación de lo que ahora es Donald Trump: un incompetente sin mayor virtud que la de reunir a otros incapaces.

Toda esta caricaturización de Cheney (y no sólo de Cheney, sino que de lo que el filme llama “poder” e iguala con “política”) está atravesado por un conjunto de memes que vienen a interpretar y a burlarse del actuar del vicepresidente, y de los republicanos en general. El filme de McKay, de esta manera, instala la repetida idea demo-liberal según la cual los republicanos no son más que una tropa de racistas borrachos que no hacen más que jugar al golf y comer hamburguesas. Por muy cerca que esa descripción esté de la realidad, una operación como esa no hace sino posicionar a los del otro lado en un falso lugar de superioridad crítica que, esta vez de la mano de la “fuerza de las imágenes”, viene a despertar al pueblo de su sueño neoliberal. El problema para los liberales es que ese sueño es la vida, y esta vez la vida no es sueño.

La operación de McKay consiste en combatir en política con memes, y el riesgo de eso es que lo que se disputa es la risa. Como sabemos desde Bergson, Bajtin, o incluso ese Aristóteles oculto que aparece en el filme En el nombre de la rosa, la risa contiene una potencia revolucionaria. Pero esa potencia puede desplegarse, como puede no desplegarse. Y ese es el problema de quienes, desde el ala meramente liberal y profundamente civilizada, han insistido en reírse del otro: esa risa no es inherentemente política, menos aún inherentemente revolucionaria. De hecho, puede que ese conjunto de memes no sean ni siquiera graciosos, o que esas imágenes no sean ni por lo bajo “memes” en el sentido que presenta la ciencia y que ha divulgado Dawkins.

Se da mucho más por las tierras norteñas de América, pero el fenómeno de la memificación de la política es peligroso, no porque sea infértil la risa para efectos políticos, sino porque todo puede quedarse en una simple mueca. Y eso, gente como Cheney y Trump lo saben muy bien.


La mirada de los comunes