La buena noticia es que tendremos una estación de metro cerca de la casa. La mala, que en la casa sentimos el paso de los carros bajo nuestros pies, nuestras camas, en la cocina, en el baño. Se acerca el ruido (¡Rrrrrrrrrmb…!)  como si fueran olas a punto de reventar, como si se acercara un terremoto con sus temblores que lo anteceden. El anuncio de que algo se romperá. La promesa de una grieta. ¡Rrrrrrrrrmb…! Y el trastorno del sueño. Los ojos abiertos. Y de nuevo ¡Rrrrrrrrrmb…! La pérdida de la tranquilidad que se vive en familia, en la vecindad afectada directamente: los vecinos y vecinas que circundan o viven sobre el tren subterráneo. El resto simplemente espera la inauguración con una lógica sensación de bienestar, de que se viene algo bueno que indudablemente mejora nuestra calidad de vida: el metro es una maravilla. De esos vecinos, algunos –los que todavía creen en la organización social y/o en la amistad– solidarizan con aquellos que se sienten perjudicados cada vez que –¡Rrrrrrrrrmb…!- vibra la casa, suenan los vidrios, vuelve el oleaje del ruido subterráneo, el alarmante sonido que precede los terremotos.

El metro es una maravilla. Rapidez, conectividad, tecnología al servicio de las personas. No obstante, al parecer se pensó más en las estructuras y el presupuesto que en las personas –aquellos del entorno– a la hora de las terminaciones de algunas líneas. Quizás primaron los plazos para cortar la cinta, los gastos que encarecían materiales y procesos. Sepa Moya… porque es Moya quien paga.

Afortunadamente hay Juntas de Vecinos que reaccionan, que demuestran una preocupación, que convocan; a contracorriente versus la tendencia al individualismo y al escepticismo respecto de los beneficios de la participación ciudadana. Se juntaron firmas, aparecieron perjuicios que vienen desde el inicio de los trabajo. No es solo el ruido y las vibraciones. Se pidió que alguien del metro se reuniera con los vecinos. Se consiguió. Llevarían una respuesta. Funcionó la organización vecinal.

Fui a la asamblea. Un vecino representó bien la preocupación y la molestia de los perjudicados. Una gerenta del Metro habla con los vecinos. Llegó sin la respuesta que se esperaba. Para ella todo es “eventual”, hay que verificar si es verdad lo que dicen los vecinos (¿inventaríamos algo así?), minimizando la cantidad de gente que reclama. De manera evidente trata de ganar tiempo y bajar el perfil al asunto: que nada impida la pronta inauguración; que veamos casos por caso: dividamos para reinar. La comunidad aclara que es precisamente una comunidad, que el asunto es con todos, que estamos organizados: quienes no están afectados directamente solidarizan con quienes sufren los ruidos, vibraciones y roturas de cañerías: el impacto socioambiental que no fue medido.

La gerenta nos habla como si fuéramos imbéciles: “tenemos que trabajar juntos”, dice con demagógica dulzura, como si los vecinos fuéramos contraparte técnica de una tremenda empresa que simplemente debe asumir que hizo las cosas mal y que debe reparar el daño.  Explica que las ruedas son ovaladas y no redondas. Un ingeniero de la empresa trata de ayudarla con un discurso que finalmente deja claro que ya sabían de nuestros problemas y que se estaban haciendo los que no sabían. La gente se enoja; nos da lo mismo si las ruedas son cuadradas: hacen ruido y producen vibraciones. El alcalde dice algunas ambigüedades, se hace el lindo con todas las partes, cantinflea un poco y al final –como el alcalde de La pérgola de las flores– dice lo que queremos escuchar. Nos doran la píldora, con frases demagógicas que lanzan la pelota para otra parte. Todos los trucos son reconocibles. A estas alturas uno se da cuenta cuando lo están tramitando. Para demostrar su “interés” algunos concejales y parlamentarios enviaron a sus secretarios para que los representaran y dijeran que estaban muy preocupados (ocupados, en ese momento –por supuesto– en algo más importante); les dan la palabra de inmediato, dicen lugares comunes para marcar presencia. Hacen su pega. Pido la palabra varias veces. Ahora, aquí, puedo decir algo. (Se dirá que todo esto fue un “proceso participativo con los vecinos”).

Se habla de “mitigación”. ¿Qué significa eso? Que hay un daño cuyo perjuicio se podría atenuar. Las cosas no se hicieron bien. Falta un “ajuste final”. Es decir, hay un perjuicio actual y un daño eventual (entre otros el de la sagrada propiedad privada y la consiguiente desvalorización que traen los ruidos molestos y daños estructurales). Tal vez no haya recurso de protección posible. A fin de cuentas, somos privilegiados por tener casa y por tener metro.  Y comprendemos que hay un bien mayor –el de la “inmennnnnsa mayoría” – que nos regala frases de consuelo desde el sentido común, a las cuales se ha recurrido en otros momentos para “justificar” atrocidades: “para hacer tortillas hay que quebrar huevos”; el crecimiento tiene sus “externalidades”, el bienestar tiene su “costo social”, “el precio del progreso” y al fin: “no hay mal que por bien no venga”. Las medidas de mitigación pueden demorar meses… hasta que nos acostumbremos, hasta que ya no nos reunamos, hasta que nos cansemos, hasta que el ruido se convierta en un “ruido blanco” que, naturalizado, tengamos la ilusión de que ya no lo escuchamos.

Ese ruido blanco es metáfora de un malestar más general, es el mismo ruido que escuchan las personas abusadas, las víctimas de las colusiones, de las inmobiliarias, de las AFPs, de las Isapres. Y eso cansa. El asunto del metro es una buena metáfora para pensar en la conectividad, en tener no solo acceso más rápido a otras partes de la ciudad sino también para tener más contacto con las otras personas y tener –espero– una ciudad más humana e inclusiva, donde reunirse no sea una alarma y organizarse y reclamar sea una reacción cívica para –siempre– rechazar los abusos que, para nuestra desgracia, ya son un ruido blanco porque el abuso se ha naturalizado en nuestra sociedad. Es un ruido interno, que viene de abajo. Puede ser insoportable.